La cutrefacción de los tabernícolas

Antonio Casares Neologismos (o la cutrefacción de los tabernícolas)OTRA REALIDADEs difícil vivir donde no hay vida, entendiendo por ella, no la mera supervivencia vegetal o animal, que es la común, sino la vida entendida como ámbito propicio para el desarrollo de la inteligencia y de la sensibilidad, del arte y de la cultura, en vez de la grosería vestida de color de rosa (aquélla que despreciara Baudelaire) y el cultivo de la masa futbolera o taurófila, con todos sus derivados, para alejarla de los problemas que quedan sin resolver, enquistados, en una sociedad que fomenta la alineación individual o colectiva en razón inversamente proporcional a la sabiduría. Cuantos más tontos haya, más prosperan los que van de listos. No hablo de la vida mostrenca que nos ofrecen como modelo en esta sociedad darwiniana en la que importa más el codazo que la mano abierta, la zancadilla que el báculo para ayudar al que lo necesita y el tiro por la espalda -y no es una metáfora- más que el diálogo en torno a una mesa para poner los puntos sobre las íes, no sobre el punto de mira. Como dijo alguien muy bien dicho, “la verdadera vida está ausente...” Si se hubiera enseñado a la gente a dialogar (Hölderlin: nosotros somos diálogo) a su debido tiempo, en vez de fomentar sistemáticamente, con premeditada alevosía, su aborregamiento, o el adoctrinamiento clerical ungido de milenarismo telúrico e impregnado de entelequias, no tendría sentido lo que está sucediendo, que, con ser grave, no es más que el preámbulo de lo que va a suceder en un tiempo no muy lejano. Si se educa vigilando y castigando, se consigue que el vigilado y castigado busque la forma de eludir las normas y goce sádicamente con ello. ¿Puede haber mayor placer que el de infringir la ley que se considera injusta? El sadomasoquismo (la violencia engendra violencia) es, por ser una perversión didáctica, un mal camino pedagógico. El peor. Si, por no contrariarlo, en nombre de una democracia en la que no se cree, esgrimiendo la bandera de una tolerancia que a otros se les niega para lavar la mala conciencia dictatorial, se le dan a un niño todos los caprichos, actuará siempre caprichosamente y se creerá, aunque no los tenga, con todos los derechos para ello y exigirá, por las buenas o por las malas, con el argumento sofístico de que siempre se lo han dado, que se los den y, si no se hace, basándose en que las costumbres se hacen leyes, actuará violentamente pidiendo lo que no le corresponde. Este circunloquio ejemplar vale tanto para lo individual como para lo colectivo. Sólo hay que fijarse y, si no se está ciego, verlo.
Este país cuyo nombre ya nadie -ni los que le pusieron el nombre- pronuncia por si acaso, para el que sus dirigentes y políticos han escogido el camino unidireccional de lo que ellos entienden por modernidad y progreso, es el paradigma de lo cutre y, permítasenos el neologismo, de la cutrefacción. Encienda usted, por ejemplo, la tele y vaya de canal en canal, al albur del aburrimiento, perdido en el laberinto absurdo de la diversidad, y comprobará que no podrá detenerse en ninguno, pues la proliferación de programas de color rosa, simultáneamente en numerosas cadenas, le hará desistir de su empeño y quedarse dormido con el mando en la mano. Vea los telediarios y se dará cuenta de que todos repiten machaconamente las mismas noticias con parecido sesgo, mirando siempre hacia el mismo sitio. Derecha, ¡ar! Coja usted los periódicos y será testigo estupefacto del lavado de cerebro constante que éstos ejercitan, filtrando las noticias hasta hacerlas asépticas o dándoles el matiz que le interesa al gobierno que ellos sustentan ideológicamente. Oiga las tertulias radiofónicas y se quedará perplejo ante las sandeces que sueltan los filósofos de pacotilla que en ellas imperan, hablando siempre desde el púlpito del templo de la ortodoxia menéndezpelayista, pródigos en sabiduría cuartelera y nostálgica de los viejos tiempos, poniendo la voz engolada del vendido a quien mejor paga, porque, pese al dicho, Roma sí paga traidores. No deja de ser paradójico que los medios de comunicación sirvan para aislar y dejar incomunicados a los ciudadanos, como una tormenta de nieve negra, y para darles una información unidimensional propia del peor Marcuse.
Este país, de cuyo pasado es mejor no hablar, no tiene futuro porque, en este presente continuo de la estupidez y de la estulticia planificada, está agonizante, o mejor, muerto en vida. Vivimos (y morimos por ello) alejados de la cultura, adocenados, domesticados, sin una voz que se levante para protestar ante tanta incuria. Huele a podre por doquier: cutrefacción. Que los señores académicos dejen de tocarse la bimba y vayan anotando este neologismo porque, sin querer ser apocalípticos, estamos en un laberinto para el que no hay más hilo de Ariadna que, a la manera de Wittgenstein, abandonarlo todo y ponerse a cultivar cebollinos clonados y democráticos en una huertucha contaminada -física o psicológicamente- por los efectos del Prestige o de la guerra iraquí. Eso o suicidarse con vino peleón en cualquier taberna abarrotada de boronos y tarugos con apariencia de homínidos, mientras canta una jota castiza -cutrefacta- alguien que, receptor del abotargamiento secular transmitido de generación en generación, no sabe ni jota ni quiere ni puede saberla. No dejará de ser una muerte heroica, ejemplar, y digna: morir en una taberna en un país de tabernícolas, entre neologismo y neologismo, cantando, como es de rigor, Asturias, patria querida. El problema es que soy abstemio y acaso no me quede más camino que morirme de asco y de vergüenza. Ya lo hago, que nadie lo ponga en duda, y estas palabras -y otras que me dejo en el tintero para no alargar más esta agonía- son un testimonio fehaciente de ello.