Castilla arboricida

JOSÉ ANTONIO SALVADOR POLO/Urbanista LA CIUDAD IMAGINADAEl Norte de Castilla
EL título podía resumir lo que piensa mi amigo Emilio, ingeniero de montes. Emilio vino de otra región y los avatares de la vida le condujeron a esta tierra. Me comenta, entre asustado y enojado, el poco respeto, el desprecio incluso, que los castellanos tenemos por los árboles, de los que no sabemos valorar los inmensos beneficios que nos regalan. No es de extrañar al contemplar impotente cómo los árboles del parque que hay delante de su casa se mueren devorados por los hongos, los pulgones, la sequía y la falta de atenciones.

Constancio nació y vivió su infancia en el corazón de Tierra de Campos. Ahora es procurador. A veces recuerda con amarga nostalgia cómo entonces, por aquellas tierras, las carreteras estaban flanqueadas de árboles que invitaban a pasear; cómo los sotos de arroyos y riachuelos quedaban marcados en el paisaje, por las líneas de las alamedas que crecían en sus riberas; cómo era habitual encontrar algún árbol en las tierras de labranza o en las lindes que las separaban, ofreciendo sombra en los tórridos días de verano y paliando la aridez del paisaje. Pero las carreteras se ensancharon con los vehículos motorizados y se talaron los árboles. Y la concentración parcelaria terminó de eliminar el resto del arbolado que sobrevivió a la masiva deforestación de la meseta. ¿Qué distinto sería el Camino de Santiago a su paso por Tierra de Campos si nos acompañase la sombra de una arboleda?

Yiya era diplomática. Ahora está jubilada. Vivió en Washington mucho tiempo. Cuenta que allí existía una ordenanza que obligaba a plantar cinco árboles cuando se construía una casa unifamiliar. Y es conocido el precepto que aplican en muchos países, por el que se requiere permiso de la comunidad para cortar los árboles, aunque se encuentre en tu propia parcela. Y es que el árbol no se considera privativo de nadie, es parte del paisaje, que es de todos y de nadie, como el pájaro que se posa en nuestro jardín.

El aprecio a los árboles no es un problema de desarrollo económico. Es un problema cultural. En un viaje a Turquía pude contemplar los plátanos de calle más grandes que jamás haya visto. También me llamó poderosamente la atención que la carretera hiciera un quiebro para salvar un árbol y que algunas medianas estuvieran adornadas con cipreses, como en tiempos de los romanos.

Aquí, que presumimos de vivir inmersos en el progreso, no nos crea mala conciencia talar treinta o cuarenta árboles vetustos para hacer una simple pasarela, construir un aparcamiento subterráneo o ampliar una avenida. O cargarnos un pinar para hacer un parque tecnológico. ¿No hay en toda Castilla baldíos suficientes que se acude a un bosque para construir un polígono industrial? ¿No sería más razonable edificar en un terreno despejado de árboles para repoblarlo, aprovechando que se urbaniza?

Rick es un norteamericano que reside en nuestro país. Me sorprendió el conocimiento preciso que tenía de los nombres de los árboles para ser abogado. Me aclaró que durante los estudios primarios era habitual que los profesores les llevaran al bosque para enseñarles la naturaleza de cerca y llamarla por su nombre. En este bendito país la naturaleza se conoce, como mucho, a través de los libros o de la televisión.

Somos una generación tan urbana que el contacto con los animales y las plantas ha desaparecido. Antes, no hace mucho, el hombre vivía íntimamente con ellos, porque de ellos se servía. Pero ahora pensamos que son innecesarios y, a veces, hasta inoportunos, ya que los árboles nos traen pájaros que nos comen el cereal, sus raíces no dejan crecer los cultivos o nos levantan la acera, nos quitan las vistas o nos impiden aparcar. Y, si vemos a un animal no domesticado, o salimos despavoridos, le pisamos con saña o nos divertimos clavándole lanzas hasta su muerte. Así se podría resumir escuetamente nuestra relación con otros seres vivos.

Este año el Servicio de Parques y Jardines ha reconocido que el 90% de los árboles han enfermado. Y es triste pasear por algunos parques y observar el estado lamentable en que se encuentran, desapareciendo por causa de las plagas que no se tratan o no se atajan a tiempo. Este año, además, la falta de heladas invernales y el calor reseco del verano han contribuido a amplificar el problema. Creo que el esfuerzo por el mantenimiento de los parques debe aumentar. No vale con presumir de tener uno de los índices más altos de zonas verdes por habitante si estas no se cuidan con esmero. Somos conscientes de que eso cuesta. Sobre todo en nuestra tierra, que sabemos de las dificultades que entraña que un árbol agarre y se haga longevo. Y, por ello, es más incomprensible que talemos los árboles con la misma facilidad con que el peluquero se aplica en cortar el pelo.

Creo que sólo hay un método para combatir estas cosas: debe nacer un asociacionismo que impulse un estado de opinión para exigir que se planten árboles, se cuiden, se protejan, se cataloguen y se difundan sus beneficios.