El gran cotarro

MIGUEL ÁNGEL GONZÁLEZ MANJARRÉS/ El Nortede CastillaEL regimiento federal posee de antemano un sostén teórico de lo más atractivo: el ciudadano participa cercanamente del poder, conoce de verdad a sus representantes y, digámoslo así, forma parte activa y diaria de una democracia plena. Pero como el hombre es hombre mucho antes que ciudadano, resulta que cuanto más pequeños son el territorio y la cota susceptibles de gobierno, el ambiente se torna sin excepción mucho más caciquil, más estrecho, asfixiante y ahogadizo. De esta forma, en una nación grande (España mismamente, mientras la dejen) deben sortearse en principio diferentes eliminatorias para llegar a ocupar determinados puestos (una secretaría de Hacienda, un ministerio de Economía, qué sé yo), aun cuando la experiencia nos confirma que a menudo la excepción se sale con la suya, y entonces las poltronas capitalinas se llenan de oligofrénicos seriotes que montan reformas educativas, promueven los encarcelamientos o proponen la guerra perpetua contra el mal. Pues bien, en una nación pequeña (o sea en una región, comarca, zona, comunidad, autonomía) el procedimiento se torna a la inversa: para alcanzar la explanada del podercito (una consejería de algo, una secretaría, una subsecretaría, una viceconsejería y así) parece condición indispensable padecer cierta cojera intelectual, ser comúnmente tonto (en muchos casos, del bote) y, a lo sumo, llevar ungida la carcasa de algunos barnices culturales y carísimas colonias literarias; la excepción esta vez resulta en extremo rara, pues los lúcidos comarcanos se han marchado habitualmente de los predios o, si residen en ellos, andan callados y abrumados por la desfachatez incorregible del idiota. Así pues, cuando alguien -aun una autoridad, incluso una persona respetable- propone el federalismo chiquitito como forma ideal de gobierno, se nos vienen entonces a las mientes los desbarajustes regionales y, claro, la ocurrencia más inmediata es largarse sin espera.

Un por ejemplo de todo este trágala autonómico nos lo brinda sin demasiado disfraz nuestra administración de cultura. La camarilla popular (daría igual la socialista, desde luego, pero se nos ha entumido sin remedio entre las gruesas oquedades de su magín) ha urdido una preciosa red de intelectuales arrebujados en las corralas de algunas fundaciones (qué maniacos de las fundaciones, oyes), que hacen, deshacen, acreditan, perdonan o se exhiben sin pudor en las fotografías de los periódicos, en los programas de las televisiones, en los comedores de los restaurantes más caros o en el organigrama de institutos redundantes creados "ad maiorem Dei gloriam". Son tipos listos, en general, que saben aprovecharse de la tontuna mandataria para, desvinculándose de todo color, decencia e ideología, perpetuarse en las cimas del cotarro cultural y acallar a los descontentos (sus inmediatos enemigos) a fuerza de explotar sin tregua sonorísimos fuegos artificiales: ediciones absurdas de clásicos en formato mosca, libros de metro y medio sobre la figura local, congresos de mucha sonrisa y relumbrón que pagan a millón la sílaba a cambio de buenas palabras para sus ubicuos organizadores, palacios para guardar gaitas, castillos para albergar el duro trabajo de unos pocos juntapalabras y, por supuesto, el compadreo bien pagado que luce después -como casi siempre luce la infamia- en el papel brillantón de la prensa.

Quizá nuestra región, como se ha dicho últimamente, ande llena de buenos escritores, novelistas, periodistas, poetas, poetisas, universitarios, editores, jóvenes listísimos de mandíbula dura y sinestesia floja. Quizá estemos viviendo una edad de plata, de oro y de platino -todo así por junto- de nuestra bienamada cultura. Mas lo que llega a los escaparates hiede con sospecha a mixtificación y, al menor arañazo, muestra abiertamente una barriga llena y un espíritu romo. Los asnos de Cumas siempre han rebuznado con música celeste. O algo así.