SARAOS CULTURALES

ANGEL GONZALEZ QUESADA Escritor y director de Etón teatro.El Adelanto Las voces que se alzan contra la imparable vulgarización de la cultura proceden, en la mayoría de las ocasiones, paradójicamente, de quienes medran al amparo de esa misma vulgarización, que toma diversas formas, todas como queja interesada, mientras nutre sus bolsillos y sus egos una variopinta multitud de arribistas de toda especie. Desde la escritora que clama contra el basurero editorial español del que, naturalmente, quedan fuera sus propias publicaciones, hasta incapaces artistas plásticos que, mostrando instalaciones, exposiciones y obras de una insulsez y vacuidad insultantes, arremeten contra la insulsez y vacuidad de las artes plásticas en la actualidad, la nómina de artistas-críticos-con-los-artistas crece de tal modo que es ya imposible separar el grano de la paja en esta mala fiesta de la cultura.

Libros mediocres que hablan contra los libros importantes, esplendorosas memorias parcialísimas de personajes del tres al cuarto, sociólogos que critican sin clemencia la sociología que no saben hacer, editores que publicitan las miserias editoriales (de otros), películas contra el cine o volúmenes de cotilleo que arremeten contra el volumen inaceptable de cotilleo que existe, copiones y plagiadores de toda laya, intertextualizadores académicos, ínfimos enseñantes de fascículo, parásitos del famoso, antólogos de lo trillado, resucitadores de momias, pelotas, tiralevitas, arribistas y moscones, se entremezclan en una especie de familia mal avenida en la que es imposible entrar sin pasar a formar parte de ella. El medio se convierte en fin. Florecen como hongos por todas partes, auspiciadas por organismos con ganas de notoriedad y ningún deseo de rigor, jornadas y encuentros culturales donde los cuatro de siempre inventan premios, cursos, instituciones, academias, programas y recopilaciones en los que participan ellos mismos como invitados-moderadores-cesores; antologías cuya única razón es que el antólogo aparezca; exposiciones pictóricas a mayor gloria de la nómina de la galería o la publicidad de un pintamonas, suplementos culturales de periódicos copados por babosas críticas de sus propias producciones editoriales en un mercadeo de favores a los amigos; premios amañados o que se conceden a los miembros del jurado que concedió en el pasado otro premio a los miembros de este jurado de ahora; revisiones críticas de autores que no lo necesitan o que no lo merecen, reediciones inútiles a mayor gloria del editor, revistas sectarias, prólogos de cuchara, libros publicados por el profesor o su amiguete que aquél impone como texto obligatorio en su asignatura; encuentros universitarios endogámicos e insulsos de donnadies que a nadie interesan, con el viaje y la estancia (y las comilonas) a costa del presupuesto de investigación; textos sacados a toda prisa de internet que son pronunciados como conferencias magistrales a buen precio en multitud de encuentros, congresos, aulas y seminarios; intervenciones públicas de individuos que apenas saben expresarse, sin preparación ni contenido, que sueltan su pueril anécdota de cuando conocieron a alguien famoso, y que son presentados como importantes conferencias cuyo único fin es el espacio periodístico que anuncie la última parida del susodicho o justifique la subvención.

La nómina de listillos que, con su conferencia bajo el brazo, repetida hasta la saciedad y publicada ahora en forma de artículo y luego en formato de comentario culto, pululan de encuentro en encuentro, de jornadas en jornadas, de universidad a comunidad autónoma, ha convertido la vida cultural de este país en un callejón sin salida donde se amontonan los vividores con sus fobias y sus folios, sus presunciones y sus circulitos, sus amistades y sus manías, mirándose el ombligo y girando una y otra vez en la rueda del hastío. Y mostrando, sobre todo, su clamorosa falta de talento, creatividad y vergüenza.

La cultura, que es el rasgo colectivo que propicia el crecimiento intelectual de que dispone la sociedad para mejor reconocerse y situarse en el mundo, ha sido convertida en un mamoneo insoportable de personajillos con derecho a imponer sus intereses en un rastrero negocio mercantil.

No prima el talento, sino los contactos; se publica y expone auténtica basura, se hacen las películas que se hacen; por eso cualquiera bien relacionado pasa por novelista, poeta, pintor, músico o catedrático. Así como en los actos de entrega de premios se busca la publicidad del que lo otorga, al calor de cuatro nombres se suceden los homenajes y aniversarios en que prima el nombre del homenajeador, la importancia de su gesto o su nómina de invitados.

Da asco ver ciertos nombres, siempre los mismos, en la mayoría de los saraos culturales, con el único valor de su historial de nada, engañando a instituciones y mecenas que, incluyéndolos, creen dar pátina de calidad al acto. Mientras, el verdadero talento yace bajo toneladas de hipocresía.