Una salida precipitada: Castilla y León
GUILLERMO RAMÍREZ /GEÓGRAFO Las relaciones entre la demografía y la economía han sido siempre estrechas. Estrechas y complicadas. Los demógrafos estamos convencidos de que la evolución de la población tiene mucho que ver en la evolución de la economía. Y los economistas nos muestran que la evolución de la economía determina el comportamiento de las poblaciones. Hay que reconocer que los economistas lo tienen más fácil, aunque quizás bastante menos de lo que se piensa. No es extraño que si el azar nos deparara algún buen ejemplo que relacione ambas disciplinas no lo pasemos por alto.
Esta vez el azar se llama Unión Europea y el ejemplo, el libro de altas y bajas en el club de regiones Objetivo 1. Pertenecen al club las regiones europeas cuyo producto interior bruto por habitante es inferior al 75% de la media de la Unión (amén de algunas excepciones más). Se trata de un criterio muy simple. Simplón incluso si prescindimos de la complejidad técnica de medir el producto interior bruto y de la no menor complejidad de contar el número de habitantes. Pero es el criterio que hay que cumplir y hasta ahora hay que cumplirlo a rajatabla.
El club de regiones Objetivo 1 es un club paradójico. Nadie quiere pertenecer a él, puesto que eso significa que se está lejos del desarrollo medio europeo. Pero nadie se quiere ir, puesto que el marco de apoyo que se obtiene de la Unión Europea es envidiable. En el caso de Castilla y León este apoyo supone recibir alrededor de 4.900 millones de euros entre el 2000 y el 2006. Después de Andalucía y de Galicia, somos la región española a la que más dinero llega en términos absolutos. Y después de Extremadura y junto con Galicia, la que más recoge en cifras relativas, alrededor de dos mil euros por habitante. Un regalo llovido del cielo destinado a abordar las reformas estructurales necesarias para garantizar la optimización de nuestro potencial de desarrollo. Comunicaciones, hospitales, patrimonio artístico, mejora de explotaciones agrarias, patrimonio natural, recursos humanos, desarrollo tecnológico, etcétera son algunos de los sectores que directamente se han beneficiado. Indirectamente ha supuesto una inyección económica destacada en toda la sociedad y en el sector productivo.
En el año 2006 toca renovar la lista de socios. El tercer informe sobre la cohesión presentado por Michel Barnier el Comisario europeo responsable de la política regional advierte de que la admisión va a estar bastante más reñida. Si las tendencias económicas se mantienen es probable que sólo 32 de las 56 regiones europeas que en estos momentos son Objetivo 1 puedan permanecer como tal. En España podrán hacerlo Galicia, Castilla-La Mancha, Extremadura, Andalucía, Ceuta y Melilla. Pero el resto deberá abandonarle. Normalmente este abandono debería ser por haber sido un buen socio, por haber aprovechado las ventajas lo suficiente como para aproximarse al nivel económico medio europeo. En España, la Comunidad Valenciana y Canarias han cubierto los objetivos. Su PIB (producto interior bruto) ha crecido mucho más rápidamente que el de la Unión y si se admite como indicador general, se ha producido, por lo tanto, una convergencia real entre sus economías y la europea. Serán licenciadas con un buen expediente.
La Región de Murcia y El Principado de Asturias probablemente van a ser licenciadas por otro mecanismo. Técnicamente se ha denominado efecto estadístico, pero también se le conoce como la patada estadística, denominación bastante más gráfica y, desde luego, notablemente más rigurosa. El nivel de riqueza de los países que se incorporan a la Unión es más bajo que el de los actuales. Si no se cambia, el listón para pertenecer a las regiones Objetivo 1 va a descender. Este descenso les va a hacer quedar fuera de juego. Una mala pasada.
Pero hay un tercer mecanismo. Es el mecanismo seguido por Castilla y León. Un mecanismo sorprendente e inesperado. Hoy por hoy nos salimos por lo que bien merece denominarse patada demográfica. Nos salimos de las regiones Objetivo 1 a pesar de crecer menos que la media de la Unión. Una décima menos, para ser precisos, entre 1995 y el 2001. Junto con Asturias hemos sido las dos únicas regiones españolas incapaces de seguir el ritmo medio europeo. Un ritmo que a finales de la década de noventa no era precisamente elevado, el 2,5% anual. El resto de las comunidades autónomas ha crecido más rápidamente. En Castilla y León podemos salirnos sencillamente por haber disminuido el número de habitantes. Porque entre 1995 y el 2001 según cifras de los organismos europeos, hemos perdido alrededor de cincuenta mil personas. El denominador de la ecuación, un denominador generalmente olvidado, esta vez nos puede jugar una mala trastada. Somos menos y tocamos a más. Eso al menos es lo que dice el indicador. Probablemente no se trate mucho más que de una formalidad numérica que poco añade a la realidad. Y seguramente haríamos mal en interpretarlo de otra forma. Pero un hecho está claro. Ni hemos crecido, ni nos hemos multiplicado. Algo falla en nuestro proyecto colectivo para que no hayamos podido hacerlo.









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