La Fiesta

MIGUEL ÁNGEL GONZÁLEZ MANJARRÉS El Norte de Castilla

YA tenemos dicho que en España el día de fiesta ha que ser, para ser algo, día de festejo religioso, la conmemoración de la muerte de un santo o la celebración del parto inmaculado de una virgen. En torno al patrón se montan después las actividades del lugar, las cofradías, las peñas, los bailes, los toros y alguna que otra exposición de manualidades que a lo largo del año han ido confeccionando las amas de casa. En los sitios de mayor abolengo y ranciedad se tira últimamente por el cordón de la historia -que en la práctica ha quedado reducida a ser abastecedora de saltimbanquis, actorzuelos y tamborradas-, y así nos representan batallitas en vivo o mercados medievales con mucha hierba olorosa, quesos carísimos y bobeces sin tiento. Todo ello, en definitiva, va forjando la síntesis de nuestras almas y, a fuerza de repetirlo año tras año, lo hemos convertido en cosa esencial, indispensable, insustituible. La fiesta cívica, que tiene también su parafernalia de ridiculez, aún provoca alergias en nuestra patria, de forma que en el día de la Constitución, por ejemplo, en mi pueblo se trabaja por las mañanas, pues que falta la decencia festiva de la misa y la procesión. Menos mal, de todos modos, que la Constitución se junta con la Virgen de diciembre -ayuntamiento fetén de lo sacro y lo profano-, lo que sin duda nos hace pasar el mal trago con menor incomodidad.

El estertor del verano es pródigo en este asunto de las festividades advocadas, cuando el padre de familia se embute en trajes con chaleco, las madres se compran vestidos de noche y los jóvenes dejan solemnemente los trapos de la tribu para ponerse bien arregladitos y rendir culto al patrón. De tal guisa acuden todos a la misa mayor, que suele hacerse tras un sonado volteo de campanas y tirada de cohetes, y disputan luego con gravedad y caras serias por colocar sobre su humilde hombro el anda de una imagen, a menudo de escaso valor escultórico. En muchos sitios se organiza una manifestación de júbilo por las calles, que suele hacerse acto a través de bailes regionales y mucha jota al son de dulzaina y tamboril, mientras los voluntarios que cargan con el santo se quedan ya en mangas de camisa, encienden un cigarrillo en las paradas y tapan su mirada contenta con unas modernas gafas de sol. Tras la procesión, el refresco: el gobierno municipal da limonada, vino, bollos y pasteles a los vecinos y forasteros que se hayan arrimado al condumio, y allí en general todos mastican a raudales y casi siempre a dos carrillos, como si así pudiesen por fin matar el hambre de la dura jornada.

El espectáculo festivo, no obstante, no se completa si no hay toros, encierros, corridas, suelta de vacas, charlotadas. Un alcalde decía que los toros eran el alma de las fiestas, otro que las fiestas eran el alma del pueblo y otro, en fin, que los encierros antiquísimos de su villa venían a constituir su auténtica historia. Cualquier día se defiende una tesis doctoral que explique las esencias de nuestras poblaciones según los saludos que los alcaldes incluyen en los programas de las fiestas, o quizá echando mano de la vana retórica con que suelen dar principio a la juerga los ubicuos pregoneros. Los pueblos y las ciudades, en efecto, eligen a tipos de poco escrúpulo estético que, a cambio de dinero o por mero favor a sus paisanos, largan una perorata insufrible que se torna en pretenciosa pieza oratoria en cuanto el sujeto se siente tocado de mero refilón por la Musa. Tal costumbre de pregonar tonterías se ha convertido, como casi todo, en tradición, y así se contrata a locutores, cantantes, deportistas, periodistas, banqueros o políticos para que abran la semana de la vendimia, el día de la patata a la importancia o, ya en plan más religioso, las fiestas de Nuestra Señora de San Lorenzo. Así pues, quien desee ver el vientre de terrón y la pechera casposa de nuestra ciudad, pásese estos días de fiesta por sus calles decoradas de vino y tapas y atestadas de chotos con pañuelos al cuello.

Buen ambiente.