La ONU, entre la guerra y la paz
Xavier Batalla La Historia en juego
El embajador de Estados Unidos en la ONU en la década de 1950, Henry Cabot Lodge, afirmó que el organismo fue creado para evitar que fuéramos al infierno. Con la crisis iraquí, la ONU está entre la guerra y la paz, entre el ser y el no ser
La Vanguardia - 16/03/2003
Hubo un tiempo en que los estadounidenses tuvieron una debilidad especial por la Organización de las Naciones Unidas (ONU), entre otras cosas porque la consideraron como una hija. El máximo organismo internacional no sólo nació en suelo estadounidense (San Francisco, 1945), sino que fue impulsado por el presidente Franklin D. Roosevelt, quien a su vez resucitó las ideas del presidente Woodrow Wilson, inspirador de la Liga de Naciones. El magnate Rockefeller donó el terreno sobre el East River, donde operaba el matadero de Nueva York, para levantar el rascacielos de la ONU. Y Henry Cabot Lodge, embajador estadounidense ante la ONU en la década de 1950, sentenció que el máximo organismo internacional fue creado para evitar que fuéramos al infierno, no para que nos llevara al cielo.
La comprensión estadounidense se ha convertido ahora en abierta hostilidad. Retírese, señor presidente, del Consejo de Seguridad. No sólo no autorizará la guerra que viene, sino que si usted se convirtiera al islam en una mezquita de París, Francia tampoco levantaría su veto, ha escrito Charles Krauthammer, uno de los analistas neoconservadores que inspiran a la Administración de George W. Bush.
La ONU nunca ha tenido una vida fácil. Las crisis, desde la guerra de Corea (1950-53) hasta el conflicto de Kosovo (1999), han jalonado su trayectoria y, gradualmente, han enfriado el entusiasmo estadounidense. El final de la guerra fría dio nuevos bríos a la ONU, que en la guerra del Golfo (1991) recuperó el consenso perdido, no en balde, por primera vez, soviéticos y estadounidenses se alistaron en el mismo bando. Pero el segundo conflicto iraquí ha vuelto a resucitar el disenso. La ONU no es una buena idea puesta en práctica de mala manera: es una mala idea, ha tronado esta semana el derechista George F. Will.
A dos presidentes estadounidenses les pareció que era una buena idea crear un nuevo orden multilateralmente. El primer intento fue la Liga de Naciones, inspirada por Woodrow Wilson después de la Primera Guerra Mundial. El proyecto fue ambicioso, aunque el organismo nació sin poder de coerción, entre otras cosas porque los aislacionistas republicanos se opusieron al ingreso de Washington. El idealismo de Wilson fracasó, pero los aislacionistas le pusieron la zancadilla.
El ideal de Wilson
El ideal de Wilson, sin embargo, no cayó en saco roto. La ONU nació como ágora de la coalición vencedora en la Segunda Guerra Mundial, con una cincuentena de países, y sus objetivos no fueron menos ambiciosos: eliminar las causas de la guerra, la tiranía y la injusticia.
Tal como fue concebida, la ONU tenía que basarse en la solidaridad de intereses y en el liderazgo consensuado de las grandes potencias. La composición del Consejo de Seguridad, máximo órgano de poder de la institución, así lo sentenció. Pero la guerra fría arruinó el consenso. Un momento crucial fue la guerra de Corea, cuando la ONU se transformó en un paraguas para Estados Unidos. El Consejo de Seguridad aprobó la resolución necesaria en ausencia del delegado soviético.
La guerra fría enterró aquellos ideales que presentaron a la ONU como el símbolo de la inalcanzable salud moral del mundo. Estos primeros años tuvieron como secretario general al noruego Trygve Lie (1946-52), quien terminó arrojando la toalla, presionado por estadounidenses y soviéticos, en plena guerra de Corea. Y entre 1946 y 1965, el derecho de veto fue una exclusiva de la Unión Soviética.
La ONU creció en los años cincuenta y sesenta, cuando el proceso de descolonización multiplicó el número de países miembros. La entrada de más de cien naciones, la mayoría pequeñas y pobres, caracterizó la crisis de crecimiento de la organización, de la que comenzó a distanciarse la diplomacia estadounidense, a menudo incómoda con la fórmula de un país, un voto.
En los años sesenta, Estados Unidos tomó el relevo de la Unión Soviética como gran vetador, especialmente en las resoluciones sobre Israel y Oriente Medio. Fueron los años del sueco Dag Hammarskjold (1953-61) y del birmano U Thant (1961-71). Hammarskjold terminó siendo víctima del conflicto colonial de Congo, donde murió en un accidente de aviación cuando viajaba en misión oficial. Y el mandato de U Thant pasó a la historia marcado por su impotencia ante la escalada estadounidense en Vietnam.
El final de la guerra fría
La tensión con Estados Unidos se disparó en 1975, cuando la ONU aprobó una resolución en la que se declaraba que el sionismo es un racismo. El secretario general era entonces el austriaco Kurt Waldheim (1972-81), cuya implicación con el nazismo, desvelada posteriormente, fue utilizada para explicar una presunta conspiración contra Israel por parte de la ONU, quien, para colmo, había dispensado el trato de país miembro a la Organización para la Liberación de Palestina.
El final de la guerra fría, con la desaparición de la Unión Soviética, eliminó aparentemente las causas del disenso en el Consejo de Seguridad. La prueba pudo ser la guerra del Golfo de 1991, en la que la ONU no fue un actor en la crisis pero sí la instancia legitimizadora de la guerra desencadenada por Estados Unidos, como cabeza de una coalición internacional, contra Iraq, que antes había violado el derecho internacional con la invasión de Kuwait. Pero el disenso ha vuelto ahora al Consejo de Seguridad, en el que la Unión Europea, dividida ante las prisas belicistas de la Administración Bush, se sienta en cuatro sillones: Francia, Gran Bretaña, España y Alemania. Estados Unidos, que juega con la carta de los gobiernos británico y español, tira por un lado; Alemania, Francia, China y Rusia se resisten por el otro.
¿Quiere decir esto que la criatura idealizada se ha convertido en un monstruo irrelevante, como advierte la Administración Bush, o es Washington, con su presión para que sus planes sobre Iraq sean secundados, quien está haciendo que el Consejo de Seguridad sea inoperante? Washington y sus aliados, por una parte, y quienes se resisten a una segunda resolución que autorice la guerra, por otro, afirman que están actuando en beneficio de los intereses de la ONU. Los dirigentes de Estados Unidos, Gran Bretaña y España, por ejemplo, afirman que la ONU debe actuar si no quiere ser irrelevante. Puede que sea así, pero resulta inevitable que sus palabras, a oídos de sus oponentes, suenen a advertencia: la ONU no sirve si no hace lo que se le pide.
En el debate no sólo está en juego Iraq, sino también el futuro de la ONU. El Consejo de Seguridad fue contemplado por los fundadores como un directorio mundial en el que las potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial (Estados Unidos, Unión Soviética, Gran Bretaña, Francia y China) ejercieran un liderazgo consensuado sobre la sociedad internacional. Con este objetivo, los cinco grandes se autoconcedieron el estatuto de miembros permanentes del Consejo de Seguridad y el derecho a vetar las resoluciones con las que estuvieran disconformes. Ahora, sin embargo, por las estancias de la Casa Blanca no circulan las mismas ideas que conformaron el pensamiento de Wilson y Roosevelt.
¿Qué pretende la Administración Bush ahora, cuando Estados Unidos es la hiperpotencia? ¿Cambiar el sistema de relaciones internacionales heredado? Los asesores de Bush pertenecen a la escuela neoconservadora, amén de la ultraderecha cristiana. Los realistas no faltan, como Colin Powell, secretario de Estado que en la crisis iraquí ha apostado por actuar multilateralmente, en el marco de la ONU. También hay conservadores, como Dick Cheney o Donald Rumsfeld, los dos con experiencia de mando por haber pertenecido a las administraciones de Reagan y Bush padre. Y otros, como Condoleezza Rice, pretenden ser el fiel de la balanza. Pero el 11 de septiembre ha aumentado la influencia de los sectores religiosos y neoconservadores, cuya visión del mundo parece coincidir con la de los británicos cuando en el siglo XIX proponían la expansión del imperio para mantener la paz en el mundo y civilizarlo.
El Consejo de Seguridad es el encargado de mantener la paz y la seguridad internacional. Pero el Consejo de Seguridad es una prueba de que el tiempo no ha pasado en balde. El Consejo de Seguridad sigue reflejando el mundo de después de la Segunda Guerra Mundial. Y el veto es un instrumento antidemocrático. Pero no hay que darle muchas más vueltas: la legalidad internacional sigue residiendo en las decisiones del Consejo de Seguridad, aunque su composición esté desfasada y sus miembros permanentes ejerzan su derecho de veto. La prueba de esto son los enormes esfuerzos del primer ministro británico, Tony Blair, para que una eventual guerra contra Iraq no se libre sin la ONU.
Por un puñado de votos
La Administración Bush ve la cuestión de otra manera: considera que si logra los nueve votos necesarios para aprobar una segunda resolución que incluya un ultimátum a Saddam Hussein, habrá conseguido una victoria moral, pese a que Francia y Rusia la veten. Es una lectura posible, pero si la resolución es vetada, no será una resolución, y la guerra, si se desencadena sin la ONU, será ilegal. En caso de verse obligada a retirar la segunda resolución, habida cuenta del veto anunciado por Francia y Rusia, la Administración Bush y sus aliados mantienen que la resolución 1441 ya proporciona una base legal suficiente para lanzar el ataque. Tampoco esto está claro. La 1441, aprobada por unanimidad, no autoriza de forma inequívoca el uso de la fuerza.
De cómo se resuelva la crisis dependerá, pues, la suerte de Iraq y del Consejo de Seguridad, sobre el que Washington comienza a proyectar la necesidad de la reforma, incluida la cuestión del veto. Pero los reformistas tendrán que resolver dos problemas difíciles. Primero, qué países deben entrar para que el órgano sea reflejo de la nueva escena internacional. ¿Japón y Alemania, que son la segunda y tercera economías del mundo? ¿Brasil, que es la primera economía latinoamericana? ¿India, que es el segundo país más poblado del mundo? Y, segundo, pero aún más importante, tanto los miembros actuales del Consejo de Seguridad como los nuevos seguirán preguntándose cómo, con veto o sin veto, podrán evitar que un socio como Estados Unidos, único y desproporcionadamente poderoso, obligue al máximo organismo a secundar sus planes.
La situación resulta ahora chocante. La ONU, después de todo, también ha servido desde su fundación para legitimar el poder estadounidense, pero Bush ha dicho ahora: No necesitamos el permiso de nadie. Y Colin Powell ha argumentado ante el Senado que políticamente sería menos grave ir a la guerra sin la ONU que después de haber perdido una votación que pretendiera autorizar el ataque. El máximo organismo, pues, se perfila como una víctima colateral del conflicto. Pero el mismo Powell ha admitido en privado su preocupación, según The New York Times, por el hecho de que actuar sin el apoyo del Consejo de Seguridad conduzca a la acusación de que Estados Unidos ha violado la Carta de las Naciones Unidas que hace cincuenta años ayudó a redactar con entusiasmo.









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