La Barbarie de las Fiestas
Agustín García Simón Correr chotos delante y detrás, en un ambiente de burrada hace un retrato cabal de una sociedad, de su ser y sus aspiraciones. Y según el autor, estas actitudes definen a una parte de nuestra comunidad y las califica de plaga que amenaza con extenderse.
(El Norte de Castilla)El espíritu de la cabila sigue entre nosotros como un elemento determinante de lo que, con una perspectiva propiamente aldeana, se denomina "lo nuestro". El pelo de la dehesa asoma ostentoso y altanero como acrisolada seña de identidad de una Región que boquea en su propio marasmo. Sin embargo, al enfermo no se le aplica la urgente y acertada cura (¿o es que no la tiene?), pero se divierte con pasiones primitivas que financia el erario público y promociona la presencia esperpéntica de algunos políticos ubicuos; al fin y al cabo, genuinos representantes de una sociedad caciqueada, castiza y reaccionaria que vigila con agresivo celo la aparición de cualquier novedad que ponga en solfa sus bárbaros pasatiempos.
Coincidiendo con la fecha del quince de agosto y hasta bien entrado el otoño en buena parte de los pueblos de Castilla y León se abre un ciclo de zafiedad infernal que los medios de comunicación y los estudiosos folklóricos, que ahora se llaman a sí mismos etnólogos -como lévi-Strauss, mismamente-, se empeñan en titular como las "fiestas de aquí", cuando en realidad tendrían que hablar de las "infamias de aquí"; o sea, correr chotos delante y detrás en un ambiente de burrada (palabra ésta fundamental en los pueblos de Castilla) y brutalidad que dejaría sorprendidos a los mismos bárbaros del norte, gentes, por lo demás, con unos valores y creencias que en algunas cuestiones fundamentales podrían ser alternativa al detrito repulsivo en que se ha convertido nuestra sociedad.
Del mismo modo que la risa delata al necio, el ocio y diversiones de las personas y los pueblos son un retrato cabal de su ser y sus aspiraciones, de su cultura como actitud vital y concreción de las posibilidades del espíritu y realizaciones materiales de su tiempo. Un impulso que en todo caso debe cultivar y elevar a los hombres y sus sociedades, despojándolos de sus más primarios instintos, de su grosería animal; justamente el contrarretrato de muchos pueblos de nuestra región, donde prevalece y, ¡qué horror!, aumenta la tosquedad atrabiliaria y los comportamientos más bajos, más cerriles, extendiéndose como una verdadera plaga que amenaza lo porvenir. Y lo más inquietante: ¡la invasión del espacio de la ciudad por esa marea, ese aluvión de estúpida, terca y acometedora rusticidad.
Cuando uno sufre la presencia o trashumancia callejera de esas hordas llamadas peñas en su misma ciudad, en esta ciudad de Valladolid, por ejemplo; cuando uno lee en los periódicos locales, año tras año -y ya van unos cuantos- que no es posible llevar a cabo el pregón de las fiestas porque una temible recua de gañanes se divierte boicoteando al pregonero y a las autoridades arrojándoles huevos..., uno, digo, no puede reprimir un vuelco de desolación, una vergüenza incontenible y una amarga desesperanza. Todavía más. Uno siente, inerme, la certeza de un terror en los últimos años presagiado: la idea de que el espíritu de la ciudad, tan precario siempre y tan débil en las ciudades de la Meseta, retrocede y desaparece en sus fiestas ante el empuje incontenible de la bastedad y ordinariez acérrimas, que busca en las costumbres primitivas el espíritu pastor, ganadero y beduino, soporte básico de la barbarie.
Y aquí la barbarie de nuestras fiestas se programa en semanas culturales y se teoriza y doctora en inefables centros de interpretación de los encierros, con mucho aderezo ridículo de damas, reinas y demás cutrerío, no solamente insultante para la dignidad de las mujeres, sino como manifestación campeona de la ranciedad más pringosa de toda la península: ¡a ver si aparece un año de estos una tesis doctora¡ sobre los cortes de novillos, con posible inclusión de enseñanza curricular de nuestros niños, un prefacio decisivo de algún ilustre doctor universitario y el epílogo de un experto etnólogo acerca de la conveniencia del salvajismo tradicional contenido y encauzado a nuestra usanza y manera! No tengan ninguna duda: aparecerá. El casticismo taurino está en el centro de un resurgimiento oscurantista y bajero que va impregnando con empacho el comportamiento festivo de nuestra sociedad. Es una manifestación paralela a la resurrección de los integrismos y, en definitiva, a la resurrección de la tribu y su corolario de barbarie.
Por eso, a lo largo de estas semanas, no debe esperar el viajero por Castilla, o el ciudadano sensible, otra cosa que no sean encierros, capeas, y corridas, con esa su estela polvorienta de reseco sanguinolento. No encontrará el viajero por estos pueblos una sola obra de teatro contratada, montada y representada con amor, ni siquiera un teatro de calle que haga las delicias de los niños; ni un concierto de cualquier música que se precie, ni una exposición que no sea de aperos o botijos, ni una competición deportiva de altura, ni algún festival o concurso de interés que no sea taurino; a lo sumo alguna competición de salvajes moteros que destroce convenientemente los mejores parajes de los términos municipales. No. Este retroceso que padecemos nos devuelve directamente a la caverna.
Yo no sé si este panorama tan nuestro tiene cura. Pero si la tiene, conviene aplicarla de urgencia, antes de que la sangría migratoria de los mejores sea imparable e irreversible, dejando estos llanos y montañas para solaz de chotos y cabestros.









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