Intelectuñoles

Santiago Alba Rico Herria2000
Resumen
Las cosas útiles, buenas, bonitas, son las que están asentadas en una porción mayor de mundo. Por eso, lo sabemos, allí donde el "mundo" ha sido confiscado por intereses particulares, los libros muchas veces son inútiles y los automóviles peligrosos.

Eso es lo que pasa con los así llamados "intelectuales". Los intelectuales son -somos- medios de transporte; su posición en el mundo no está determinada por una favorable concentración de inteligencia individual sino por una privilegiada concentración de poder objetivo.
Hay al menos cuatro formas de utilizar el crédito de la información: se puede hacer de ella un uso privado y en favor de intereses particulares, como los empresarios, los financieros o los ladrones de guante blanco; se puede hacer un uso privado, dentro de un circuito de especialistas, en favor del interés público, como hacen los científicos; se puede hacer un uso público en favor de intereses privados, como los gobernantes y los políticos; y se puede, finalmente, hacer un uso público en favor del interés público. El intelectual emplea la autoridad recibida contra la fuente misma de esa autoridad, insobornablemente al margen de toda sujeción económica o política: ni se pliega a los poderosos ni -más decisivo- se dirige a ellos.
Ya no hay intelectuales y habrá que buscar otro nombre para el coraje, la honestidad, la independencia, la moral, la defensa de los valores democráticos, la voluntad de cambiar el mundo. O dejar el término "intelectual" para designar sólo la cobardía, la sumisión, la ambición mundana, la inteligencia a sueldo, el corporativismo, la carantoña al poder.
En el Estado español, modesta mónada de la UE, las cosas no son muy distintas, salvo porque aquí ni siquiera hay ajustes de cuentas entre "familias intelectuales". La "claudicación de los intelectuales europeos" de la que habla Chomsky con aspereza no tiene que ver con la venalidad o el vicio particulares sino, más bien, con la corrupción del "espacio público" al que la figura del intelectual debe su existencia. El "espacio público" ha estado siempre atravesado por relaciones de fuerza y líneas de tensión, resultado de la resistencia ejercida desde dentro contra las amenazas de monopolio cultural.
Hasta la década de los ochenta, el intelectual europeo recibía su poder en el interior de un espacio público desigual, plural, abierto, en el sentido más antagonístico o agonístico del término. Tenía un mundo bajo los pies. La cultura era un campo de batalla, como bien lo demuestra el hecho de que la CIA -según las revelaciones del excelente libro de Frances Stonor Saunders- invirtiese millones de dólares en una "guerra fría cultural" cuyo éxito dependía de que los intelectuales siguiesen pareciendo intelectuales; es decir, voluntarios de la inteligencia, partisanos de la independencia, voceros de la justicia y el inconformismo.

Hasta hace treinta años, el "intelectual" estaba dentro de un espacio público agonístico; hoy está fuera de un espacio público monopolístico. El "espacio público" ha sido secuestrado por el mercado, cuya dimensión espiritual, en el marco de los bienes intangibles, es el espectáculo. En él, el carácter social de la "autoridad" de los intelectuales deviene puro "fetichismo". El periódico, el libro, la televisión son sobre todo juguetes; la cultura un Parque Temático protegido por murallas chinas y misiles balísticos. Allí dentro, el "intelectual" tiene que proteger su autoridad y su prestigio en dura disputa, por arriba, con expertos, secretarios de Estado, dirigentes políticos, grandes empresarios, generales de la guardia civil, y -por abajo- con presentadores, imitadores, cantantes, famosos de la jet, actores y tertulianos. El "intelectual" tendría que renunciar a la autoridad y al prestigio para distinguirse de ellos; y para eso hace falta -como recordaba Brecht en los años 30- mucho valor. Pero por eso mismo no hay ya intelectuales.
Fuera del espacio público, por definición, no puede haber intelectuales; dentro ya no los hay porque el espacio público se ha convertido en un espacio cerrado de dependencia estructural. Fuera del espacio público, la honestidad, la independencia, la moral son inútiles; fuera del espacio público, la inteligencia se vuelve destructiva. La inteligencia que ve reducido su campo de aplicación, rechazados sus productos, ignorada su palabra, y busca sin encontrarla una rendija para acceder al mundo compartido e influir en él; la inteligencia voluntaria que no puede ser "intelectual" (es decir, pública), acaba casi inevitablemente por dar la razón al gobierno, que la trata ya como "criminal" o "terrorista".

Los "intelectuales" ayudan a poner la mordaza y las esposas. XXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXX
¿Por qué un "libro" está revestido a nuestros ojos de más autoridad que un manuscrito? ¿Por qué sucumbimos al prestigio de un "automóvil" y despreciamos en cambio nuestras piernas? Porque el libro y el automóvil, con independencia de lo que transporten, concentran -por así decirlo- más mundo (más dinero, más medios de producción, más energía); porque el libro y el automóvil han sido aprobados por el capital invertido en ellos, por las máquinas que los han objetivado, por decenas de decisiones en cadena y múltiples y minúsculos actos de voluntad e incluso -se diría- por los propios trabajadores de la imprenta o de la fábrica de la FIAT; porque el libro y el automóvil, en suma, tienen relación -y su existencia misma es esa relación- con más personas y más medios que el manuscrito, que es obra sólo mía, o que las piernas, con las que sólo puedo correr yo. Las cosas útiles, buenas, bonitas, son las que están asentadas en una porción mayor de mundo. En este sentido, la autoridad de la mercancía que Marx llama "fetichismo" procede sin duda de su carácter social, pero no es engañosa por esto; el problema es que el libro y el automóvil parece como si hubiesen sido aprobados por los trabajadores de la imprenta o los obreros de la FIAT cuando en realidad éstos les han transmitido su "autoridad" a la fuerza, sin voluntad ni satisfacción. Por eso, lo sabemos, allí donde el "mundo" ha sido confiscado por intereses particulares, los libros muchas veces son inútiles y los automóviles peligrosos.

Eso es lo que pasa con los así llamados "intelectuales". Los intelectuales son -somos- medios de transporte; su posición en el mundo no está determinada por una favorable concentración de inteligencia individual sino por una privilegiada concentración de poder objetivo. Antes de decir nada e independientemente de cómo lo digan, una combinación particular de capital económico y simbólico -por decirlo con Bourdieu- los sitúa en el mismo plano que a todos aquellos que tienen más información y más medios para utilizarla: políticos, empresarios, financieros, expertos, científicos, asesores del gobierno, grandes mafiosos, periodistas. En términos de autoridad recibida, apenas se distingue de ellos. Pero se distingue, naturalmente, de ellos. Hay al menos cuatro formas de utilizar el crédito de la información: se puede hacer de ella un uso privado y en favor de intereses particulares, como los empresarios, los financieros o los ladrones de guante blanco; se puede hacer un uso privado, dentro de un circuito de especialistas, en favor del interés público, como hacen los científicos; se puede hacer un uso público en favor de intereses privados, como los gobernantes y los políticos; y se puede, finalmente, hacer un uso público en favor del interés público. Es esto lo que define a los intelectuales y los define, por tanto, contra o extramuros de los otros tres grupos, con los que jamás puede confundirse. El intelectual emplea la autoridad recibida contra la fuente misma de esa autoridad, insobornablemente al margen de toda sujeción económica o política: ni se pliega a los poderosos ni -más decisivo- se dirige a ellos. Es, sí, un medio de transporte, pero un medio de transporte colectivo de periferia, un autobús público que sólo hace líneas irregulares, apartadas, incómodas, o una ambulancia de inteligencias voluntarias que va recogiendo a las víctimas de la injusticia y la opresión allí donde se producen.

Durante ochenta años, entre Zola y Sartre, así se ha definido el intelectual: como un poder insurgente en el espacio público que prestaba su voz a los que estaban fuera de él. Hoy ya no. Como miembro de la Alianza de Intelectuales Anti-Imperialistas me resigno a un título -tan desdichadamente erosionado como el de "periodista" o "político"- que me gustaría suprimir o redefinir por completo. Ya no hay intelectuales y habrá que buscar otro nombre para el coraje, la honestidad, la independencia, la moral, la defensa de los valores democráticos, la voluntad de cambiar el mundo. O dejar el término "intelectual" para designar sólo la cobardía, la sumisión, la ambición mundana, la inteligencia a sueldo, el corporativismo, la carantoña al poder.

El pasado mes de octubre Le Monde Diplomatique publicaba un artículo de título "Los nuevos reaccionarios", firmado por Maurice T. Maschino, que comenzaba así: "Situados antaño en primera línea para defender con coraje, contra los poderes y la opinión pública, causas desesperadas (asunto Callas, asunto Dreyfus, independencia de Argelia, paz en Vietnam, etc.), muchos de los intelectuales franceses -de Alain Finkielkraut a Jacques Julliard, de Philip Sollers a André Glucksmann, de Luc Ferry a Pascal Brucner y tantos otros- parecen alinearse hoy con las tesis dominantes más retrógradas y conservadoras". Al mismo tiempo, un libro de Daniel Lindenberg, "Llamada al orden", denunciaba la "deriva reaccionaria" de la intelectualidad francesa, suscitando una violenta polémica entre las víctimas del libelo y sus sostenedores. En el Estado español, modesta mónada de la UE, las cosas no son muy distintas, salvo porque aquí ni siquiera hay ajustes de cuentas entre "familias intelectuales".

Encerrados en un círculo encantado donde repiten y multiplican sus voces entre dos paredes, como en una parodia en cinemascope de los grupúsculos fanáticos de la militancia marginal de los que se burlan, ninguna acusación les sacude y ninguna interpelación les conmueve. Ninguno tiene nada que decir, por ejemplo, al libro de Alfonso Sastre, "Los intelectuales y la utopía", una de las poquísimas voces que sigue utilizando su "autoridad" para socavar los aparatos de confiscación del mundo y llevar en ambulancia un poco de inteligencia a la periferia del mercado.

En todo caso, ni Lindenberg ni Maschino plantean bien la cuestión. La "claudicación de los intelectuales europeos" de la que habla Chomsky con aspereza no tiene que ver con la venalidad o el vicio particulares sino, más bien, con la corrupción del "espacio público" al que la figura del intelectual debe su existencia. El "espacio público" ha estado siempre atravesado por relaciones de fuerza y líneas de tensión, resultado de la resistencia ejercida desde dentro contra las amenazas de monopolio cultural. Hasta la década de los ochenta, el intelectual europeo recibía su poder en el interior de un espacio público desigual, plural, abierto, en el sentido más antagonístico o agonístico del término. Era un espacio agujereado, lleno de plazas enfrentadas y no, como ahora, una sola plaza llena de alegres y abigarradas mercancías. Allí la voz del intelectual se oía no sólo porque tuviese garganta (y entrañas y sentido de la responsabilidad) sino porque tenía también medios para hacerse oír. Tenía un mundo bajo los pies. Robustos movimientos y partidos de izquierda alimentaban, a veces a su pesar, un pensamiento independiente; la Unión Soviética, que se pudría por dentro, contrapesaba en el exterior el modelo "occidental"; en España el antifranquismo vehiculaba un proyecto internacionalista. Incluso el capitalismo, hasta la década de los ochenta, estaba interesado en explotar comercialmente la resistencia. La cultura era un campo de batalla, como bien lo demuestra el hecho de que la CIA -según las revelaciones del excelente libro de Frances Stonor Saunders- invirtiese millones de dólares en una "guerra fría cultural" cuyo éxito dependía de que los intelectuales siguiesen pareciendo intelectuales; es decir, voluntarios de la inteligencia, partisanos de la independencia, voceros de la justicia y el inconformismo.

Hasta hace treinta años, el "intelectual" estaba dentro de un espacio público agonístico; hoy está fuera de un espacio público monopolístico. Esa es la gran tragedia política del nuevo milenio: en nuestros días, la honestidad, la independencia, la moral sólo están fuera. Ni siquiera hace falta ya la CIA para expulsarlas. El "espacio público" ha sido secuestrado por el mercado, cuya dimensión espiritual, en el marco de los bienes intangibles, es el espectáculo. En él, el carácter social de la "autoridad" de los intelectuales deviene puro "fetichismo". El postmodernismo, como ideología dominante de las relaciones de mercado, ha querido "liberar" la cultura de la política sin devolverla al monasterio (a los "cenáculos de alta espiritualidad" de Benda), aquilatando así la figura de este nuevo intelectual inscrito en un espacio público que no es ya el de la política sino el del comercio. El periódico, el libro, la televisión son sobre todo juguetes; la cultura un Parque Temático protegido por murallas chinas y misiles balísticos. Allí dentro, la sumisión del "intelectual" es tan completamente independiente de toda constricción externa, se ciñe tan ajustadamente a su voluntad subjetiva de bienestar que puede creerse "solo" y audaz cuando dice lo mismo que repite todo el mundo y cuando lo dice, además, con un ejército -de medios, de subvenciones y de soldados- cubriéndole las espaldas. Allí dentro, el "intelectual" tiene que proteger su autoridad y su prestigio en dura disputa, por arriba, con expertos, secretarios de Estado, dirigentes políticos, grandes empresarios, generales de la guardia civil, y -por abajo- con presentadores, imitadores, cantantes, famosos de la jet, actores y tertulianos. La autoridad y el prestigio están, aquí dentro, condicionados a la permanencia en el horizonte riquísimo del encefalograma plano, del mantel ideológico pintado con rayas de colores, donde el intelectual, pues, no se distingue del general de la guardia civil ni del humorista saburroso salvo porque dice lo mismo vestido de otra forma y utilizando más adjetivos. El "intelectual" tendría que renunciar a la autoridad y al prestigio para distinguirse de ellos; y para eso hace falta -como recordaba Brecht en los años 30- mucho valor. Pero por eso mismo no hay ya intelectuales. Fuera del espacio público, por definición, no puede haber intelectuales; dentro ya no los hay porque el espacio público se ha convertido en un espacio cerrado de dependencia estructural. No podemos medir, quizás, todas las temibles consecuencias de este cambio. Fuera del espacio público, la honestidad, la independencia, la moral son inútiles; fuera del espacio público, la inteligencia se vuelve destructiva. El hombre bueno que ve reducido su salario, semidesnudo a su hijo, enferma a su mujer, y agota todas sus energías en buscar algunas migajas para acabar la jornada, seguirá siendo bueno -y aceptando los decretos del gobierno- porque aún puede fumarse un cigarrito jugando al mus en un café. La inteligencia que ve reducido su campo de aplicación, rechazados sus productos, ignorada su palabra, y busca sin encontrarla una rendija para acceder al mundo compartido e influir en él; la inteligencia voluntaria que no puede ser "intelectual" (es decir, pública), acaba casi inevitablemente por dar la razón al gobierno, que la trata ya como "criminal" o "terrorista".

En uno de los momentos más angustiosos de la historia reciente, mientras la democracia retrocede en todos los rincones del planeta, los poderosos protegen con bombas de racimo sus mercados y los débiles son aplastados sin mucho desgaste de retórica, no podemos contar con los "intelectuales" del interior; no podemos contar con los "intelectuales". El "intelectual" nació con el "yo acuso" de Zola y ha muerto con el "yo consiento" de Savater, Juaristi, Albiac y compañía. El recinto del espectáculo está marcado por balizas políticas infranqueables, siempre decididas de antemano por el acuerdo espontáneo de gobiernos apócrifos y medios de comunicación propiedad de grandes grupos económicos. Defensores de la OTAN, jaleadores de bombardeos, sostenedores de los crímenes de Israel, mudos ante los atropellos contra el Derecho, los "intelectuales" no se distinguen en nada ya de los gobernantes, los financieros, los asesores, los empresarios, los generales y los mafiosos. Periodistas de oro que manosean la democracia mientras piden la intervención del fiscal general del Estado contra un periódico; ex-abertzales convertidos al sionismo que encabezan manifestaciones a favor de Sharon y los fusilamientos de niños; ex-comunistas althusserianos que piden a gritos más bombas sobre Afganistán e Irak y reclaman el voto para el PP so pretexto de que "todo es nada" y la revolución "imposible"; brillantes ex-anarquistas volteados a los que no importa cuantos principios haya que violar con tal de acabar con el "demonio" y que - tan laicos como liberales- terminan por "coranizar" contra él la constitución española (sin entender que eso es precisamente "inconstitucional"). En Francia el límite insuperable es Israel; en España la "cuestión vasca". Aquí el sentido común no es sólo penalizado con el silencio, el desprecio y las represalias públicas; a veces también con la cárcel. Los "intelectuales" ayudan a poner la mordaza y las esposas. Si el subcomandante Marcos nos recuerda desde su rincón internacionalista de Chiapas el camino de la sensatez -una oportunidad a la palabra-, su propuesta ni siquiera es noticia para los que tienen el poder -y el deber imperativo- de la información en el Estado. Esa es la lógica: los que sólo quieran hablar, ésos serán los silenciados.

Quizás tengan razón, quizás hay que defender la espontaneidad del mercado con bombas y dictaduras; quizás hay que atacar Irak y aceptar, al mismo tiempo, la muerte de cientos de miles de personas y la aniquilación del Derecho internacional; quizás hay que sacrificar a los palestinos y devolver el poder a los ricos en Venezuela; quizás hay que ayudar a ETA a provocar una guerra civil en el País Vasco y preferir la tortura y la prevaricación a la democracia y el diálogo. No digo que no. Pero digo que los que así hacen ya no pueden ser llamados "intelectuales", salvo por la misma razón por la que el Vaticano obliga a los cristianos a llamar "santos" por igual a Francisco de Asís y a Escribá de Balaguer. Llamémosles de otra forma: llamémosles "piruetistas" o "chisporretas" o "catarrinales" -o cualquier otro fonema, que según el principio de la arbitrariedad sausseariana, acabe por evocar en nosotros, a fuerza de roce, la relación entre la inteligencia, el servilismo y la vanidad. En el Estado español podemos llamarlos "españales" o "intelectuñoles", términos que contienen una red muy rica de asociaciones, entre la dependencia infantil y el patriotismo benemérito.

"Todos somos responsables" se utiliza habitualmente para amortiguar u ocultar la responsabilidad de los gobernantes y de los sigilosos vendavales que ellos encubren:

"Todos somos responsables de la contaminación", "todos somos responsables del hambre", "todos somos responsables de la pobreza". Es muy importante, me parece, recuperar el concepto de "responsabilidad" en un mundo en el que, por encima del cuchillo y la goma-2, países enteros se hunden, con sus niños, sus casas y sus riquezas, en el silencio impersonal de la naturaleza. "Todos somos responsables" es una afirmación cierta y valiosa, a condición de añadir inmediatamente: no todos en el mismo grado ni de la misma manera. Los que tienen más información y más medios (es decir, más poder), los políticos, los gobernantes, los empresarios, los financieros, los expertos, los mafiosos, tienen mucha más responsabilidad en general que los indígenas de Guatemala o incluso que los "indígenas" de Vallecas. También, como nos recuerda Chomsky una y otra vez, los intelectuales claudicantes que han traicionado su compromiso con la verdad y la justicia -y con los propios "indígenas" europeos desprovistos de voz- porque no tienen el suficiente valor para renunciar a una autoridad fetichista y fraudulenta y a un prestigio tan contaminante como el chapapote de Galicia.