Qué hacer para mejorar el trato que reciben los ríos urbanos

CONSUMER • Noviembre 2001 Calidad del agua: 1) Las inversiones en depuración de aguas residuales son cada vez más cuantiosas, y los ayuntamiento se esfuerzan en cumplir la normativa. Son, sin embargo, habituales los vertidos tóxicos no controlados que, con la consiguiente mortandad de los peces y la contaminación de aguas y riberas, emborronan la política medioambiental de administraciones públicas y empresas. Un mayor control de los polígonos industriales y depuradoras de aguas y la promoción de auditorías ambientales mejorarían la calidad del agua con que los ríos se alejan de nuestras ciudades. 2) La cantidad y calidad de las aguas residuales domésticas está relacionada con nuestros hábitos y costumbres en los hogares. Depositar los productos tóxicos (aceites, disolventes, pinturas, medicamentos, etc.) en contenedores especiales para su recogida y tratamiento, evitar el gasto excesivo de agua potable, no usar el inodoro como basurero, y exigir a las autoridades la correcta administración de las aguas fecales e industriales, son actuaciones en la mano del consumidor para mejorar la salud de nuestros ríos. Conservación de las riberas: 1) Respetar la dinámica propia del curso fluvial, su cauce natural, la morfología del trazado original y las riberas con vegetación autóctona o espontánea deviene fundamental para mantener la calidad ecológica de nuestros maltratados ríos. Medidas positivas: paralizar las obras de canalización y represamiento y ocupación de las llanuras de inundación y poner en marcha proyectos de restauración del carácter multifuncional de los ríos (recuperar meandros, ensanchar cauces, restaurar márgenes, liberar las llanuras de inundación...), de forma que el río pueda reformarse a sí mismo de manera natural y equilibrada. 2) Dedicar esfuerzos a conocer el ecosistema fluvial: elaborar catálogos de especies de flora y fauna y de espacios naturales de interés, investigar los valores naturales asociados al río a su paso por nuestra ciudad, o favorecer iniciativas privadas de conservación de la naturaleza son actuaciones en manos de las autoridades municipales. Usos recreativos del río y la ribera: La adecuación de áreas de esparcimiento, compatibilizándolas con la conservación de los valores naturales del río y su ribera ha de ser bienvenida. Medidas positivas: evitar el excesivo ajardinamiento de las zonas verdes, restaurar las áreas degradadas con vegetación autóctona, instalar y mantener un mobiliario mínimo para el desarrollo de actividades recreativas, y aislar del uso recreativo las zonas de mayor interés ecológico (vegetación vulnerable, zonas de reproducción, descanso y alimentación de fauna silvestre, suelos de fácil alteración al pisoteo, etc.). Usos educativos del río: Los valores educativos del río son innumerables. Los programas medioambientales relativos a un río urbano que se pueden poner en marcha desde instituciones municipales, colegios y asociaciones no tienen parangón con cualquier otra actividad que se desarrolle fuera del ámbito cercano al ciudadano. La apreciación de la necesidad de mantener saludables nuestros ríos y sus riberas se puede adquirir a través de experiencias educativas sencillas que pueden llevarse a cabo dentro de la misma ciudad.
Se requiere un cambio de mentalidad

Aunque sea parte integrante de la estructura urbana, el río que cruza una ciudad no tiene por qué estar abocado a una transformación inevitable. Al igual que un bosque o una laguna, los ríos tienen, como todos los ecosistemas, unos requerimientos para poder mantener la vida que los caracteriza. Las márgenes verdes pobladas de chopos, sauces y fresnos, los meandros con islas y playas de guijarros, los cambios de trazado y caudal típicos de cualquier curso fluvial, se convierten a menudo en nuestras ciudades en orillas cementadas, adoquinadas o ajardinadas con especies exóticas que nada tienen que ver con la flora autóctona, canales de trazado recto sin orillas someras donde pueda asentarse la vegetación palustre y lacustre, y represamientos artificiales que dejan al río sin su carácter propio y dinámica original.
La apreciación subjetiva de la mayoría de los ciudadanos agradece dentro del entramado urbano las líneas rectas, las cosas muy ordenadas y la falta de ese aparente descontrol de los componentes del paisaje. Sólo así se explica la tendencia a eliminar los ambientes que introducen factores no “ordenados” o “controlables”, como un ecosistema fluvial.
Esto nos ha conducido a la actual situación en la que, con el aplauso de muchos ciudadanos, se ha cambiado los ríos por canales, las riberas por jardines y las márgenes por paseos cementados, cuando no por calzadas o áreas edificadas. Pero la misma sociedad que se congratula de estas actuaciones, se muestra ansiosa por disfrutar de un medio natural bien conservado (los espacios protegidos) situado fuera de los límites de su ciudad.
Algunos países europeos han comenzado a restaurar el aspecto original de sus ríos, devolviendo a éstos un funcionamiento más correcto, en el que el río se hace a sí mismo. Esto se puede conseguir, como demuestran Suiza y Alemania, sin comprometer la seguridad y la economía, adecuando la utilización humana del medio a las condiciones naturales de los ríos y riberas.
Técnicamente viables, estas actuaciones exigen cambios en nuestros valores estéticos, culturales y ambientales respecto del paisaje de las ciudades que habitamos y visitamos.