Necios y arcanos
MIGUEL ÁNGEL GONZÁLEZ MANJARRÉS El Norte de Castilla
Hubo un tiempo en que los necios pasaban por humildes y, como desvalidos de Dios, alcanzaban de antemano la santidad y lograban llegar a los cielos sin demasiado esfuerzo suplementario: su propia necedad venía a ser su mejor mérito. Muchas veces, casi a ventregones y como por meneos cíclicos, nuestro imaginario catolicón ha hecho de los tontos seres de ganancia paradisiaca, criaturas del Cristo y santones de iglesia. Las vírgenes, en especial, han sentido siempre cierta querencia por los ignorantes y, ni cortas ni perezosas, se han dejado ver por ellos solos en la cuneta de un camino o al pie de una grutilla. Pero también el paisanaje ve en los necios el trasunto más o menos fiel de la bonhomía, de forma que la cortedad de entendederas se torna automáticamente sinónimo de humildad, complacencia, generosidad, sinceridad. La complicación, aunque sea aparente paradoja, ha venido con el progreso: desde que la escuela ha logrado que todas las generaciones sean capaces de albergar alguna pequeña enjundia entre sus testas, los asuntos de la inteligencia se han vuelto tan homogéneos y han llegado a tal confusión, que a duras penas podemos ya distinguir a los bobos de los listos. Si antes la soberbia delataba la listura, ahora la abundante recua de los simples anda ensoberbecida a cada paso, con apasionamiento y hasta orgullo de su propia cojera intelectual.
Vivimos, en efecto, tiempos de votantes soberanos, comodidad económica y adelgazamiento cerebral, todo lo cual conforma por junto una extraordinaria pasta de ciudadano democrático. Pero el paisaje que se nos presenta es un perfecto trágala: los derechos del hombre se han confundido con la autoridad de juicio, y se ha pasado así, sin empachos ni alborotos, del respeto a la vida de todos al respeto y hasta cultivo de la idiocia general. Las sociedades propenden a la uniformidad, y en nuestros días la "tabula rasa" se ha aplicado a la altura de las cabezas: casi todos, sin apenas conocimientos y sin la menor inquietud por su carencia, hacen las mismas cosas con el orgullo vano de las monas, enarbolan la opinión como dogma y proclaman a grandes risotadas la igualdad neuronal por el lado bajo. La ciudadanía, podada de agudeza y curiosidad, marca un límite sapiencial que nadie, si no quiere convertirse en pecador insano e incorregible, debe sobrepasar jamás. Por eso hemos de hablar todos con la simpleza cuasi subnormal del común, pues el necio ya no se queda pasmado ante lo que ignora ni, en los mejores casos, pretende llegar a ello, sino que se enroca contumaz y desconfiadamente en su ignorancia y denuncia con el esperpento de su ronquera la mala entraña de quien osa decir lo que él no alcanza a comprender.
Y con ello llegamos al horror que todo arcano provoca entre los necios, que poco a poco se transforma en mala sangre y que, a la postre, puede derivar en unas hostias. Cuando se junta la anorexia intelectual con la barbarie, el músculo a flor de piel y el espíritu cejijunto, entonces lo mejor es salir por piernas, pues que cualquier palabra que uno diga sonará a insulto, al igual que en otro tiempo quien hablaba de cosas incomprensibles era perseguido por pecador. Mas ahora la necedad se ha vuelto despreciable por partida doble: por sí misma, sin duda, pero también por el aherrojamiento contumaz que ejerce sobre ella la demagogia publicitaria. Quizá nunca hasta ahora haya habido tantos tontos -con sus coches, sus microondas, sus hijos, sus pisos, sus negocios y sus vacaciones- con tanta soberbia ni tanto odio hacia cuanto desconocen. Cuando la necedad era un estigma, el hombre humilde la acataba con resignación y, si podía, huía de ella. Desde que la necedad se ha convertido en derecho de ciudadanía, saber es sólo cosa de pavos reales y tipos orgullosos. Ya lo dijo hace tiempo, con su acostumbrada clarividencia, don Antonio Machado. ¿Sabes quién era? ¿Quién? ¿Machado? Ni lo sé ni me importa. ¿Pasa algo?









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