El fin de la sociedad del trabajo

2.1. Los elementos más importantes de la sociedad del trabajo
Nuestras sociedades se caracterizan por la existencia del trabajo asalariado. El trabajo de la personas se convierte así en una magnitud abstracta: en el trabajo asalariado, tanto la forma concreta de la actividad que se desarrolla como el producto o servicio resultantes de dicha actividad son completamente secundarios. Esta forma de actividad se justifica únicamente porque la fuerza de trabajo se puede cambiar por dinero. Esa abstracción de la actividad respecto de sus contenidos y objetivos tiene como consecuencia la alienación del trabajador respecto de su propia actividad. La imagen más clara de ello es la del trabajo en una cadena de montaje.
A este sistema del trabajo asalariado abstracto se encuentra estrechamente ligado el principio de la producción de bienes para un mercado. De este modo, bajo las condiciones de la economía de mercado, la actividad económica sólo tiene sentido si tras la producción se consigue cambiar esos bienes por dinero. También aquí tiene lugar una abstracción: el contenido y el objetivo primordiales de la actividad económica no es un determinado producto o un determinado bien sino la obtención de valor de cambio.
Debido al mercado, a ambos principios se suma el principio de competencia, que pone en (negativa) relación a los protagonistas tanto dentro del mercado de bienes como del mercado de trabajo. En el caso de los productores, la competencia les obliga a maximizar el beneficio. Para la obtención de beneficios es preciso introducir trabajo asalariado, pero, por otra parte, el objetivo de todo empresario es la reducción de la fuerza de trabajo manteniendo la producción, o bien aumentar la producción sin incrementar la inversión en fuerza de trabajo.
Históricamente, estos factores han hecho que, debido a la introducción masiva de máquinas, la fuerza de trabajo humana se haya visto reemplazada cada vez más rápidamente y en más campos, y se vaya haciendo innecesaria. Así, es lógico que este proceso sólo pueda mantenerse mediante la permanente ampliación de los mercados. Si dicha ampliación no se produce, la competencia lleva a los productores a prescindir del trabajo asalariado. Sin embargo, esto no puede acabar bien, ya que la obtención de beneficios es indisoluble de la utilización de trabajo asalariado.
Hay dos fenómenos, bien conocidos, que parecen demostrar que hoy en día hemos alcanzado ya ese umbral.
2.2. El paro en masa y el boom de la bolsa
Desde hace años, cada vez se va haciendo más evidente que no es posible acabar con la elevada tasa de paro. Por el contrario, se parte de la premisa de que el paro seguirá aumentando6. Salta a la vista que la fuerza de trabajo humana se ve reemplazada cada vez con mayor rapidez . Si pensamos en el trabajo que todavía puede ahorrarse en grandes sectores de servicios, como la banca o los seguros , mediante una todavía mayor introducción de ordenadores, no podemos por menos que suponer que ese proceso no ha hecho más que empezar.
Por otro lado, mientras el paro aumenta sin cesar, en las bolsas internacionales se forman más y más globos especulativos. Según los criterios comerciales clásicos, empresas poco serias ven cómo sus acciones se disparan en los mercados bursátiles, a menudo para luego caer en picado y regresar al suelo firme de la realidad económica. Y cuando esos globos especulativos se desinflan, en ocasiones se llevan por delante estados enteros con millones de personas, como muestra con claridad el ejemplo de Indonesia, el país más dañado por la crisis asiática. Este fenómeno muestra también cómo el capital monetario, que antes se reinvertía en la producción, hoy en día se ve incapaz de obtener, por medio de una ampliación de la producción, unos beneficios que descansan sobre los beneficios (cambiarios) que actualmente se obtienen en la bolsa.
2.3. Conclusión
Hay serios indicios de que la sociedad del trabajo y, con ella, la socialización basada en el intercambio de mercancías, han llegado a su final histórico. Si bien esto nos muestra en primer término la escena de un derrumbamiento, y resulta por tanto amenazador, sin embargo nos abre también la posibilidad de una nueva sociedad que supere las carencias de la vieja y que no gire ya en torno a principios abstractos, sino cuya meta sea el bienestar de las personas que habitan este planeta.