La Seriedad / La Risa

MIGUEL ÁNGEL GONZÁLEZ MANJARRÉS LARGA DE LOS FRUTEROSEl Norte de Castilla
Las cosas serias, los asuntos importantes, las cuestiones trascendentes están hechas, ve ahí, para reírse de ellas. La seriedad, en cambio, suele ser la coraza con que los mediocres esconden su nadería y los autoritarios su violencia. No hace falta más que ver el rostro gravedoso y tenso de los políticos para comprenderlo: debajo de sus cejas enarcadas, de su rictus tirante y de sus carrillos airados parece latir una masa lechosa de gorullos que, más que a materia gris, tira a requesón. Fíjense ustedes en el propio presidente de España cuando está inspirado y pretende arreglar los conflictos de este mundo: la sola seriedad de su bigote se nos antoja un berrete de chocolate que oculta los pucheros de un sabiondo. Y qué me dicen del pater del Norte cada vez que se disfraza de fray Gerundio y mata de discursos a su voceona recua de corderos: en sus ojos inyectados se dejan entrever unos lavajos de pureza sanguínea y soplo divinal que, como la seriedad de todos los profetas, muestran una ligera sombra de atolondramiento. Por ser más internacionales, acudan a los gestos del jefe del Imperio, a sus muecas y ademanes tan seriotes y a cómo se lleva la mano al corazón, entre compungido y enrabietado, cada vez que se propone acribillar a la morería maligna y a los comunistas recalcitrantes. O fíjense, en fin, en la seriedad ovalada del nuevo zar de todas las Rusias cuando aprieta los labios para explicar por qué se ha visto en la alta obligación de gasear a mil compatriotas.

El canalla suele ser un hombre serio, y lo que más le duele, lo que más le escuece es que llegue un bufón y se burle de sus gravedades. La seriedad, de esta forma, se convierte casi siempre en el símbolo propio de la opresión, de la represalia y el autoritarismo, que a su vez se materializa como naturalmente en los cachivaches y aparejos del Estado. Reparen en el serio ondear de una bandera, en el porte serio de un soldado, en la seria oscuridad de un tricornio, en el aburrimiento serio de un funcionario, en la seriedad mayúscula de un académico, en la letra seria de una ley. Y la ornamentación estatal es juego de niños si la cotejamos con la parafernalia de la nación: ahí tienen toda esa seriedad criminal y virulenta de los representantes genuinos de los pueblos, de los judíos, de los palestinos, de los vascos y los irlandeses, de los corsos, los chipiotras, los servios, los macedonios, los croatas y cuantos ustedes quieran añadir. Bien es cierto que presentarse como encarnación terrena del espíritu todo de un pueblo debe de ser cosa dificultosa y dura, posible sólo mediante elevadas dosis de seriedad y sacrificio.

Y, al hilo de las naciones, piensen un momento en la adusta circunspección que habitualmente se enseñorea del paisanaje hecho masa, de las piaras que elevan al unísono sus airadas protestas contra la risotada ácida y escarnecedora. Ya sea una asociación de defensores del obrero, ya un batiburrillo de seguidores de un inspirado, ya una recia unión de jaleadoras de la hembra hombruna, el caso es que todos persiguen con saña a quien se burla de sus dogmáticas seriedades, y tratan de suprimir a tal elemento canceroso con mayor ahínco que a quien se esfuerza en contradecirles desde una seriedad opuesta. Es decir, que la feligresía, por ejemplo, digo la progresía (en qué estaría uno pensando) considera enemigos de dogma, pero igualmente serios y, por tanto, imprescindibles, a los seguidores de la tradicional derecha; ahora bien, quien sólo sepa esbozar cierta sonrisa descreída delante de todos esos convencidos será el objeto inmediato de sus ataques, la diana de sus fustigadoras sentencias. La burla y la risa, desconocidas de las divinidades absolutas, han sido siempre las enemigas acérrimas de los sacerdotes y pontífices, ya sean propiamente religiosos o bien laicos. Reírse del cura Escrivá, de Mahoma, de Cristo, del comunismo o, qué sé yo, de las feministas, puede llegar a ser muy peligroso para la supervivencia social y, en los casos más irracionales, para la integridad física. Después de tantos años de historias e ilustraciones, resulta que una ruidosa y larga carcajada es el mayor acto de rebeldía que puede uno seguir cometiendo en esta época de seriedades infames. Como ya hiciera el viejo Diógenes, como practicara Rabelais, como entonara Brassens, la subversión del individuo frente a los credos y los dogmas empieza y termina con una sonora risotada.