El miedo, siempre el miedo
CRISTÓBAL GUZMÁN (*) La Tribuna de Albacete
Las formas de dominación cambian con el tiempo, pero hay algo perenne, un instrumento eficaz que mantiene las cosas como están: el miedo.
El miedo es un paso previo, un caldo de cultivo en el que depositar la semilla de la falacia. El miedo adormece las conciencias y anula en el pueblo la capacidad de respuesta contra las injusticias.
El miedo esclerotiza la corriente del pensamiento, difumina las leyes de la historia e impide discernir las causas y sus efectos.
Nos cuentan que los accidentes de tráfico, con sus muertos, heridos e impedidos, se van a resolver mejorando el estado de las carreteras y endureciendo las sanciones. Nada nos dicen del disparatado modelo de "desarrollo" que, aderezado con la especulación inmobiliaria y el abandono del campo, da con una superpoblación de las ciudades, la desvertebración del país, el despilfarro de combustible, la degradación del transporte público y la irracionalidad de un sistema insostenible. Eso sí, nos hacen preocuparnos del blindaje de nuestro vehículo y de los "elementos de seguridad" que evitarán -nos dicen retando a los principios de la física- ser invulnerables a 180 por hora. La oferta del miedo, otra vez el miedo.
De vez en cuando nos dejan caer que trabajar durante toda una vida no es sinónimo de una digna vejez. El temor al futuro nos anima a invertir en los planes privados de pensiones, no en vano se trata de pagar cada vez menos impuestos por aquella estupidez de que "para que tenga el dinero el Gobierno lo tengo yo en mi bolsillo". El miedo prende, nos hace renunciar a nuestros derechos, sin que los asuntos de Enron y compañía aporten un solo haz de luz que nos abra los ojos.
Nuestro pretendido prestigio social nos hace aterradores los suspensos de nuestros hijos, pero somos incapaces de plantearnos mejorar nuestro sistema educativo. Mejor las academias privadas.
Nos meten el miedo en el cuerpo con la inflación. Contra las patrañas de los economistas de derechas que piden reducir el salario al mínimo posible, la experiencia nos muestra que son los beneficios empresariales los que la crean, sin que sea posible sostener lo contrario. Es la voracidad del capital sin regulación.
El miedo tiene otras muchas manifestaciones. El terrorismo es uno de ellos, y nada mejor que descontextualizarlo y extraerlo de su marco histórico-político, para no entender nada y justificar toda suerte de barbaridades que atacan en sus cimientos el sentido garantista de nuestro ordenamiento jurídico. Y todo, simplemente, para alimentar el miedo.
Firmamos con celeridad créditos hipotecarios leoninos -"no vaya a ser que el mes próximo el piso valga un millón más"-, pero nos llena de preocupación que los bancos pongan el grito en el cielo ante la posibilidad de una legión de insolventes, como si los bancos nada tuvieran que ver con la especulación urbanística y fuesen las grandes víctimas de este oprobio social.
Nos preocupa el separatismo sin que nadie se haya leído el Pacto de Lizarra, el Plan Ibarreche o el programa de Gobierno en Cataluña. Nos creemos lo que nos dicen, no somos capaces de tener criterio propio y nos enzarzamos en discusiones apasionadas sin tener la más remota idea de lo que estamos hablando porque el mejor botín del miedo es la ignorancia.
Tenemos miedo a que un ciudadano de tez oscura nos pregunte por una dirección, a que la compañía telefónica nos cargue una cuenta disparatada, a que un día nos pongan en la calle o a que se acaben los DVDs antes de navidades. Vivimos un miedo cotidiano que culmina cuando, a golpe de encuestas cocinadas, nos dicen a quién tenemos que votar para evitar que el Apocalipsis caiga sobre esta España autocomplaciente y dormida.
Aunque con demasiada poca frecuencia, aparcar el miedo insufla dosis de oxígeno a este país cara a un sol en blanco y negro. Las gigantescas y sostenidas manifestaciones contra el crimen de Iraq pusieron contras las cuerdas al retrógrado Gobierno de Aznar, que también hubo de echar marcha atrás con una reforma económica que pretendía dinamitar el marco de relaciones laborales abriendo la puerta al derecho de pernada en las empresas.
Aunque después ha vuelto a ser presa de él, el pueblo aparcó el miedo para ejercer sus derechos plenos y ocuparse de sus propios asuntos. Y el miedo lo tuvieron ellos.
(*) Colectivo Tersites









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