Política, Cultura y Espectáculo
José Luis Matilla Con el batiburrillo de la globalización se hace bandera de todo aquello a lo que se le puede colocar un mástil para que ondee, es decir: de todo lo que convenga.
La derecha española (perdón por el anacronismo manifiesto) ha dejado a un lado su tozudez y ya no lucha encarnizadamente, a sangre y fuego, por la analfabetización del personal de los suburbios, sino que va pretendiendo su alfabetización controlada, mayormente por las cadenas de televisión, en busca del voto del bienestar.
La derecha socialdemócrata impuso, en sus años de apogeo, una reducción del hecho cultural al tamboril y la gaita de los festejos populares de camisa a cuadros; y la derecha ultraliberal buscó la diferencia en el espectáculo selecto, al que el vecino de medio pelo no entra porque le da vergüenza sentar sus collares falsos junto a los oros de las madamas pudientes.
Es una idea brillante: democratizar los eventos para quedarse con ellos. Una nueva fórmula inteligente que no requiere el derribo de la escuela, la depuración del maestro o el obligado absentismo de los pobres. Es la modernización de los métodos, en suma.
A los jerarcas derechizados del PSOE les pareció productiva la reducción de toda la cultura a un espectáculo de masas, y arrojaron de su paraíso a los creadores -siempre fuente de críticas moletas- como si fueran apestados, de la misma forma que se abandona al perro molesto en la gasolinera. Pero los creadores, salvo los que se apacentaron directamente en el pesebre de las canonjías, se le desmandaron y se apearon en marcha, que es como si hubiera sido el perro el que hubiera abandonado al amo para irse a dar una vuelta a su aire: flaco y con pulgas, pero un poco más libre.
Creación y espectáculo son cosas distintas, ambas clave en la cosa cultural, pero no necesariamente coincidentes. Y entre los espectáculos conviene distinguir también entre el bodevil complaciente y el drama crítico, provocativo, mordaz y molesto.
Pues bien: tras casi medio año del pintoresco tinglado que conforma la capitalidad cultural, se ve claro entre la niebla, se aprecia el horizonte entre la hojarasca del bosque: nada de creación -¡vade retro! La capitalidad cultural es espectáculo y, preferentemente, espectáculo amable, no vaya a ser que las madamas de los oros se sientan molestas ante la crítica, abochornadas ante la mordacidad o sonrojadas ante la provocación.
La creación y el espectáculo molesto ya tienen acomodo en la trastienda, y están a punto de ser tipificados como delito en el código penal como terrorismo intelectual al que hay que combatir si es necesario con los editoriales del New York Times de después del 11 de septiembre.
Son ejemplos malsanos de los grupos antisistema, punta de lanza que amenaza al orden establecido, aberraciones de la mente humana, subversivos que se juntan alrededor de las mugrientas mesas de taberna con el ecologismo intransigente que amenaza el progreso, con los moros de la emigración -vagos y maleantes- y con los yonquis irrecuperables. Y conforman esa imagen que pone de manifiesto la trastienda horrorosa que se oculta tras el lujo, como aquella parte de atrás de Los Pizarrales de las chabolas se ocultaba a la vista tras los bloques de pisos de la Carretera de Ledesma, tan monos.
Si no fuera así, la Unión Europea jamás financiaría el tinglado con su mecenazgo.
La Unión Europea está dispuesta a financiar, por lo que significan, a Mihura pero no a Genet, a Calderón pero no a Cervantes, a la Henri Leví pero no a Noam Chomski. La Unión Europea es así señora: todo por el orden establecido, por la Francia de Chirac, por la cultura del oropel y del adorno, pero nada por la modernidad que puede poner de manifiesto la raspa podrida del pescado en el cubo de la basura del restaurante de lujo.
La Unión Europea se asusta de las palabras de gentes como Saramago o Gabriel García Márquez, bichos raros de antes de lo del muro; no quiere ni oír hablar de los poetas palestinos, sospechosos de hermandad con Ben Laden, ni de Goytisolo que los apoya y, lo mismo, hasta pisa alfombra de mezquitas, pero sí de Cela. A los afganos les sufraga partidos de fútbol pero no escuelas ni ediciones; se ha olvidado de las burkas campesinas y subvenciona campañas militares con antena de televisión para telenovelas venezolanas.
Por eso la Unión Europea sufraga, a un tiempo, cumbres majestuosas que enaltezcan sus virtudes y guardias de la porra que acallen sus miserias. Por eso. Porque la cultura es un reflejo impresentablemente callejero que refleja amplificando -como los espejos del Callejón del Gato, ya reformados y revestidos de mármol artificial, por cierto-, no subvencionaría nunca aquello a lo que no pudieran asistir sonrientes Ana Botella o Marina Castaño.
Y la cultura, por tanto, queda reducida a lo que estáis viendo en la Salamanca del evento: espectáculos que van desde la Caballé a Rosa de España, que vienen a ser lo mismo en su significado, salvando las distancias de los que les escribieron las partituras, y que no se me enfurruñen las señoras de las plateas del Liceo por la comparación ominosa.
Nada de discusiones profundas ni de foros. Nada que no sea el ensalzamiento de lo ensalzado. Sólo lentejuelas y locales para lucirlas. Y a otra cosa, mariposa.









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