Conmemoraciones

Miguel A. González Manjarrés AL político le priva que durante su gobierno haya recordación pública de algo, un escritor, un rey, un pintor, un descubrimiento, un conquistador. En la cosa nacional sus intervenciones quedan más diluidas, su figura se viene un poco al sesgo, pero cuando nos adentramos en regiones, en provincias y pueblos, el panorama se torna siempre igual de alegre: traje oscuro y corbata con algún toque de atrevimiento (manchitas amarillas, que sé yo, caballitos color sepia y así), pelo esponjado, mano blanquísima, sonrisas, discursos hueros, atriles, encuadernaciones de lujo, entoñamientos retóricos, congresazos, personalidades de sabiduría desatada. Al político le avisa un espabilado, le pide entrevista una asociación, le escribe algún mandamás de las recámaras y, entonces, si aquél aprecia lucimiento y barrunta golosina de ánimo, convoca a sus auxiliares en culturas, reserva una buena partida de pasta y entre todos montan con un año de antelación, quizá dos, a veces hasta tres, una celebración exultante y ajustada, no cabe duda, a la importancia universal del motivo. La escena se agiganta en perifollos si encima es hembra quien maneja los cordeles de la función, hembra de conciencia regional que con voz atiplada lee en alto los discursos fabricados ad hoc por la invisible recua de impostores que hay siempre a sus espaldas. Lo de menos, en estos casos, es la ideología: la derecha quizá deje entrever la caspa más fácilmente, la izquierda puede que tienda mejor al relumbrón esperpéntico del "homo novus", pero resulta indudable que bajo los hules de todos ellos, sean quienes fueren, tan sólo se esconde la purísima estupidez.

El segundo pilar de la conmemoración es, obviamente, el intelectual. En provincias siempre contamos con catedráticos de mucha aclimatación, expertos en las medias tintas y doctos en alabanzas, compadreos y tajadas enjundiosas. Su natural arrimadizo les lleva a olisquear la fiesta: ponen bajo tapas de piel un currículo de muchos folios y consiguen con ello asentarse entre los elegidos del organigrama cultural. Cada uno se hace cargo de su parcelita y, más allá de la participación local, se traen a cuatro o cinco figuras internacionales, hispanistas, nobeles, alguien de Nueva York -Nueva York es que no puede faltar siquiera en el aniversario de la remolacha-, gente que ponga otro acento. Las reuniones de trabajo se hacen en los restaurantes más caros y así, de cara a una lubina, un pez espada o un lechazo asado, se monta con facilidad un congreso de cinco días que remozará todas las investigaciones y cuyas actas serán el nuevo vademécum de la cosa. Y todo ello con gran acompañamiento de pompa y circunstancia: un concierto, una teatro al efecto, exposiciones, películas, novelas históricas, rehabilitación de edificios, ampliación de aeropuertos, pabellones, suplementos especiales en la prensa, periodistas de ínfula escribidora, lumbreras en americana hasta en los albañales. La sabiduría se derrama sobre todos nosotros como maná del cielo y bálsamo del paraíso. La conmemoración, ay, por fin acerca la cultura al pueblo.

Y es el pueblo, de hecho, la tercera pilastra de la historieta. Al principio el personal se muestra un poco reticente, ocupado en el balompié, los préstamos y las bodas reales. Pero según se acerca la movida y oye que se trata de su aldea, de su palacete, de su cura y de su alcalde, el cabronazo del alcalde, entonces el pueblo se hace solidario, enérgico, y participa en masa, desabrochadamente, de los actos y las fiestas: llena las conferencias, atesta las exposiciones, firma con bolígrafo de plata en los libros de firmas. Y el pueblo elige también su grupo representante: una señora de visón, un comerciante de paños, un vinatero, un maestro y, por ejemplo, el presidente de una asociación de vecinos. El pueblo junta así un póquer infalible. Lo siguiente es pedir ya por vía de urgencia la canonización de Isabel la Católica.LARGA DE LOS FRUTEROSEl Norte de Castilla