Participación e integración social

Tomás R. Villasante En el artículo se explican los requisitos y objetivos que debe cumplir una acción participativa para ser también sustentable. Finalmente, se dan recomendaciones para una sustentabilidad ciudadana que se salga de la pseudo-participación al uso.La participación ciudadana no es sustentable como modelo abstracto.
Resumen
La participación ciudadana no es sustentable como modelo abstracto.

Lo que hoy entendemos por participación ciudadana ha quedado reducido a algunos Reglamentos y algunas concejalías en los Ayuntamientos. La participación tiene que servir para la integración social, para proyectos sustentables y adaptados a las características concretas de cada territorio.
Pero entre estas redes más próximas y las redes telemáticas globales, que centralizan tanta información, y que la simplifican y unilateralizan tan frecuentemente hay otras redes intermedias. Hay unas redes de "coordinación", que no son tan fuertes o densas como las primarias, sino que son "débiles", y que por lo mismo cumplen una función muy importante de mezcla, de hibridación de mensajes, de creatividad potencial.
Y dentro de este marco los objetivos que nos proponemos en este capítulo deberán apuntar a los objetivos de "participación e integración social". Pero todos estos conceptos son manifiestamente ambiguos, con usos no sólo dispares sino hasta contradictorios, según los contextos en que son usados.
"Ciudad" puede parecer la reducción a un modelo territorial que gira en torno a ella, y que en cierta medida se contrapone a lo rural, donde -por cierto- hay experiencias territoriales más cercanas a la sustentabilidad dentro de lo que llamamos hábitat. "Ciudad" también se puede entender como un ámbito más amplio que excluya las buenas experiencias en barrios o las más localizadas.
Entendemos "hábitat" en un sentido que incluya experiencias rurales y experiencias de barrios, que está más cerca del concepto "habitar" (Henri Lefebvre) mucho más vital, activo y participativo.
Los ciudadanos son los que hacen las ciudades, y aunque las personas se encuentran con territorios y hábitats que les condicionan desde que nacen, para bien o para mal, estos espacios acaban siendo transformados por los humanos. A partir del debate que se viene manteniendo me parece, además, que es imposible proponer experiencias de hábitats o ciudades modelo. Y son las fichas de estos casos (que apuntan a otros caminos de "reequilibrio auto-eco-sustentable") lo que es posible hoy analizar, y aún así con las debidas cautelas.

Son las mediaciones quienes justifican los fines y no el fin quien justifica los medios. Si entre los instrumentos mediadores están la participación y la integración social hay bastantes más probabilidades de sustentabilidad que si faltan en la programación. Porque sobre todo lo que nos interesa es mostrar desde estos casos concretos cuales son las mejores herramientas hoy para una acción participativa y de integración social.

Objetivos de participación e integración social.

Fomentar la participación (instituyente, creativa, alternativa, etc) desde la propia sociedad y las asociaciones que hagan real este tipo de procesos. Es decir no porque haya más asociaciones o más declaraciones o Reglamentos de participación en las ciudades, esto ya significa que hay más sustentabilidad en los programas a realizar, pues se puede estar reivindicando más consumos despilfarradores, por ejemplo. No cualquier participación garantiza que se estén dando con la población pasos para que las futuras generaciones tengan un hábitat adecuado.

Para eso los políticos, los técnicos, y los propios ciudadanos tienen que intercambiar sus conocimientos y posiciones sobre las medidas de sustentabilidad que se deberían adoptar. Son negociaciones donde no hay una sola solución técnica, y donde lo técnico-constructivo debe verse implicado con lo social, lo económico, etc. Así serán posibles procesos instituyentes de realidades sustentables donde los ciudadanos puedan sentirse implicados y responsables.

Los espacios mono-especializados son lo contrario de la sustentabilidad, no sólo en temas de tráfico, sino también en la construcción de la ciudadanía. Si un ecosistema natural ha de ser complejo y gana con cuantas más interacciones se producen, es porque hay una gran diversidad de seres que se relacionan en él. Los seres humanos entre si, y con los otros seres vivos, han de aprender a respetar la igualdad de oportunidades de todos, y para eso es básico promover unas relaciones complejas de la mayor diversidad posible. Los más interesados en objetivos de sustentabilidad pueden llegar a ser estos bloques populares, partiendo del respeto a la multiculturalidad que presentan sus diversos orígenes, y si se entiende ésta como enriquecimiento para toda la sociedad.br>

La polarización y la marginación genera procesos de violencia (y delictivos) crecientes, que afectan gravemente a cualquier intento de sustentabilidad en nuestros habitats. Las mejores soluciones técnicas en un clima social de insolidaridad y desintegración social se hacen insostenibles. No son procesos de un día para otro, sino que pueden durar una generación o varias, y el hábitat ha de facilitar las soluciones, no tapando los problemas, sino integrándolos.
La formación en el cambio de pautas de consumo -hacia la sustentabilidad- de la mayoría de la sociedad, hoy aparece como uno de los mayores problemas. Y no basta con demostraciones teóricas para que la sociedad asuma otras pautas de vida y de uso del hábitat, hay que construir prácticamente y con participación social ejemplos concretos de sustentabilidad que sean atractivos, porque respondan a las necesidades profundas de la población.
Los objetivos de la "participación" y sus métodos instituyentes, la "igualdad" de oportunidades, la "integración" contra la marginación, y el "cambio" en las pautas de consumo, pueden ser condiciones necesarias pero no suficientes para la sustentabilidad que se pretende en el hábitat. Aun cuando se dieran simultáneamente, sólo garantizaríamos que se dan mayores probabilidades para los procesos de "auto-eco-sustentabilidad".

Recomendaciones para una sustentabilidad ciudadana.

Las prácticas concretas de Planes comunitarios, de algunos planes de juventud, programas de reciclaje, realización de parques y otras iniciativas locales, los planes integrales (IAP/PAI por ejemplo) aplicados a casos sectoriales o de barrios, nos muestran caminos nuevos y emergentes donde se dan las condiciones normalmente de sustentabilidad, participación e integración social.
La sustentabilidad no es garantizable al margen de una mínima justicia social.

Como condición de la sustentabilidad está, por tanto, la implicación de todos en la sociedad que estamos construyendo. En consecuencia es urgente un amplio debate entre los actores sociales en presencia sobre cuales pueden ser esas nuevas motivaciones y valores que hemos de construir para sobrevivir en las mejores condiciones.

En resumen, que las Programaciones Integrales (IAP/PAI) en los ámbitos descentralizados, y los Foros Cívicos para la coordinación de nuevos indicadores de calidad de vida en las ciudades, son los instrumentos que nos parecen más idóneos para que se puedan dar procesos de sutentabilidad
Texto participación en integración social.

Lo que hoy entendemos por participación ciudadana ha quedado reducido a algunos Reglamentos y algunas concejalías en los Ayuntamientos. Pero en poco o nada parecen tener que ver con el reequilibrio sustentable de nuestros hábitats. Si la participación ciudadana no está sirviendo para encontrar soluciones creativas ante los problemas de degradación de nuestros espacios, entonces seguirá perdiendo sentido, pues por sí misma, burocratizada, se quedará en discusiones alejadas de las realidades candentes y cotidianas de los ciudadanos.

La participación tiene que servir para la integración social, para proyectos sustentables y adaptados a las características concretas de cada territorio. En este sentido debemos quitarle a la participación y a la integración mucho lastre heredado de viejas concepciones anquilosadas. El ejercicio que aquí presentamos no es un nuevo modelo, pero sí de los límites de los modelos propuestos y dominantes. No nos interesan modelos finalistas, sino prácticas y métodos "contra-corriente" que abran nuevas potencialidades. Sabemos que no es sustentable lo que se viene haciendo a modo de participación ciudadana, ni para los objetivos de mantener la calidad del hábitat, ni para la autoeducación de la ciudadanía en prácticas participantes.

Por eso entendemos que hay que pasar a pormenorizar en los distintos ámbitos territoriales cuáles pueden ser las "buenas prácticas", que nos permitan sentirnos -al menos- en un camino de cierta probabilidad creativa. La relación social es muy compleja y continuamente se nos escapa, por eso necesitamos entender el juego de sus redes complejas, con su variado tipo de vínculos tan cambiantes. En primer lugar, de manera muy inmediata y cotidiana, vemos la existencia de redes primarias, de familiaridad, amistad, etc, donde los vínculos son fuertes, y donde la convivencia tiene sus propias reglas peculiares en cada cultura y subcultura particular. Este ámbito último tiene, sin embargo, su importancia social pues desde estas redes primarias se codifican y decodifican todas las informaciones y energías puestas en marcha por las comunicaciones de rango más amplio y global.

Es decir si no se convence desde los grandes medios de comunicación y desde las políticas globales a las redes primarias, se empieza a larvar nuevas contestaciones a las determinaciones dominantes de nuestro consumo. Pero entre estas redes más próximas y las redes telemáticas globales, que centralizan tanta información, y que la simplifican y unilateralizan tan frecuentemente hay otras redes intermedias. Hay unas redes de "coordinación", que no son tan fuertes o densas como las primarias, sino que son "débiles", y que por lo mismo cumplen una función muy importante de mezcla, de hibridación de mensajes, de creatividad potencial. Es el espacio ciudadano, la antigua multifuncionalidad de la "plaza mayor", de la calle comercial y del "paseo", donde la complejidad de vínculos permite asomarse o esconderse, hacer demostraciones o simplemente observar.

La complejidad de los análisis de redes y de conjuntos de acción con sus vínculos y elementos nos hace pensar que no hay un modelo territorial de referencia válido (compacto o difuso), sino que es la articulación de distintos tipos de espacios (unos más difusos otros más compactos) los que mejor se adaptarán a los distintos tipos de redes de relaciones. Los ecosistemas donde se dan estas relaciones, y sus climas, marcan también el grado de concentración de tecnologías urbanísticas que sean necesarias en cada cultura. La participación de los ciudadanos y sus usos en cada momento son los que pueden marcar las necesarias adaptaciones de las formas construidas. Si hacemos un modelo muy sostenible, pero no cuenta con la implicación de las personas, igualmente estamos imponiendo algo, y acabará por no funcionar.

Porque lo sostenible no cuenta con la democracia participante y aparece confuso. Así pues hay un marco de partida para este intento de encontrar "buenas prácticas", y es que se encuadren dentro de los conceptos de "ciudad" y "sostenible". Y dentro de este marco los objetivos que nos proponemos en este capítulo deberán apuntar a los objetivos de "participación e integración social". Pero todos estos conceptos son manifiestamente ambiguos, con usos no sólo dispares sino hasta contradictorios, según los contextos en que son usados. Por eso parece inevitable hacer algunas acotaciones mínimas para podernos entender, pues las acotaciones máximas las mostrarán las propias prácticas con sus limitaciones.

"Ciudad" puede parecer la reducción a un modelo territorial que gira en torno a ella, y que en cierta medida se contrapone a lo rural, donde -por cierto- hay experiencias territoriales más cercanas a la sustentabilidad dentro de lo que llamamos hábitat. "Ciudad" también se puede entender como un ámbito más amplio que excluya las buenas experiencias en barrios o las más localizadas. Entendemos "hábitat" en un sentido que incluya experiencias rurales y experiencias de barrios, que está más cerca del concepto "habitar" (Henri Lefebvre) mucho más vital, activo y participativo. Es decir, el "con-vivir" entre personas frente a la "ciudad" como algo físico y técnico.

Los ciudadanos son los que hacen las ciudades, y aunque las personas se encuentran con territorios y hábitats que les condicionan desde que nacen, para bien o para mal, estos espacios acaban siendo transformados por los humanos. La sustentabilidad incluye lo que vaya a pasar en futuras generaciones, y por lo mismo se basa en la cultura cívica de lo que hacemos hoy y de lo que hagan mañana nuestros descendientes. En todo caso parece que sólo es posible hablar de experiencias en los hábitats, y no de experiencias de ciudades, como si éstas tuviesen una evolución propia independientemente de quienes la planifican, gestionan y usan, o abusan.

Existe una larga tradición y debate sobre conceptualizar sustentabilidad en vez de sostenibilidad, en el castellano de latinoamérica: el concepto "sostengo" es más artificial y técnico que "sustento", que parece más profundo y participativo, aparte de que suena mejor fonéticamente. Que algo sea sustentado suena a alimentación básica, mientras que si es sostenido parece dependiente externamente. Si además en las Naciones Unidas es el término oficial, ¿porqué no usarlo?. Aunque lo que importa no es la terminología, sino el contenido de lo que se haga o vaya a hacer. Es decir, que cualquier propuesta sea sustentada desde los hábitos cotidianos de la población, como condición fundamental para que alcance a futuras generaciones. Aunque, en muchos casos, lo que inicialmente se propuso como "desarrollo sostenible" se quedó en "habitabilidad" simplemente con posterioridad.

Algunos expertos plantean lo "auto-sustentable" como concepto que hace depender el futuro de la auto-promoción interna de los ciudadanos para lo que vaya a pasar con el hábitat en el próximo siglo. Pero por este camino de precisar que sin tales requisitos no podemos considerar tal o cual experiencia válida, corremos el riesgo de no encontrar ninguna con tales requisitos.

Cabe, en todo caso, diferenciar entre "habitable" y "auto-eco-sustentable" en los dos polos de lo que cabe entender por sostenible. En la mayor parte de los casos propuestos vamos a encontrar que lo construido es "habitable" en términos actuales, y locales, pero no tanto si lo referimos al futuro y a un ámbito más global de repercusión. Su sustentabilidad sería "auto" y "eco" si sus relaciones productivas internas y las relaciones con el medio garantizasen para el futuro su perdurabilidad, [E. Morin , 1994 ].

A partir del debate que se viene manteniendo me parece, además, que es imposible proponer experiencias de hábitats o ciudades modelo. Tanto porque no parece que existan, con los datos actuales de lo que tenemos (ejemplos que citamos), como por la propia insostenibilidad del modelo territorial europeo, que no puede funcionar sino en conflicto abierto con el sistema mundial, por nuestra cultura dominante de consumo. Por lo mismo sólo pueden existir "experiencias embrionarias", y por lo mismo parciales, bien en territorios pequeños, bien en parcelas de algún sector de actividad. Y son las fichas de estos casos (que apuntan a otros caminos de "reequilibrio auto-eco-sustentable") lo que es posible hoy analizar, y aún así con las debidas cautelas.

Si nos atrevemos a presentar una serie de buenas prácticas no es, por tanto, porque las consideremos lo óptimo, sino porque es mejor hacer algo que nada, y porque haciendo las cosas menos malas y posibles, es la mejor manera de aprender colectivamente. Y es la posibilidad también de que puedan surgir alternativas, aunque sean provisionales o parciales, es decir, la única manera de avanzar, de construir un posible futuro sustentable. Por eso nos interesan más los métodos, los programas, las mediaciones, que dieron lugar a resultados, que los modelos finales o que los apriorismos teóricos. Son las mediaciones quienes justifican los fines y no el fin quien justifica los medios. Si entre los instrumentos mediadores están la participación y la integración social hay bastantes más probabilidades de sustentabilidad que si faltan en la programación. Por eso este aspecto es transversal a todas las otras políticas y experiencias, [J. Martín-Barbero , 1987 ].

Los casos que vamos a tomar como ejemplos de referencia los vamos a dividir en primer lugar por ámbitos territoriales, pues no es lo mismo un ejemplo en una metrópoli de varios millones de habitantes, que en una ciudad media, un barrio, o un pueblo. En unos casos la difusión es más amplia, en otros la sustentabilidad es más concreta e integrada. Así pues vamos a intentar pasar revista a diversos ejemplos en contextos diferentes, valorando tanto lo positivo como lo negativo. Porque sobre todo lo que nos interesa es mostrar desde estos casos concretos cuales son las mejores herramientas hoy para una acción participativa y de integración social. Por eso la última parte va a centrarse en los métodos que mejor nos pueden orientar hacia los caminos de la sustentabilidad desde los propios ciudadanos.

Objetivos de participación e integración social.

Fomentar la participación (instituyente, creativa, alternativa, etc) desde la propia sociedad y las asociaciones que hagan real este tipo de procesos. Es decir no porque haya más asociaciones o más declaraciones o Reglamentos de participación en las ciudades, esto ya significa que hay más sustentabilidad en los programas a realizar, pues se puede estar reivindicando más consumos despilfarradores, por ejemplo. Otra cosa es si se hace con metodologías que implican procesos de profundización y concreción (entre políticos, expertos y ciudadanos), con medios, tiempo y posibilidades reales para tomar decisiones operativas y sustentables. No cualquier participación garantiza que se estén dando con la población pasos para que las futuras generaciones tengan un hábitat adecuado.

Hablamos de participación que no es simple información ni consultas de opiniones, sino tomas de decisiones compartidas después de un conocimiento, con tiempo suficiente y mecanismos claros, de los problemas y de las alternativas. Para eso los políticos, los técnicos, y los propios ciudadanos tienen que intercambiar sus conocimientos y posiciones sobre las medidas de sustentabilidad que se deberían adoptar. Son negociaciones donde no hay una sola solución técnica, y donde lo técnico-constructivo debe verse implicado con lo social, lo económico, etc. Así serán posibles procesos instituyentes de realidades sustentables donde los ciudadanos puedan sentirse implicados y responsables.

No se trata de repetir lo que ya se tiene, el modelo del desarrollo sostenido, porque si con la participación sostenemos el actual consumismo despilfarrador, el presente y el futuro claramente sufrirá las consecuencias. Pero tampoco de imponer tecnocráticamente una disciplina ecologista, sin que la población la asuma. Por eso se trata de construir algo nuevo, que no encaja exactamente ni con lo que proponen los técnicos, ni los políticos, ni los ciudadanos pues cada cual habrá de cambiar en función de las negociaciones y de las urgencias que sean marcadas y conscientes de la mayoría. No se trata de que en una votación o una asamblea se decida rápidamente el futuro del hábitat, sino de un proceso donde las minorías sociales (frecuentemente más conscientes de los problemas medio-ambientales) tengan posibilidad de debatir sus posiciones, y al tiempo escuchar otras problemáticas sociales o presupuestarias, que también existen y condicionan a cada comunidad.

Igualdad de oportunidades y respeto a las diferencias de usos por el género, la edad, etc. no limitándose a un hábitat solo pensado para el varón, adulto, ejecutivo, con automóvil, etc., sino con características propias de la complejidad de usos de la con-vivencialidad. Los espacios mono-especializados son lo contrario de la sustentabilidad, no sólo en temas de tráfico, sino también en la construcción de la ciudadanía. Las mayorías en las votaciones pueden tener la tentación de pensar que las soluciones son simples en función de la tendencia dominante y anular la diversidad de alternativas que se pueden conjugar en un mismo hábitat. Integralidad no tiene por qué significar integración de la minoría en la mayoría, sino contar íntegramente con todas las partes de un conjunto sin menoscabar ninguna.

Si un ecosistema natural ha de ser complejo y gana con cuantas más interacciones se producen, es porque hay una gran diversidad de seres que se relacionan en él. No sobrevive el más fuerte y los demás mueren, sino que se dan unas relaciones que crean evolutivamente una mejor complejidad, y de esas relaciones ecosistémicas es de lo que dependen todos los seres vivos, tanto los más fuertes como los más débiles. Los seres humanos entre si, y con los otros seres vivos, han de aprender a respetar la igualdad de oportunidades de todos, y para eso es básico promover unas relaciones complejas de la mayor diversidad posible. Estas diversidades de juegos permiten unos cálculos de probabilidades muy creativos que superan, participadamente, las soluciones simples y entrópicas (degradantes).

Por ejemplo, no existe el sistema modal perfecto de transporte y tráfico, sino la combinación adecuada para cada situación concreta y para cada tipo de usuarios. El objetivo por lo tanto, de participación, no puede ser atender a lo más masivo en cada caso, sino la articulación de los distintos modos para cubrir todas las necesidades con respeto y articulación entre sus diferencias. Desde los minusválidos hasta las amas de casa, desde los jóvenes hasta los ejecutivos, no se puede buscar una vía simple que premie a unos y castigue a otros. La participación ha de contar con todos, y encontrar soluciones complejas que vayan dinamizando las infraestructuras y las relaciones. Porque el transporte no es un fin en sí mismo, sino -en todo caso lo sería- la con-vivencialidad y la sustentabilidad de la misma.

Integración de los sectores populares frente a la polarización de la sociedad de los "dos tercios", lo que incluye a todos los grupos étnicos e inmigrantes. Frente a la cultura consumista del tercio dominante, que margina a un tercio de la sociedad fuera del consumo, y a otro tercio lo endeuda con consumos degradantes, cabe la reconstrucción en un bloque entre estos dos tercios de "abajo". Los más interesados en objetivos de sustentabilidad pueden llegar a ser estos bloques populares, partiendo del respeto a la multiculturalidad que presentan sus diversos orígenes, y si se entiende ésta como enriquecimiento para toda la sociedad.

La polarización y la marginación genera procesos de violencia (y delictivos) crecientes, que afectan gravemente a cualquier intento de sustentabilidad en nuestros habitats. Las mejores soluciones técnicas en un clima social de insolidaridad y desintegración social se hacen insostenibles. Integración significa así superación de la marginación, pero no porque haya que aceptar un patrón común, sino porque se abren posibilidades para todas las opciones. No se trata tanto de tapar las bolsas de mayor pobreza, o de perseguir los delitos que van en crecimiento, sino de crear un clima de implicación social para resolver los problemas del paro, de la marginación, etc., que son las causas que desestabilizan cualquier política de hábitat que se formule.

El objetivo de integración se convierte entonces en la construcción de la multiculturalidad social en nuestros pueblos, barrios y ciudades, donde los distintos estratos sociales, y los inmigrantes tanto de la propia península como de fuera, sean capaces de crear pautas de convivencia híbridas y creativas, y adecuadas a las nuevas necesidades de sustentabilidad. No son procesos de un día para otro, sino que pueden durar una generación o varias, y el hábitat ha de facilitar las soluciones, no tapando los problemas, sino integrándolos. Una rehabilitación o una remodelación de barrios puede servir para desplazar aún más a la población, o por el contrario para crear puestos de trabajo, espacios cooperativos, escuelas de formación, etc.

Cambio de pautas de consumo que supongan un efecto combinado y sinérgico en el sentido de la sustentabilidad. Habrá que prestar especial atención a las pautas y usos de las generaciones más jóvenes que son las que van a vivir las consecuencias de las decisiones que ahora se están tomando. El cambio cultural que es posible promover desde las instituciones y las asociaciones populares es fundamental para la auto-formación y sustentabilidad de las formas de vida que se pretenden, y que debe afectar a todos los estratos sociales.

La formación en el cambio de pautas de consumo -hacia la sustentabilidad- de la mayoría de la sociedad, hoy aparece como uno de los mayores problemas. Y no basta con demostraciones teóricas para que la sociedad asuma otras pautas de vida y de uso del hábitat, hay que construir prácticamente y con participación social ejemplos concretos de sustentabilidad que sean atractivos, porque respondan a las necesidades profundas de la población. El cambio de valores sobre el consumo no se puede producir en abstracto, y por eso es necesario construir nuevos indicadores que precisen qué es la calidad de vida en cada ciudad y en cada comarca, y si avanzamos hacia la sustentabilidad o retrocedemos.

Los objetivos de la "participación" y sus métodos instituyentes, la "igualdad" de oportunidades, la "integración" contra la marginación, y el "cambio" en las pautas de consumo, pueden ser condiciones necesarias pero no suficientes para la sustentabilidad que se pretende en el hábitat. Aun cuando se dieran simultáneamente, sólo garantizaríamos que se dan mayores probabilidades para los procesos de "auto-eco-sustentabilidad". Se tienen que cruzar transversalmente con los objetivos de economía, energía, residuos, alojamiento, agua, accesibilidad, etc. por un lado, y por otro con la práctica que verifique estos planteamientos y los aspectos concretos que no contemplamos previamente y que siempre matizan cualquier programación al ejecutarse. Recomendaciones para una sustentabilidad ciudadana.

No se trata tanto de responder al objetivo de la participación con reglamentos o concejalías en los ayuntamientos que, sin apenas presupuestos ni competencias, pretenden hablar con los vecinos para informarse o mantenerlos informados. Más bien estamos planteando que los ciudadanos sólo participan si ven claras las condiciones favorables en las que pueden decidir realmente sobre elementos concretos e importantes que les puedan mejorar su calidad de vida y las de sus hijos. La sustentabilidad se ha de basar por lo tanto más en los procesos instituyentes de democracias participantes en las gestiones locales, que en la participación ciudadana como se ha venido haciendo habitualmente en planes y reglamentos municipales.

Las prácticas concretas de Planes comunitarios, de algunos planes de juventud, programas de reciclaje, realización de parques y otras iniciativas locales, los planes integrales (IAP/PAI por ejemplo) aplicados a casos sectoriales o de barrios, nos muestran caminos nuevos y emergentes donde se dan las condiciones normalmente de sustentabilidad, participación e integración social. Ahora que en varias de nuestras ciudades los Planes Urban (y otros) de la Unión Europea plantean la resolución de estos problemas, es preciso avanzar en prácticas que impliquen recoger estas experiencias de reequilibrio local urbano integrado. Sin duda no deben quedarse tales técnicas en repeticiones mecánicas de lo que se está empezando a realizar, pero tampoco se puede llamar participación o integración social a cualquier programa que no tenga en cuenta estas experiencias con sus aciertos y sus errores.

La integralidad ha de entenderse en este sentido de complejidad que sabe conjugar las distintas especialidades profesionales y los distintos actores sociales que intervienen en cada proceso concreto. La sustentabilidad del ecosistema ha de tener en cuenta no sólo la diversidad de los componentes naturales o artificiales que lo integran, con sus variadas relaciones en proceso continuo, sino sobre todo y con mucho cuidado los elementos humanos con sus diferentes necesidades y conductas. Precisamente porque son los humanos en estas últimas décadas los que hemos puesto los ecosistemas naturales al borde del colapso, matando nuestra propia gallina de los huevos de oro. Los Planes Integrales (IAP/PAI) han de tener en cuenta tanto en el diagnóstico como en los programas a realizar, el cruce de los condicionantes económicos, de redes culturales, y de recursos medioambientales que existen en cada territorio concreto. Sólo a través de un tema generador e integral será posible movilizar las voluntades y las implicaciones en el mejor de los casos. Pues tales diagnósticos y programas apuntan a un cálculo de probabilidades de hacerlos más eficientes, pero son más condiciones necesarias que suficientes a la hora de pensar en cual pueda ser el resultado esperado. Lo que es seguro es que si no parten de esa integralidad de contemplar al tiempo la economía, el territorio y la cultura, no hay apenas probabilidad de asegurar una dirección de sustentabilidad.

Las programaciones de cara a la sustentabilidad se nos están planteando en un mundo donde la marginación y la violencia hacen difícil cualquier proyecto que no tenga en cuenta la polarización creciente que las causa. Los valores de la sociedad están tensionados por atender al futuro de la humanidad y del planeta, pero también por la desesperación actual de un buen número de ciudadanos, sobre todo en las condiciones de pobreza dramática del los países empobrecidos, que difícilmente pueden atender a los llamamientos razonables de no contaminación, cuando ni ellos son los principales responsables, y sus urgencias son de vida o muerte para sus propias familias en las condiciones actuales de subsistencia. La sustentabilidad no es garantizable al margen de una mínima justicia social.

En esta situación ganar más tiempo disponible para la auto-formación, el ocio, la calidad de vida, entre los que poseen más medios debe contribuir a repartir el trabajo entre los que puedan estar más marginados de el, y además permite tener más tiempo libre para atender voluntariamente los aspectos medioambientales y culturales de nuestra sociedad. Sin duda esto supone un cambio de valores entre los dominantes en una sociedad tan competitiva, pero realmente no nos quedan muchas más alternativas si queremos que la integración social sea algo más que buenos deseos. Como condición de la sustentabilidad está, por tanto, la implicación de todos en la sociedad que estamos construyendo. La marginación puede llevar a situaciones de desesperación social donde la barbarie vuelve a aflorar, sin justificación racional aparente, pero con toda la contundencia de sus violencias sin salidas.

El cambio de valores puede llegar provocado por algunos acontecimientos dramáticos y no queridos (que a menudo han sucedido en la historia), o bien porque se vayan construyendo por la propia sociedad nuevas pautas ante los problemas que racionalmente son de prever. Sin duda las ciudades que mejor sepan darse cuenta a tiempo de cuales deben ser estos nuevos valores, serán las que menos sufran las consecuencias, y las que estén mejor preparadas para las nuevas formas civilizatorias a las que nos hemos de dirigir. En consecuencia es urgente un amplio debate entre los actores sociales en presencia sobre cuales pueden ser esas nuevas motivaciones y valores que hemos de construir para sobrevivir en las mejores condiciones.

Una forma concreta de construir estos nuevos referentes es precisamente los Foros cívicos, que ya se están difundiendo por las diversas ciudades preocupadas por la temática de la Agenda 21 de la Conferencia de Río. Efectivamente en un Foro de estas características la colaboración de las asociaciones, sindicatos, universidad, medios de comunicación, etc. es la mejor forma de recoger cuales son las preocupaciones de los sectores más ilustrados en cada especialidad, y al tiempo también es la mejor forma de dar un aldabonazo cada año sobre cómo está evolucionando nuestra calidad de vida. Las comisiones de estudio de lo social, la economía, y la ecología local, a la vez nos informan a todos de qué pasa con nuestra sustentabilidad, y esto debe servir para que el debate nos plantee las nuevas pautas de consumo que se van haciendo necesarias.

En resumen, que las Programaciones Integrales (IAP/PAI) en los ámbitos descentralizados, y los Foros Cívicos para la coordinación de nuevos indicadores de calidad de vida en las ciudades, son los instrumentos que nos parecen más idóneos para que se puedan dar procesos de sutentabilidad con participación en integración social. Un nuevo ciclo de experiencias se está abriendo paso tanto en las comarcas rurales como en las ciudades y habrá que estar muy atentos a cómo se vaya desarrollando pues de ante mano no hay ninguna receta que nos garantice que los procesos vayan a ir en la mejor dirección. Más bien tenemos la sensación de que las tendencias dominantes juegan en contra de la sustentabilidad del modelo, y por eso nos atrevemos a recomendar algunos instrumentos más concretos, que tanto sirven para defendernos del despilfarro y la degradación ambiental, como pueden contribuir a hacer una parte de la sociedad más creativa e ilusionante.