Una enseñanza como Dios manda
José Luis Matilla Dicen las gentes de mal vivir -progres trasnochados y rojos antañones- que el Gobierno comete injusticia manifiesta exonerando a los católicos del estudio de los valores cívicos a cambio de la clase de religión. O que colocan el estudio de la Constitución para que nadie juegue al parchís en un aula mientras en otra se estudia a San pablo, porque el parchís no debe ser nunca sustituto de la palabra de Dios.
Pues se equivocan, como siempre, los retrógrados y los antañones.
El Gobierno lo que pretende es que todos vayan a la clase de religión, que allí es donde piensa formar un verdadero seminario de los valores cívicos que la sociedad moderna, patriótica y constitucional necesita.
En los libros de la materia se encierran las fuentes que dan de beber a quienes no piensan sino en el bien de España y en el de sus nacionales, a los que tanto les ha costado conseguir el bienestar de que, gratuitamente, los dota el Gobierno de los mejores.
Allí, y no en otra parte, se encierran los principios válidos de la convivencia, de la tolerancia sagrada, del sacrificio honroso y del servicio al vecino como expresiones paradigmáticas de lo que debemos ser.
Nada mejor que el Catecismo del Padre Astete para enseñarnos que debemos amar al prójimo como a nosotros mismos, amén. Pero sin que el prójimo invada los territorios sagrados de nuestra vieja y sólida heredad, porque si los invade, ése ya es otro cantar: ahí, deja entrever el Padre Astete, que lo que hay que hacer es convertirlos, arrimarles la cruz, calzarlos si rezan o echarlos a las tinieblas del hambre si se resisten, pero siempre en tierra de infieles, que para eso lo son.
Hay que pedir para los pobres de allende las fronteras de Ceuta y Melilla con una hucha con cara de chino sonriente, otra con cara de indio sonriente y una última con cara de negro sonriente, que, aunque pasen las de Caín para poder comer, siempre es de agradecer la sonrisa amable con que nos solicitan la caridad. Allí, en el estudio, se aprenderá a no negarles la propina a unas caras tan amables.
Otra cosa es cuando el moro -que ni siquiera tuvo nunca hucha que lo representara- llame a la puerta o se cuele de rondón sin la mínima intención de convertirse y, ni siquiera, de sonreír para pedirnos una caridad.
En ese caso, antes extremo y ahora cotidiano, en las susodichas clases, espera el Gobierno de los mejores que se instale, sobre una peana de flores, a Santiago Matamoros con la espada en ristre y el ceño fruncido, inapelable ante cualquier resistencia a la conversión. Este Santiago Matamoros, santo patrón del ministerio del Interior, es el émulo que llevará a las nuevas generaciones a entender esta moderna invasión de gentes que, si antes apreciaban y se conformaban con los dineros de las huchas, modernamente los desprecian y se arman de alfanjes para cogerlos sin que se les ofrezcan.
A tal efecto se piensa cambiar la Ley de Extranjería, no para enseñar a leer y escribir a cuanto moro, chino, negro o indio aparezca por el territorio, sino para adecuarla ya, de una vez por todas, al susodicho catecismo, que bien está lo que bien parece.
Así, el estudiante de religión no precisará de aprendizaje ético para conducirse en la vida: le bastará con prepararse adecuadamente en materia de religión.
Y ningún infante necesitará estudiar en el futuro los preceptos constitucionales que hablan de igualdad ante la Ley ni de vivienda digna ni de trabajo -materias ornamentales si las hay-, sino que les bastará con mirar al Matamoros para comprender cuál es la esencia de la civilización y cuál la puerta que tienen que cerrar a cal y canto.
De otra forma, si enseñamos a leer al de Alhucemas, siempre nos quedará la duda de si se habrá adaptado por la cuenta que le trae, pero continúa orando a Alá en la intimidad de su salón comedor, mirando Al Yasira y con el alfanje preparado siempre para rebanar la cabeza de un cristiano viejo. De esto tenemos experiencia y nadie nos la va a negar. Mejor así que tener que organizar nuevas expulsiones desde las costas andaluzas. Mejor así, aunque si no hay más remedio...
La Cultura, ya lo dijo San Pablo, es cosa de gentiles, y mejor está cada uno como está: con su analfabetismo en lengua materna, con su hambre y con los piojos que Dios le ha dado. Por eso mismo ha dicho nuestro Gobieno que no es baladí la enseñanza reglada de la religión católica, y que hay que aprobarla con nota si es que se quiere ser un hombre de provecho.
Y los progres y los rojos siempre atizando el fuego de la desintegración con sus demagogias, allanándoles el camino a los enemigos de nuestra cultura, a los diablos que nos acechan desde los inmemoriales tiempos de cuando Tarik y Muza.
Si nos obliga nuestro Gobierno a acometer esta regeneración de España, a través de una catequesis de instituto, no es por fastidiar, que se sepa: es sólo por el bien de quienes no cuentan en su casa con la guía espiritual que le es propia a ciudadanos de tanta prosapia, tan ricos y tan guapos, aunque, por desgracia, no tan rubios.
Santiago y cierra España, que es lo que siempre se ha dicho, y lo que decía el valeroso Capitán Trueno.
Alabado sea nuestro Gobierno.









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