Tordesillas, mon amour
VICENTE ÁLVAREZ/Periodista El Norte de Castilla
RESULTA descorazonador cómo se intentan mantener salvajadas con la excusa de la tradición; con la justificación de la rutina y del espectáculo; con el pretexto de hacer, simple y llanamente, lo que han hecho anteriores generaciones. Todavía no hemos comprendido que las tradiciones no se heredan sino que se conquistan y, aunque pensamos que hemos traspasado el estadio simiesco, muchas veces no lo parece. No hace mucho, unos científicos realizaron un experimento muy ilustrativo: metieron a cinco monos en una jaula, colocaron en el centro una escalera y, sobre ella, unas bananas. Cuando un mono subía la escalera los científicos lanzaban un chorro de agua fría sobre los otros cuatro, así que, a partir de ese momento, cada vez que otro simio intentaba subir por la escalera los otros le daban una buena paliza. A ninguno se le ocurrió volver a subir. Y cuando, uno a uno, fueron entrando nuevos monos la situación se repitió. Los sustitutos incluso participaban con entusiasmo de las zurras al novato. Al final quedaron cinco monos nuevos que, a pesar de nunca haber recibido un baño de agua fría, continuaban pegando a aquel que intentase llegar hasta las bananas. Ellos ya pensaban como humanos (o nosotros como monos, que tanto monta): «Aquí siempre se han hecho las cosas así...», dirían, encantados de su conducta.
Hace apenas una semana, Valladolid ha vuelto a estar en el puñetero ojo del huracán con el dichoso Toro de la Vega. Treinta mil personas han jaleado a unos lanceros (con hojas punzantes de 33 centímetros de longitud) mientras masacraban a un toro acorralado. Como cada año, plumas prestigiosas se han hecho eco del espectáculo. Rosa Montero volvía a hablar de «la repugnante fiesta de los bárbaros.... esa aterradora diversión consistente en que una horda de energúmenos se dedican a acosar y alancear a un toro hasta la muerte de una manera lenta y sádica». Sin embargo, el alcalde de Tordesillas, todo ufano él, proclamaba a la finalización del torneo que éste se había desarrollado con absoluta limpieza aunque, desde su muy peculiar percepción, había durado demasiado poco. ¿Y es que a muchos torneantes no les había dado tiempo a alancear al toro!.... Al quite (nunca mejor dicho) estaba la señora concejala de Festejos que habló, sin el más mínimo rubor, de un festejo limpio porque «no se había maltratado al animal ni se le habían tocado las defensas». En fin.... Reconozco que soy un palurdo y probablemente no entienda el glorioso éxtasis de acorralar a un toro y matarlo a lanzadas. A lo peor un inculto que no comprende a los defensores de este torneo que hablan de respetar la tradición y la cultura y se jactan de que Tordesillas es el único sitio del mundo donde se conserva esta emotiva modalidad de ajusticiar toros. Es, en todo caso, muy peligroso apelar a esos parámetros históricos y buscar racionalidad en la irracionalidad. Llevado al extremo, París podría reinstaurar la guillotina porque forma parte de la tradición y de la cultura y además la gente se lo pasaba muy bien (iban a tricotar y a comentar las últimas novedades de la prensa del corazón, entre otras cosas) o nuestro glorioso alcalde podría reponer, en doble sesión, tarde y vermú, los Autos de Fe para dar vidilla al centro de la ciudad. (Bueno, tampoco vamos a darle ideas). Lo único cierto, siguiendo con el Toro de la Vega, es que Tordesillas es una villa repleta de cultura, historia, monumentos y miles de cosas más. No parece una buena idea que, cada año, esté en boca de todo el mundo por sostener, con el indecente apoyo de la Junta de Castilla y León, una tradición que resulta, como poco, obscena. Claro que todos sabemos que el Toro de la Vega es el negocio del año para Tordesillas y que los establecimientos hosteleros hacen su agosto. Y es que con el dinero hemos topado. Como siempre. En esto, mucho me temo, sí que hemos superado el estado simiesco. Quizá ahora sepamos por qué ya no subimos a por las bananas, por qué se mantiene un torneo tan denigrado y denigrante y por qué la Junta pasa por el aro.









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