Construir es destruir

JOSÉ ANTONIO SALVADOR POLO/Urbanista El Norte de Castilla6-4-2003DE las obras de arquitectura e ingeniería solo vemos el esplendor de lo construido. Detrás, oculto a la mirada, quedan el destrozo en el paisaje que dejan las graveras para extraer áridos y las minas para la fabricación de cementos o materiales cerámicos; las canteras a cielo abierto para sacar la hermosa piedra que recubre nuestros edificios o los miles de metros cúbicos de tierras que hay que remover para conseguir unos kilos de acero o aluminio.

Toda esa desolación que genera la construcción en el paisaje es irreparable en la mayor parte de los casos. A ello debemos añadir la cantidad de escombros que se generan con la renovación de la ciudad, los cuales acaban en inmensas escombreras o vertederos fuera de la vista de los urbanitas, bajo la alfombra extendida en el patio trasero del extrarradio. Para construir el poco orden que representa un edificio en la ciudad ocasionamos un desorden amplificado en nuestro entorno. Y la afección sobre el paisaje se intensifica cuando hablamos de obras de ingeniería.

Esto es un problema que afecta especialmente a los países desarrollados en donde el proceso productivo se acelera de día en día, consumiendo un recurso no renovable como es el paisaje, al cual tratamos como algo insustancial e inagotable. Se estima que el consumo de recursos no renovables para la construcción en estos países supone más del 85% de todos los que se utilizan en la industria en general. Los residuos urbanos domésticos son una minucia comparados con los que genera la construcción.

Y es curioso que a los consumidores se nos exija la separación de estos residuos para su tratamiento y, sin embargo, a la industria de la construcción no se le reclame el mismo esfuerzo en separar los restos que origina, los cuales suponen un volumen mucho más importante.

Tierras, escombros cerámicos y de hormigón, yesos, plásticos, papeles, madera de encofrado y un largo etcétera son materiales de deshecho, inertes, y por lo tanto no peligrosos, pero el volumen que suponen es tan importante que la afección sobre el paisaje resulta alarmante.

Hay un objetivo que supongo que tardaremos mucho en conseguir pero que debe de guiar cada vez más intensamente los procesos productivos en los países que se enorgullecen de ser civilizados: producir con el mínimo uso de materias primas y energía, y con resultados de residuos cero. En alguna medida hablamos de aumento de la productividad, ya que en muchos casos economía y ecología caminan juntas de la mano.

Desde el proyecto a la construcción, todo un nuevo espíritu debe guiar el proceso de creación de edificios y obras de ingeniería. Esto supone proyectar para evitar el despilfarro inútil y el empleo masivo de materiales. Porque estamos construyendo un paisaje urbano a costa de destruir masivamente el paisaje natural.

Las decisiones y actuaciones políticas tienen mucha importancia. Es fundamental crear el centro de recogida, selección y tratamiento de residuos de la construcción en donde, a semejanza de los existentes para tratamiento de los residuos urbanos, se transformen escombros en áridos para su posterior empleo, se haga acopio de tierras sobrantes que otras obras puedan necesitar, de material de derribo que pueda ser utilizado, en fin, un centro donde se recicle y reutilicen todos los restos de obras para evitar la existencia de vertederos y escombreras, y reducir en lo posible la apertura de graveras, minas o canteras que tanto daño hacen en el paisaje. Pero para que esto funcione correctamente toda obra debiera disponer de un plan de residuos en donde se planificase la selección, la recogida y la reutilización posible en la propia obra.

El sistema impositivo debe cada vez más inmiscuirse en las actividades productivas con un criterio medioambiental, de modo que penalice toda actividad que deteriore el paisaje o el consumo masivo de materias primas y energía, y por el contrario subvencione con dichos impuestos las actividades más respetuosas con el medio ambiente. Un impuesto ecológico que, por ejemplo, penalice el empleo de áridos de graveras, y con él subvencione los áridos obtenidos con los escombros de la edificación.

Esto no es ni más ni menos que implantar lo que muchos economistas y ecologistas reclaman desde hace tiempo: un sistema contable que asuma los costes externos que las actividades productivas provocan con la destrucción y consumo de un valioso patrimonio: el paisaje.