¿Cuáles son los objetivos antiglobales?
¿Cuáles son nuestros objetivos?
Título original: What Are We For?
Autor: Michael Albert
Origen: Z Magazine, septiembre de 2001
Traducido por Kira Blanc y revisado por Daniel Silberman
Los activistas antiglobalización creemos que unas relaciones globales que fomenten la mutua comprensión y que nos beneficien a todos por igual son muy deseables, pero queremos que estos lazos sociales globales nos sirvan para avanzar hacia una igualdad universal, fomenten la solidaridad y fortalezcan la diversidad y la autonomía, y no se utilicen para someter ante una minoría elitista a un número cada vez mayor de seres humanos.
Deseamos globalizar la equidad y no la pobreza, la solidaridad y no las conductas antisociales, la diversidad y no el conformismo, la democracia y no la subordinación, el desarrollo ecológico sostenible y no la rapacidad suicida.
Surgen dos preguntas: ¿Por qué estas aspiraciones nos llevan a criticar la globalización corporativa? ¿Y qué nuevas instituciones proponemos para lograr estas aspiraciones?
Rechazando la globalización capitalista
los actuales beneficios del mercado comercial internacional favorecen a aquellos que al participar en los intercambios ya poseen la mayoría de los activos. Cuando se realiza una transacción comercial entre una multinacional norteamericana y una entidad local en México, Guatemala o Tailandia, los mayores beneficios no los recibe la parte más débil con pocos recursos, ni tampoco se los dividen a partes iguales, sino que pasan desproporcionadamente a los comerciantes más fuertes que de tal modo aumentan aún más su dominación relativa. Dejando la retórica oportunista a un lado, los capitalistas globalizadores intentan despojar de poder a los pobres y ya débiles y dar más poder a los ricos y ya fuertes. El resultado es que de las 100 economías más grandes del mundo, 52 no son países sino corporaciones.
De forma similar, la competencia en el mercado por los recursos, los beneficios y el tratar de conquistar la atención del público es muy a menudo un juego de suma cero. Para avanzar, cada agente económico procura hundir a los otros. De modo que la globalización capitalista promueve conductas egoístas que generan hostilidad y destruyen la solidaridad entre los individuos, las industrias y los estados. Los bienes públicos y sociales son valorados con desdén y los privados están sobrevalorados. Los negocios y las naciones aumentan sus propios beneficios a costa de imponer pérdidas a otros. El bienestar y el desarrollo humano de todos no está entre los objetivos. La solidaridad debe luchar por sobrevivir en la batalla contra la globalización capitalista.
Por otra parte, en las actuales estructuras globales de intercambio, tanto si son "McDonaldsescas" o "Disneyescas" o tengan respetables raíces de origen nativo, la cultura y los valores de las comunidades llegan sólo tan lejos como su voz les permite, o aún menos, pues son ahogados por otras comunidades con megáfonos más potentes. La globalización capitalista hunde la calidad a favor de la cantidad y promueve la homogeneización, no la diversidad cultural. No sólo hace proliferar las cafeterías Starbucks (una cadena cuya atracción parece consistir en que, vayas donde vayas, por todo el mundo, tu capuccino siempre sabe igual. N. del T.), sino también las imágenes de Hollywood y los estilos de la avenida Madison, lo que hace que lo indígena y no comercial deba luchar por sobrevivir. La diversidad declina.
En las antesalas del capitalismo globalizador, solamente las élites políticas y corporativas son bienvenidas. La idea que el amplio espectro de trabajadores, consumidores, granjeros, pobres y desafortunados debe poder dar su opinión recibe una activa oposición . De hecho, la base de la globalización capitalista es justamente reducir la influencia de poblaciones enteras e inclusive de los líderes nacionales, reservándola para los elementos más poderosos de las corporaciones y los líderes políticos occidentales. La globalización capitalista impone la jerarquía propia de la empresa no solamente en la economía, sino también en la política. Proliferan las estructuras estatales autoritarias e incluso fascistas. La cantidad de voces se reduce, incluso la de voces marginales sin demasiado peso propio.
A medida que los financieros en sus cuarteles corporativos van ampliando la influencia de los accionistas, se socava la tierra, se la ahoga, y se la pavimenta sin consideración a las especies, a los subproductos, a la ecología o a la humanidad. Sólo el beneficio y el poder sirven de motor en los cálculos.
Los activistas antiglobalización nos oponemos a la globalización capitalista porque viola la equidad, la diversidad, la solidaridad, la autogestión y el equilibrio ecológico que perseguimos.
En apoyo de la justicia global
¿Qué proponemos los activistas de la anti-globalización para substituir las instituciones de la globalización capitalista, o sea el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, y la Organización de Comercio Mundial?
El Fondo Monetario Internacional (FMI), y el Banco Mundial fueron fundados después de la Segunda Guerra Mundial. Se suponía que el FMI proporcionaría recursos para combatir las insolvencias que aquejaban a países y pueblos en todo el mundo. Negociaciones y Presiones fueron los métodos empleados para alcanzar la estabilización de las monedas nacionales y ayudar a los países a evitar la insolvencia y el caos económico. El Banco Mundial se suponía que facilitaría la inversión a largo plazo en países subdesarrollados para ampliar y consolidar sus economías. Prestaría el dinero necesario para la inversión en proyectos de gran envergadura, a bajo interés, para compensar las carencias de las entidades locales. Dentro de las relaciones de mercado existentes, estas metas fueron positivas. Con el correr del tiempo, sin embargo, y en forma dramática a partir de los años 80, los objetivos de estas instituciones cambiaron. El FMI, en vez de facilitar la estabilización del mercado cambiario y de ayudar a los países a protegerse de las fluctuaciones financieras, comenzó a derribar todas y cada una de las barreras que se oponían a la circulación de capitales y la búsqueda de beneficios rápidos e indiscriminados, con lo cual actuaba virtualmente en contra de su mandato. El Banco Mundial, en vez de facilitar inversiones para beneficio de las economías pobres locales, se convirtió en una herramienta del FMI, proporcionando y reteniendo préstamos, como la zanahoria colgada en un palo, obligando a abrirse al ingreso de las corporaciones, y financiando proyectos, no con un ojo mirando a las ventajas del país receptor, sino prestando mucha más atención a las ventajas para las grandes multinacionales.
Además, la Organización Mundial del Comercio (OMC), por la que se suspiraba en los comienzos de la postguerra, recién apareció décadas más tarde, a mediados de los años 90. Su objetivo se convirtió en regular el comercio en representación de los más ricos y poderosos. En lugar de imponer solamente salarios bajos en los países del Tercer Mundo y un alto grado de contaminación para poder forzar más fácilmente a sus gobiernos débiles o comprados, como ya lo hacían las políticas del Banco Mundial y del FMI, ¿por qué no debilitar también a todos los gobiernos y organizaciones que pudiesen defender a trabajadores, consumidores o al medio ambiente, no sólo en el tercer mundo, sino en todas partes? ¿Por qué no eliminar cualquier intento de restringir el comercio que pudiera surgir debido a las consecuencias laborales, ecológicas, sociales o culturales, o en el desarrollo , dejando como únicos criterios legales los beneficios inmediatos, a corto plazo? Si las leyes nacionales o locales impiden el comercio -ya sea a través de leyes de protección medioambiental, sanitaria o laboral- entonces, como la OMC fija las reglas, su decisión enteramente predecible a favor de las corporaciones, es de obligado cumplimiento. La OMC pisotea los intereses de gobiernos y pueblos a favor de las ganancias de las empresas.
La historia completa de estas tres importantísimas instituciones globales es más larga, por supuesto. Sin embargo, no es difícil concebir cambios que pudieran corregir esa situación. En primer lugar, ¿por qué no remplazar el FMI, El Banco Mundial, y la OMC, por una Organización Internacional de Activos (OIA), una Organización Global de Ayuda a la Inversión (OGAI), y una Organización Global de Comercio (OGC)?. Estas tres instituciones nuevas (no simplemente instituciones reformadas), trabajarían para lograr equidad, solidaridad, diversidad, autogestión y equilibrio ecológico en el intercambio financiero internacional, en inversión y desarrollo, en comercio y en el intercambio cultural.
Estas nuevas instituciones intentarían asegurarse de que las ventajas del comercio y la inversión aumenten desproporcionadamente hacia el lado de la parte más débil y pobre y no del de la más rica y poderosa.
No darían la prioridad al excedente comercial sobre el resto de los valores, sino que darían la prioridad a las cuestiones nacionales, a la identidad cultural y al desarrollo equitativo.
No requerirían que las leyes, reglas y regulaciones locales para la promoción del trabajador, del consumidor, el medio ambiente, la salud, la seguridad, los derechos humanos, la protección animal u otros intereses no lucrativos sean reducidas o eliminadas, sino que trabajarían para realzarlos, premiando a los que alcancen con más éxito tales objetivos.
No minarían la democracia constriñendo los márgenes de maniobra que disponen los gobiernos para el control democrático, sino que trabajarían para subordinar los deseos de las multinacionales y las economías grandes a la supervivencia, el crecimiento, y la diversificación de unidades menores.
No promoverían el comercio global a expensas del desarrollo económico y las políticas locales, sino viceversa.
No forzarían los países del Tercer Mundo a abrir sus mercados a las multinacionales ricas y a abandonar los esfuerzos por proteger sus industrias domésticas nacientes, sino que facilitarían lo contrario.
No bloquearían los países que actúen en respuesta a un riesgo potencial para la salud humana o el medio ambiente, sino que los ayudarían a identificar los riesgos para la salud, el medio ambiente y de cualquier otro tipo, y los asistirían contra sus efectos perjudiciales.
En vez de degradar la salud, el medio ambiente y otros estándares a un asunto de poca relevancia a través de un proceso de "igualación por abajo", trabajarían para aumentar esos estándares por medio de una nueva "igualación por arriba".
Las nuevas instituciones no limitarían la capacidad de los gobiernos para utilizar sus dólares adquiridos en favor de los derechos humanos, el medio ambiente, los derechos de los trabajadores y otros propósitos no comerciales, sino que justamente lo aconsejarían y facilitarían que se hiciese. No rechazarían que los países tratasen los productos teniendo en cuenta como han sido producidos (considerando si han sido hechos por el trabajo brutal de niños, por trabajadores expuestos a toxinas, o sin respetar la protección de las especies), pero justamente favorecería tales diferenciaciones. En vez de banqueros y burócratas que lleven a cabo políticas de presidentes que afectan la vida de muchos sin que estos puedan participar en las decisiones que les afectan, estas nuevas instituciones serían abiertas y democráticas, transparentes, participativas y festejarían una democracia local y popular responsable.
Estas nuevas instituciones promoverían y ordenarían la cooperación internacional para impedir perder el control sobre las corporaciones, el capital, y los mercados, regulándolos para permitir que las comunidades locales puedan controlar su propia vida económica.
Promoverían el comercio que reduzca la amenaza del desastre financiero, acreciente la democracia a todos los niveles -local y global-, defienda y enriquezca los derechos humanos para todos, respete y fomente el mantenimiento del equilibrio ambiental en todo el mundo, facilite el desarrollo económico de los grupos oprimidos y explotados y que a petición de los socios comerciales más pequeños intervenga para prevenir violaciones a estas normas.
Alentarían el crecimiento y desarrollo económico local, y no la austeridad doméstica en interés del crecimiento orientado a la exportación.
Animarían a los principales países industrializados a que coordinaran sus políticas económicas, sus mercados cambiarios y sus transferencias de capital a corto plazo en función del interés público y no del beneficio privado.
Establecerían los estándares para supervisar la regulación de las instituciones financieras reguladoras nacionales e internacionales, y también supervisarían su cumplimiento, alentando el desplazamiento de los recursos financieros especulativos hacia programas útiles y sostenibles.
Fijarían impuestos a las transacciones en divisas para reducir las desestabilizaciones que provocan las fluctuaciones financieras internacionales a corto plazo y al mismo tiempo para crear fondos de inversión de inversiones a largo plazo que favorezcan un desarrollo sostenible en términos sociales y ambientales dentro de comunidades y países pobres.
Crearían fondos de inversión públicos internacionales para conjugar las necesidades humanas con las ambientales y asegurar una demanda global adecuada canalizándola en fondos sostenibles a largo plazo.
Y desarrollarían instituciones internacionales que cumplirían funciones de regulación monetaria en lugar de los bancos nacionales centrales que hoy cumplen esas funciones de una manera insatisfactoria. Por ejemplo crearían un sistema de requerimiento de reservas mínimas internacionalmente coordinadas basado en los balances generales de todas las entidades financieras.
Estas nuevas instituciones también posibilitarían que los países económicamente fuertes puedan ayudar a salir a las economías endeudadas de los países pobres y a crear un mecanismo permanente de insolvencia para ajustar las deudas de los países altamente endeudados. Usarían instituciones reguladoras para ayudar a establecer un control público y la soberanía ciudadana sobre las corporaciones globales. También limitarían que las corporaciones se evadan de la jurisdicción de las leyes locales, provinciales y nacionales, a través, por ejemplo, de un Código de Conducta para las Corporaciones Transnacionales obligatorio, que incluiría regulaciones que afecten al trabajo, el medio ambiente, las inversiones y la conducta social.
Y en segundo lugar, además de tomar control sobre el FMI, el Banco Mundial y la OMC y de reemplazarlos con las tres estructuras totalmente nuevas arriba descritas, los activistas del movimiento anti-globalización abogamos por el reconocimiento del principio que las relaciones internacionales no deben construirse desde instituciones centralizadas sino de abajo hacia arriba. Las nuevas instituciones antes mencionadas deberán conquistar su credibilidad y su poder a través de un amplio espectro de acuerdos, estructuras y relaciones realizados con los ciudadanos, los barrios, las ciudades, las naciones y los grupos de naciones, es decir, con los que les conceden los fundamentos para su existencia. También estas organizaciones de base, estas alianzas y cuerpos que habrán de definir los debates y determinar el orden del día de las discusiones, deberán estar organizadas, como las tres instituciones ya descritas, de forma transparente, participatoria y democrática, y deberán ajustarse a los principios de equidad, solidaridad, diversidad, auto-control y de una ecología sostenible y equilibrada. La idea general es simple. El problema no son las relaciones internacionales per se. Los activistas anti-globalización somos de hecho internacionalistas. El problema reside en que la globalización capitalista modifica las relaciones exageradamente a favor de los ricos y poderosos. Por el contrario, los activistas queremos debilitar al rico y al poderoso y aumentar el poder y mejorar las condiciones del pobre y débil. Nosotros, los activistas de la anti-globalización sabemos muy bien lo que queremos: justicia internacional globalizada en vez de capitalismo globalizado. Pero... ¿y qué pasa en casa? ¿Qué es lo que queremos dentro de nuestros propios países?
Economías participativas, no codicia capitalista
Sigue habiendo un problema de visión incluso después de haber definido las nuevas instituciones económicas globales alternativas. Todos sabemos que las normas y las estructuras internacionales no caen del cielo. Sin duda es verdad que una vez en funcionamiento imponen severas restricciones a los acuerdos y posibilidades locales, pero también es verdad que las relaciones globales se asientan y son impulsadas y reforzadas por los dictados de las economías y de las instituciones domésticas. El FMI, el Banco Mundial, y las OMC imponen instituciones capitalistas tales como mercados y corporaciones a todos los países del mundo, pero la existencia de mercados y de corporaciones en esos países propulsa también la globalización capitalista.
Por lo tanto, los activistas antiglobalización ofrecemos una visión internacionalista que le sirva a la gente y realce a la democracia en lugar de la globalización capitalista. Para ello una buena Organización Internacional de Activos, una Organización Global de Ayuda a la Inversión y una Organización Global de Comercio, así como la creación de instituciones de base, democráticas y transparentes, deben dominar sobre las perniciosas economías domésticas que aguantamos actualmente. La persistencia de las estructuras domésticas dentro de nuestros países sabotearía permanentemente las nuevas estructuras internacionales. Las corporaciones y las multinacionales existentes no favorecerían el crecimiento ni tampoco reforzarían estas nuevas estructuras internacionales, sino que en el mejor de los casos sucumbirían temporalmente a las presiones de instalarlas, pero permanentemente emanarían de ellas presiones para retornar a formas más rapaces.
Cuando la gente pregunta a los activistas "¿cuáles son tus objetivos?" no sólo están preguntando cuáles son tus objetivos internacionalmente, también quieren saber cuáles son para ti las opciones en lugar del capitalismo. Si tenemos capitalismo, razonan, habrá inevitablemente enormes presiones a favor de la globalización capitalista y contra innovaciones anti-capitalistas. OIA, OGAI, OGC suenan bien, pero incluso si las consiguieras poner en marcha, las economías domésticas de todos los países pugnarían para deshacerlas. La globalización capitalista consiste, después de todo, en mercados, corporaciones, y obviamente en estructuras de clases. En realidad, para substituir la globalización capitalista -y no para atenuar apenas sus efectos- tendrías que comenzar por substituir también el capitalismo. Los esfuerzos para mejorar las relaciones globales no pueden ser un fin en sí mismo, sino que tienen que ser parte de un proyecto más amplio para transformar de raíz las estructuras capitalistas subyacentes. Si no tienes ninguna alternativa a los mercados y a las corporaciones -piensan muchos- tus éxitos serán en el mejor de los casos temporales. Esta afirmación es sostenida y alimentada por el lema reaccionario según el cual "no hay alternativa". Para combatir esto necesitamos una alternativa a las agencias internacionales y a la economía global, pero también una alternativa a los mercados, a las corporaciones y a las economías locales.
La economía capitalista gira alrededor de la propiedad privada de los medios de producción, de la asignación de mercados y de la división del trabajo entre empresas. Los pagos que se efectúan otorgan Poder a los dueños de la propiedad y hasta cierto punto son la causa del surgimiento de los enormes contrastes en riquezas e ingresos. Las divisiones en clases se deben a la propiedad y a la forma en que se establecen los vínculos entre trabajo y los que tienen el poder, o entre trabajo y los que solamente pueden obedecer. Existen enormes diferencias entre en el tipo de situaciones que se dan en relación a las posibilidades que tienen las dos partes para tomar decisiones. Compradores y vendedores tratan de sacar ventajas a costa del otro y el público consumidor cosecha lo que en interés propio los competidores sembraron. De esa manera se fomentan trayectorias marcadamente antisociales tanto en las inversiones como en los proyectos personales de desarrollo. Los que toman decisiones ignoran, o incluso se aprovechan de, la destrucción ambiental, con la consecuente reducción de la diversidad ecológica.
Para superar el capitalismo, supongamos que seamos partidarios de los mismos valores que hemos utilizado arriba para la situación general, o sea, equidad, solidaridad, diversidad, autonomía y equilibrio ecológico. ¿Qué instituciones podrían propulsar estos valores en las economías locales y cumplir al mismo tiempo a la perfección funciones económicas?
Para comenzar, podríamos elegir abogar por relaciones de propiedad pública y/o social en lugar de relaciones de propiedad privada capitalista. En el nuevo sistema, todos los ciudadanos serían dueños del lugar donde trabajan a partes iguales. Eso no reportaría ningún derecho o renta especial. Bill Gates poseería una parte igual a la de los demás en los medios de producción de software. Todos seríamos sus propietarios, o lo que es equivalente, dicho de otro modo, nadie sería el propietario. La propiedad como argumento para determinar la distribución de la renta, la riqueza, o el poder, perdería su validez. De esta manera el daño que causa la propiedad privada, tal como la acumulación personal de inmensas riquezas, desaparecería.
El siguiente paso sería que los trabajadores y los consumidores podrían organizarse en consejos democráticos diseñados con claras reglas para la distribución de información. De acuerdo a ellas el método entre los responsables de decidir, y justamente de evaluar la información disponible para poder tomar las decisiones, deberá hacer llegar a cada actor la mayor información posible en relación con cada decisión y en función de la influencia que la misma tenga sobre ellos. Los consejos serían los encargados de decidir y existirían en varios niveles, incluyendo sub-unidades (tales como grupos de trabajo, equipos e individuos), y supra-unidades (tales como lugares de trabajo e industrias enteras). El pueblo, organizado en consejos, tomaría decisiones económicas. Los votos podrían ser reglamentados según mayorías, tres cuartos, dos tercios, consenso, etc. Serían tomadas en diferentes niveles, con un mayor o menos número de participantes, que dependería de las implicaciones de esas decisiones. A veces un equipo o un individuo tomaría una decisión bajo su responsabilidad. A veces un lugar de trabajo o incluso una industria entera sería el órgano decisivo. Se emplearían diversos métodos de votación y de recuento, según las exigencias de la decisión a tomar. No hay a priori sólo una opción correcta. Habría, sin embargo, una norma de derecho o principio rector para la implementación diferenciada y eficiente de las tomas de decisión basada en que éstas deben estar en relación directa con el grado en que la decisión afecta al órgano que la toma.
Además, alteraríamos la forma de organizar el trabajo, cambiando quién hace qué, en qué combinaciones. Por supuesto, cada uno haría un trabajo y cada trabajo se compondría de una variedad de tareas. Lo que cambiaría en la división del trabajo como hoy se entiende es que el tipo de tareas que haría cada individuo se articularía con sus derechos para tomar decisiones y las consecuencias que ello tendría para su calidad de vida. Cada persona que participa en la creación de productos nuevos es un trabajador. Las tareas y responsabilidades que tú tendrías en el trabajo te concederían el mismo poder de toma de decisión y la misma calidad de vida que mis tareas y responsabilidades me otorgarían a mí, y lo misma valdría para cada trabajador dentro de las condiciones particulares de su lugar de trabajo equilibrado (balanced job complex). No tendríamos a unas personas monopolizando de forma aplastante el poder de decisión y ordenando completamente las tareas y las características del trabajo.
No existirían personas abrumadas por las pesadas cargas que suponen los trabajos rutinarios, la simple obediencia o la toma de decisiones sobre asuntos peligrosos. Por razones de equidad, y particularmente para crear las condiciones de una democracia participativa e independiente, cuando cada uno de nosotros participe en las tomas de decisión en su lugar de trabajo sobre temas relativos a la producción y el consumo, lo haría preparado con la seguridad y la profesionalidad que su trabajo le haya proporcionado. La situación típica hoy en día es que algunas personas se tienen una gran confianza, tienen una gran destreza en asuntos sociales, en la toma de decisiones y un conocimiento importante ganado en su labor diaria, mientras que otras actúan desmotivadas, sin habilidades especiales de ningún tipo y no son capaces de tomar decisiones, debido a la realidad empobrecedora de su trabajo diario. Los lugares de trabajo equilibrados acabarían con ese tipo de división del trabajo. La nueva organización completaría la tarea de hacer desaparecer las bases de la sociedad de clases que ya habría sido iniciada al eliminar la propiedad privada de capital. Pues ella eliminaría no solamente el rol de propietario/capitalista y su poder y riqueza desproporcionados, sino también el papel del intelectual que toma decisiones e impera por encima de todos los demás. La nueva dirección del trabajo repartiría de una forma más equitativa las responsabilidades de dirección, pero también las necesidades de cumplimentar rutinas y seguir directivas, en armonía con las exigencias que impone una democracia real en una sociedad sin clases.
El siguiente tema es la remuneración. Trabajamos: esto nos da derecho a una parte del producto del trabajo. Pero esta nueva visión dice que deberíamos recibir por nuestro trabajo una cantidad en conformidad con la intensidad y duración del trabajo realizado, así como con los sacrificios que nos impuso. No deberemos recibir más en virtud de nuestra productividad o por el hecho a tener mejores herramientas, más habilidades o mayor talento innato. Mucho menos aún por poseer más poder o más propiedades. Recibiríamos el derecho a consumir más únicamente en función de los esfuerzos invertidos o de los sufrimientos soportados. Esto es éticamente correcto y además nos incentiva al recompensarnos por lo que hagamos en los asuntos dónde podemos influenciar y no por cosas con las que no tenemos nada que ver. Con lugares de trabajo equilibrados por ocho horas de trabajo pautado, Juan y María recibirán la misma remuneración. Esto ocurriría independientemente de que tengan el mismo tipo de trabajo u otro diferente. No interesa cuál sea su trabajo específico, ni su puesto, ni cuán variados sean sus cometidos. Tampoco importa cuán talentosos sean. Si sus lugares de trabajo son equilibrados el resultado de cumplimentarlos les reportará similares consecuencias en la calidad de vida que podrán gozar y en el poder ganado para tomar decisiones. De esta manera la única diferencia notable con relación a la recompensa por sus trabajos será marcada por la duración e intensidad del trabajo realizado, y con esta correspondencia la distribución de las ganancias generadas será equitativa. Si la duración o intensidad de los trabajos efectuados difieren en algo, se compensará en las ganancias obtenidas. ¿Quién media en la decisión sobre la definición de los lugares de trabajo y a qué ritmo e intensidad trabaja la gente? Los trabajadores, por supuesto, en sus consejos y con la forma de toma de decisión apropiada usando la información recopilada con métodos que armonicen con el concepto de lugares de trabajo equilibrados y una remuneración justa.
Todavía nos restan considerar muchos otros aspectos para tener una visión general de la estructura económica en el nuevo sistema. ¿Cómo se conectan las acciones de los trabajadores y de los consumidores? ¿Cómo se llega a una articulación armónica de las decisiones tomadas en lugares de trabajo, y por los consejos colectivos de consumidores, así como por consumidores individuales? ¿Cómo se logra que el total producido en los lugares de trabajo se corresponda con el total consumido colectivamente por los barrios y otros grupos y a nivel privado del individuo? Desde este punto de vista, ¿qué determina el valor social relativo de los diferentes productos y cómo se los elige? ¿Cómo se determina la cantidad de trabajadores que emplee una industria y el volumen de su producción necesario? ¿Qué determina si algún producto se debe hacer o no, y en qué cantidad? ¿Cómo se determina la inversión en nuevos medios y métodos productivos o cómo se decide su abandono o rechazo? Todos estos son asuntos a tratar.
Las opciones existentes en cuanto a la asignación (de cuotas de producción y recursos de inversión), son planes centralizados (como fueron utilizados en la vieja Unión Soviética) y mercados (como se utiliza en todas las economías capitalistas con variaciones de mayor o menor importancia). En los planes centralizados una burocracia recoge la información, formula instrucciones, envía estas instrucciones a los trabajadores y a los consumidores, consigue un cierto feedback, refina las instrucciones un poco, las envía otra vez, y finalmente alcanza sus fines imponiendo obediencia. En el mercado cada agente, sin tener en cuenta la preocupación por el bienestar del otro agente competitivamente persigue su propios objetivos comprando y vendiendo trabajo (o la capacidad de hacerlo) y comprando y vendiendo productos y recursos según los precios determinados por una oferta competitiva. Cada persona intenta ganar más que los otros en sus intercambios.
El problema es que cada uno estos dos modos de vincular los agentes y las unidades imponen al resto de la economía presiones que subvierten los valores y las estructuras que nosotros favorecemos. Los mercados, incluso sin capitalización privada de la propiedad, al sobrevalorar los intereses privados en perjuicio de los intereses públicos deforman las escalas de valores éticos y promueven el desarrollo de una personalidad antisocial minando, e incluso destruyendo, la solidaridad humana.Premian principalmente la eficiencia y el poder, y no solamente el esfuerzo y el sacrificio,dividiendo a los agentes económicos en una clase basada en el trabajo rutinario y obediente y otra que goza gobernanando sobre el entorno y fija los resultados económicos, además de quedarse con la mayoría de los ingresos. Aíslan a los compradores de los vendedores, substrayendoles toda capacidad de decisión que no sea la realizada a través la competencia, que es un método que ignora las amplias consecuencias que la elección efectuada trae consigo, incluído los efectos sobre la ecología. Los planes centralizados, en contraste con la economía de mercado, son autoritarios . Niegan la autogestión y producen la misma división de clase y jerarquía que los mercados, dividiendo primero entre planificadores y aquellos que cumplen sus planes, y a partir de esa división aumentado el poder de los primeros y reduciendo el de los trabajadores en general Ambos sistemas más que fomentar los valores que nosostros sostenemos, los derriban. ¿Cuál es, entonces, la alternativa a los mercados y a los planes centralizados?
Supongamos que en vez de la imposición autoritaria de arriba hacia abajo que supone la planificación centralizada, y en vez de los intecambios en un mercado controlado por la competencia entre compradores y vendedores atomizados, optemos por un sistema en que la elección la realicen agentes entrelazados orgánicamente y socialmente en forma cooperativa e informal. Supongamos que estos agentes tengan voz y voto en relación directa con el impacto que sus decisiones causen sobre si mismos. Supongamos que tengan la posibilidad de acceder a toda la información que precisen y que tengan el entrenamiento necesario y la seguridad personal para desarrollar y transmitir sus propias preferencias. Esto sería consecuente con la idea de consejos que se autocontrolan centrados en la participación, con la idea de remuneración basada en el esfuerzo y el sacrificio, con lugares de trabajo equilibrados, con evaluaciones correctas del impacto sobre el colectivo y el medio ambiente, y con la idea de una sociedad sin clases. Llegados a este punto, los activistas podrían apoyar la planificación participativa, un sistema en el que los consejos de trabajadores y consumidores propondrían sus formas de trabajo y sus preferencias como consumidores basados en el conocimiento preciso de las implicaciones locales y globales y una verdadera valoración de los beneficios y costes sociales que supondrían sus decisiones.
El sistema utilizaría una comunicación de tipo cooperativo y bidireccional considerando las preferencias mutuas. Es decir utilizaría una variedad de simples principios y vehículos de comunicación y organización, que incluirían precios indicativos, tablas informativas, rondas de reuniones para acomodarse a la información más nueva. etc. permitiendo a los participantes expresar sus deseos y trabajarlos a la luz de los deseos de los otros, llegando a opciones compatibles consecuentes con la remuneración en relación con el esfuerzo y el sacrificio invertidos, con los lugares de trabajo equilibrados y con la participación individual independiente y efectiva.
¿Es lo descrito hasta aquí un cuadro completo de una alternativa económica al capitalismo? ¡Por supuesto que no! Es demasiado abreviado. Pero espero que sea lo suficientemente provocador e inspirador.
Los lugares de trabajo democráticos y consejos de consumidores para una participación equitativa...
Los procedimientos diferenciados de tomas de decisión que apunten a sistemas en el que voz y voto estén en relación directa con los afectados por las decisiones...
Los lugares de trabajo equilibrados que distribuyan con justicia el poder y el no poder sobre el entorno...
La remuneración del esfuerzo y el sacrificio de acuerdo con una ética respetable y una lógica de incentivos eficiente...
y los planes de participación que estén en concordancia con una economía que sirva al bienestar humano y a su desarrollo...
juntos, constituyen el andamio institucional de la economía participativa, una alternativa sistemática al capitalismo y también a la llamada planificación centralizada o mercado socialista.
¿Existen formulaciones más completas de esta visión económica? ¡Claro que sí!. Si estás interesado, consulta en http://www.parecon.org donde encontrarás artículos, entrevistas, libros y otras referencias.
El objetivo principal de todo esto es que al mismo tiempo que presentamos para el largo plazo una respuesta categórica al slogan reaccionario y cínico que dice que "no hay alternativas que ofrezcan alternativas", en el corto plazo presentemos una respuesta que ofrece un modelo coherente, consistente y viable de mejores instituciones con mejores dinámicas. Necesitamos una visión económica válida para las necesidades locales e internacionales que todos puedan entender, elaborar y hacerla propia. La necesitamos para generar esperanza, para proporcionar inspiración, para revelar qué es posible y vale la pena y para orientar y también democratizar nuestras estrategias para que nos puedan llevar a donde deseamos, en vez de mantenernos en un círculo cerrado o llevarnos a una situación aún peor de la que actualmente padecemos.









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