EL ENEMIGO NO ESTABA EN IRAK SINO EN UN VECINO PAIS AMIGO
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La encuesta publicada por EL MUNDO el pasado domingo reflejaba que la mayoría de los ciudadanos de 40 países pensaba que el mundo era un lugar más inseguro después de la guerra de Irak. Los hechos les están dando la razón a ellos y no a Bush. Anteayer decenas de personas murieron en tres atentados suicidas en Riad, horas antes de la llegada de Colin Powell a la capital saudí.
Los autores de esta masacre pertenecen a la misma organización que derribó las Torres Gemelas, que destruyó las embajadas de EEUU en Kenia y Tanzania, que atentó contra el buque US Cole y que voló la discoteca de Bali: Al Qaeda. No hay esta vez ni la menor duda de a quién atribuir este acto de barbarie que supone un desafío en toda regla a EEUU, el mayor desde los atentados del 11-S.
Bush y los aliados justificaron, entre otras razones, el ataque preventivo contra Sadam por unos nunca demostrados vínculos del régimen de Bagdad con Al Qaeda, que no era precisamente una organización que simpatizase con el laicismo del Baaz iraquí.
Pero la guerra de Irak no sólo no ha servido para debilitar a Al Qaeda sino que justamente ha producido el efecto contrario: fortalecer a esta organización terrorista, que ha ganado adeptos en el mundo musulmán tras la ofensiva de EEUU contra un tigre de papel llamado Sadam.
Los atentados de ayer demuestran que Bagdad no era la gran amenaza que decía Bush y que los verdaderos enemigos de EEUU se encuentran en otros países mucho más próximos políticamente a Washington.Esos países son Pakistán y Arabia Saudí, dos reductos del integrismo islámico que han financiado y exportado la Yihad o guerra santa por todo el orbe musulmán.
15 de los 19 miembros de Al Qaeda que atentaron contra las Torres Gemelas eran saudíes como Bin Laden. La Universidad de Medina ha sido escuela de los intelectuales islámicos que predican la destrucción de EEUU. Y gran parte del pueblo saudí ha vivido como una humillación la presencia desde 1990 de soldados estadounidenses en su territorio y, recientemente, la invasión de Irak por las fuerzas aliadas.
EEUU anunció hace pocos días la retirada de todas sus tropas de Arabia Saudí, pero ello no ha servido para paliar el profundo sentimiento antioccidental en un país -primer exportador mundial de petróleo- cuyos complejos equilibrios de poder están a punto de saltar por los aires.
Los atentados de Riad demuestran que Al Qaeda mantiene una enorme capacidad de hacer daño, una amenaza oculta que Bush debe combatir invirtiendo más en inteligencia y cooperación política en vez de enviar su imponente Ejército en pos de laureles propagandísticos.










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