Entre Isabel y Wiesenthal
Carlos Colón Diario de Sevilla
Entre la reactivación de la beatificación de Isabel la Católica y el Premio Humanitario Wiesenthal que el Simon Wiesenthal Center entregó la semana pasada al Papa "en reconocimiento de su larga amistad con el pueblo judío", habita el enigma que hará fascinante el estudio de este pontificado y hace tan contradictorio vivirlo. En el acto de entrega, el rabino Marvin Hier recordó cómo el Papa los había recibido en 1983, en el inicio de su pontificado, y celebró que veinte años después la promesa de aquel gesto se haya hecho realidad convirtiendo a Juan Pablo II en el Papa "que más ha hecho por mejorar las relaciones entre católicos y judíos en toda la historia".
El contraste con la reactivación de la beatificación de Isabel la Católica no puede sino llamar la atención. Porque la reina de Castilla, gran y culta estadista que impulsó la incorporación de España a la Europa renacentista, fue también la que expulsó a los judíos e instauró la Inquisición. No hay personaje histórico sin luces y sombras, pero en un beato o un santo no caben: ellos son sólo luz que alumbra la vida de los creyentes. La manipulación cavernícola de este gran personaje histórico lo convirtió en una caricatura que, al mitificarlo, le quitó su grandeza histórica. El centenario debe ser ocasión para devolvérsela con rigor histórico, quitándole las telarañas reaccionarias; pero no para convertirla en la santa que ni fue ni pudo ser. La primera gramática, la unificación de los reinos, el fin de la Reconquista o el descubrimiento de América hacen su grandeza histórica, pero nada tienen que ver con la santidad.
Pasó el tiempo en que la Iglesia del poder beatificaba a los poderosos y guerreros. Juana de Arco, personaje grandioso en cuyo drama lo religioso es fundamental, no sería beatificada hoy. Es más, en la recuperación inteligente de la grandeza histórica y religiosa de este personaje -llevada a cabo por Peguy, Dreyer, Bernanos u Honegger- se ha puesto de relieve el enfrentamiento entre el Espíritu y la estructura de poder clerical, entre la conciencia personal del creyente (Juana) y una Iglesia (el obispo Cochon) que no dudó en torturar su cuerpo y extorsionar su conciencia por motivos políticos.
La reapertura de la beatificación de Isabel la Católica, pedida por el arzobispado de Valladolid y sancionada por la Conferencia Episcopal que preside el conservador cardenal Rouco, ignora la Iglesia nacida del Vaticano II y cae en la gran contradicción del antisemitismo cristiano que los dos últimos pontifices han combatido y tan vigorosamente ha denunciado el cardenal de París, Jean Marie Lustiger, uno de tantos como se oponen a la beatificación de la reina: "El pecado al que han sucumbido los pagano-cristianos, sean hombres de Iglesia, príncipes o pueblos -ha escrito-, fue apoderarse de Cristo desfigurándolo, y luego hacer de esa desfiguración su Dios. Así hicieron que el Israel perseguido apareciera, a su pesar, como una figura de Cristo humillado. Su desconocimiento de Israel es la confirmación de su desconocimiento del Cristo al que dicen servir".









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