¿Y Medina qué?
Gonzalo Santos López El 26 de noviembre del 2004, poco más de veinte meses, se cumplirá el V Centenario de la muerte de la Reina Isabel la Católica, que tuvo lugar en el Palacio Real del Potrillo o Portillo, de la Plaza Mayor de Medina, donde quiso morir después de dictar testamento, un 12 de octubre y tres días antes del óbito, 23 de noviembre, su ejemplar codicilo.
Este personaje que llenó buena parte de la historia europea en el tránsito de la Edad Media a la Moderna por ser promotora y animadora de la obra más grande, después de la Creación realizada por un ser humano, cual fue el Descubrimiento, conquista y evangelización de América, es desde luego una figura indiscutible para bien de muchos o mal de otros menos.
El acontecimiento de la efeméride mortuoria suscita interés en distintas ciudades españolas, algunas asociaciones o iniciativas privadas, y desgraciadamente menos en instituciones públicas o políticas. Desde hace treinta años aproximadamente, un reducido grupo de medinenses, los «Caballeros de la Hispanidad», con gran ilusión, esfuerzo y tenacidad, hasta el punto que a veces lucharon contra el poder establecido, han reivindicando para Medina estudios, exposiciones, ediciones de libros, peticiones en suma, el lugar que en esta inmediata efeméride corresponde a la Villa donde la Reina quiso morir; y se reconozca públicamente el sitio exacto donde se produjo el óbito real, ¬el palacio de la Plaza Mayor y no en el Castillo de la Mota, donde todavía hoy, algunos historiadores siguen citándolo erróneamente¬, la restauración como se merece del lugar, como «sitio histórico» la denominación internacional de Medina con el título de «Plaza Mayor de la Hispanidad», la declaración del perímetro histórico que ocuparon las casas reales o Palacio Testamentario, algo en fin que una «guerrilla romántica» de medinenses han reivindicado desde hace años y es como clamar en el desierto. Se han creado comisiones institucionales y la dura realidad no hay mejor cosa que crear comisiones para que las iniciativas no se desarrollen y mueran de inanición. Solamente se salva la Comisión del Arzobispado de Valladolid, sacando a la luz diversas publicaciones, cuyo principal motivo es reavivar su proyecto de beatificación, ralentizado, cuando no parado desde tiempo por diversas causas.
Isabel de Castilla, reina consorte de Fernando de Aragón, «Tanto Monta»; los versos: «flores de Aragón / en Castilla son...», reconquistó Granada y concluyó la unificación de España, hasta entonces diseminada en reinecitos de taifas. Aquella reina, que apenas superó los cincuenta años, consumió un cuarto de vida en guerrear contra los infieles y casi otro tanto en la empresa descubridora del Nuevo Mundo, como documentalmente está demostrado, que el almirante Colón fue recibido en Medina en varias ocasiones para tratar de los viajes del genovés a la tierra recién descubierta y por descubrir.
Posiblemente hay dos ciudades predilectas de la Reina Isabel: Granada y Medina. La ciudad andaluza fue un anhelo, pues quiso hacer de ella la primera capital estable de su incipiente e itinerante hasta entonces Corte. En Medina, se decía quería dejar las cosas importantes, para mejor estudio de su Villa predilecta, donde quiso morir y ser enterrada en Granada. Por desgracia e imponderables históricos de la recién estrenada Edad Moderna, la obligaron a andar caminos para la administración de sus reinos y las tierras de España. En Granada pasó largas temporadas, como también lo hizo en Medina en sus años postreros. Allí sufrió la muerte de su único heredero varón, y de Granada salieron sus hijas futuras reinas de Portugal e Inglaterra, dejando en su testamento bien claro dónde quería que le hicieran sus honras fúnebres, en la Colegiata de Medina, y que sus restos reposaran para siempre en la Capilla Real de Granada, como túmulo funerario regio de su hijo y su esposo. Se ha dicho que estamos más ligados al lugar de la muerte que al nacimiento. Isabel de Trastámara no eligió nacer en Madrigal, pero testó y murió en Medina, ser enterrada y descansar para siempre en Granada. La unión pues entre Medina y Granada es evidente. En Medina se dictaban leyes y se abastecía a los ejércitos para la conquista de Granada entre 1482-1492. Santa Fe se debe al empeño de Isabel con su campamento militar.
A poco más de un año de la conmemoración de los 500 años de su muerte, apenas se ha hecho nada más que constituir comisiones fatuas sin la menor determinación ejecutiva para revindicar inversiones, rehabilitar y restaurar el Palacio Testamentario de Medina, programar actividades culturales e históricas relacionadas con el V Centenario, exposiciones, conferencias, publicación de trabajos, etcétera, que de seguir así todo podría quedar reducido a una misa el 26 de noviembre de 2004. Las instituciones municipales, autonómicas y nacionales están obligadas a revindicar para Medina del Campo el lugar que en la Historia le corresponde; y restaurar como se merece, lo que se considera ya como un santuario: el palacio donde murió la Reina. Ojalá nos equivoquemos y exista alguna idea oculta en marcha. ¿Ojalá!, pero tenemos la certeza de que no es así. Se volverá a perder de nuevo, el tren de la Historia.
De Isabel la Católica no está todo dicho. Su figura universal sigue levantando pasiones entre quienes apoyan su gran obra unificadora de la actual nación moderna que es España; reformadora y evangelizadora de América, con su empresa descubridora. Existen, debe decirse también, colectivos como los musulmanes, judíos y culturas precolombinas que no opinan lo mismo, ni están en el lado de las pasiones enfervorizadas, sino todo lo contrario. Por eso, porque todavía hay mucho que decir de quien dio forma al Estado español, aquí en Castilla y en Medina, tienen que ponerse en marcha muchas iniciativas con las que sumarse al acontecimiento que marcó el futuro de España y de América. De ahí que preguntemos: ¿Y Medina qué?









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