La futura revolución rural
EMILIO RUIZ/Economista El Norte de CastillaContrario a que se fijen precios y se den subvenciones, el articulista reclama para el campo proyectos que le conecten con el progreso, y lamenta que la Junta que no ceje «en lo que cree que es su misión: prolongar la muerte por asfixia del medio rural».
HAY presunciones que no se entienden bien del todo. Por ejemplo, argumentar que si se modifica la PAC irremisiblemente la población rural tenderá a desaparecer. Ante todo deberíamos admitir que se trata de una discusión vana. El descenso de la población rural, se entiende del secano mesetario, es algo que ocurre desde hace, por lo menos, medio siglo. Si bien en los últimos decenios, debido a la industrialización de España, se ha visto acentuado. Pero después de todo el resultado no ha sido debido al azar, a la casualidad, sino al haber seguido casi a pie juntillas el modelo de W.W. Rostow.
Todo esto nos lleva al renacimiento de la cultura, a la toma de conciencia del nuevo poder de la información, sin menoscabo del propio orgullo, más allá de cualquier convención para seguir ocupando el lugar que merece la nueva agricultura. Nunca debemos olvidar que tanto el éxodo y la despoblación rural se deben al hecho de que la información como las oportunidades, los conocimientos, los puestos de trabajo, estaban en las ciudades. Ahora y como consecuencia del nuevo acceso a la información las oportunidades se establecen para todos por igual, tanto para los que residen en las ciudades o en los medios rurales. Esto es lo que deberían tener muy en cuenta los responsables del gobierno regional. A estas alturas este cambio de signo cultural supone el establecimiento de una nueva planificación territorial. Se trata de planificar las relaciones que pueden existir entre la ciudad y el espacio rural. Nada debería oponerse al nuevo acceso a la información individual y no simplemente de la Administración. Esta nueva posibilidad, bien aprovechada, puede ser el cauce, el impulso, para la ocupación tanto como para hacer posible la permanencia de la población en las zonas rurales. La nueva vida rural tiene que fundamentarse en ocupaciones no ligadas a la agricultura.
No creo que sea aceptable, a estas alturas, defender casi una autosuficiencia alimenticia, poniendo como excusa el aumento del éxodo rural si disminuyen los fondos europeos. Las recientes polémicas alrededor de la Organización Mundial del Comercio no siempre están justificadas. ¿Acaso nosotros estamos obligados a cultivar trigo y otros cereales en tierras intramarginales con grave e irreparable daño del medio ambiente? La OMC permite el acceso al comercio internacional o, lo que es lo mismo, importar trigo si fuera necesario de otros países a precios competitivos. Afortunadamente la heterogeneidad espacial, entre otras opciones, puede permitir la sostenibilidad en el uso de los recursos naturales. Ahora después de años y años de fertilizantes, debido a la retirada, en parte, de las nocivas subvenciones a la producción, podría haber incluso un cierto renacimiento del suelo y del regreso de insectos y de pájaros, erradicados de sus paraísos naturales por el excesivo uso de pesticidas. El uso de los transgénicos, la agricultura de calidad, los productos con denominación de origen, del simple terruño que les ha servido de cuna, puede tener más proyección futura que la simple agricultura subvencionada.
España ha sido un país de larga tradición rural, proclive en todo momento a la ocupación del espacio sin otro tipo de actividades que la agricultura y la ganadería extensiva. Los servicios, como es fácil imaginar, apenas si tenían más importancia que el de la intermediación entre compradores y vendedores en las ferias y mercados de plaza mayor. En los años sesenta España era un país en vías de desarrollo. Las dos Castillas más Aragón en los planes de desarrollo tan solo recibieron micro-inversiones. La capitalización tampoco se cifró en grandes sumas. Las plantas industriales fueron a parar a las ciudades, dando lugar a los consabidos cinturones rojos. En la actualidad, China, por ejemplo, localiza las plantas industriales en los espacios rurales y de rechazo evita que la población emigre a las grandes ciudades. Ahora todo esto en España es inviable, pero se puede hacer algo más que pedir ayudas a Bruselas o intentar modificar la política del señor Fischler. Pienso que el camino que hay que seguir y alentar es el que ha emprendido ASAJA con la eléctrica Iberdrola: conseguir el acceso a Internet por banda ancha a los agricultores y ganaderos que lo deseen. Sin embargo, el presidente del Gobierno regional no ceja en lo que él cree que es su misión: prolongar la muerte por asfixia del medio rural castellano-leones.
Estamos asistiendo al cambio más importante que se produce en estos momentos en el mundo. La nueva disponibilidad de información, individualizada e interactiva, supone que cualquier persona, esté donde esté, se pueda comunicar con el mundo e intercambiar bienes intangibles o no con mercados hasta ahora de alcance insospechado.
Bien, con estos elementos a nuestro alcance, se puede producir lo que algunos expertos han llamado la «revolución rural» en términos técnicos. Lo más alejada de una revolución, como la que estamos protagonizando ahora, a través de una fijación de precios y subvenciones. No obstante, tal y como van las cosas, sin ser pesimista del todo, el futuro de la humanidad tiende a perfilarse en las ciudades. Para saber a donde vamos contemos ante todo con el poder decisional de las mismas.









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