El espíritu Altermundialista

JOSÉ MARÍA Mendiluce El movimiento de rebeldía cívica se mueve entre los ortodoxos guardianes de la resistencia y quienes propugnan el compromiso y no renuncian a los embriones de gobernabilidad democrática global

Desde el pasado Foro Social de París, un nuevo concepto emergente y contagioso invade los textos y las discusiones. "Altermundialistas" y "alterglobalización" se han convertido en una nueva seña de identidad para los que más allá de la resistencia proponen una agenda transformadora.
Aunque algunos teóricos y guardianes de la ortodoxia antiglobalización se han apresurado en calificar de trampa y de manipulación de "élites directoras" dicho concepto, la verdad es que después de cinco años desde el inicio del movimiento antiglobalización en Seattle en 1999, el propio movimiento se ha debatido con fuerza entre la resistencia y la propuesta. Entre el combate frontal y el compromiso. De la antiglobalización al "otro mundo es posible y necesario" se ha recorrido un camino que sitúa nuevos retos y escenarios políticos.
La propia situación internacional ha evidenciado los límites de las actuales estructuras de Gobierno sean mundiales, regionales o locales. Pero Lula, con todas sus dificultades y errores; Cancún, con todas sus insuficiencias para regular el comercio mundial en clave de igualdad, y hasta el mismísimo Consejo de Seguridad de la ONU en la guerra de Irak, con todas sus imperfecciones y herencias del pasado en forma de veto o de voto permanente, han ofrecido episodios aislados y discontinuos de gobernabilidad. O, al menos, de otra gobernabilidad.
Hoy más que nunca, vemos lo que falta, nos supera muchas veces el desaliento ante tanta miopía y los déficits de lo que tenemos parecen insalvables; pero también intuimos que no hay otra salida para la paz y para el futuro del planeta y de la humanidad que apostar por la gobernabilidad de lo global.
El diverso y heterogéneo movimiento que ha caracterizado el impulso de rebeldía cívica de nuestras sociedades y de las comunidades más desfavorecidas se mueve entre la agenda del compromiso y la resistencia de la denuncia. Entre la proposición y la acción. Algunos están interesados en que la dinámica se estigmatice entre los pragmáticos y los idealistas, entre los claudicantes y los coherentes, entre los que se reúnen y los que se manifiestan. Casi siempre acusando a los primeros de ceder y de aceptar posiciones y compromisos que traicionan el espíritu anti del movimiento.
Pero las viejas divisiones estériles, los reproches y los recelos ideológicos no pueden ni deben servir de excusa para no afrontar los retos inaplazables. Es la ausencia de un Gobierno democrático global lo que deja hoy a la política en un plano subsidiario e instrumental frente a lo económico y, sobre todo, a lo financiero. El nivel de concentración de poder de las corporaciones transnacionales es de tal envergadura, de tal capacidad para modificar los criterios públicos en beneficio de criterios privados, que sólo el Gobierno de la globalización puede evitar el desorden social y ecológico del planeta. Renunciar, por considerarlos insuficientes, a los embriones de gobernabilidad democrática global es sencillamente favorecer que el orden actual se consolide. Despreciar sus posibilidades es parte de la miopía y de la irresponsabilidad que decimos combatir.
Otro mundo es posible, sí; pero para ello debemos conquistar su Gobierno democrático. No hay alternativa, por más seductora, cómoda y estética que sea la posición anti. Refugio tantas veces de las inmaculadas posiciones intelectuales de aquellos que conceden las patentes de ortodoxia. No es tiempo para el inmovilismo ni para la crítica sin compromiso. El mundo depende, por ejemplo, de una Europa más fuerte capaz de intervenir en lo multilateral e invertir la lógica unilateral. Sólo por ello, el proyecto de Constitución europea merece nuestro apoyo aunque no nuestro aplauso.
Los problemas del mundo tienen un calendario severo y un tiempo agónico. A veces, parece que los pasitos sean ridículos frente a los trechos por recorrer. Y comparto la frustración de tantos momentos que provoca tantas dudas. Pero de lo que estoy seguro es de que la parálisis bienintencionada te convierte en espectador de lo que denuncias. No es tiempo de espectáculos. Y no me resigno. ¡Bienvenidos altermundialistas que aspiráis a la alterglobalización!
JOSÉ MARÍA Mendiluce
Eurodiputado y escritorEl Periódico