España
Ignacio Ramonet Consecuencia de la guerra de Irak y del enfrentamiento que opone la red Al Qaeda a Estados Unidos y sus aliados, los atentados del 11 de marzo en España vinieron a recordar dolorosamente que un año después del ataque contra Bagdad el mundo aparece más inestable, más violento, más peligroso. Contrariamente a la promesa del presidente George W. Bush, el conflicto preventivo en Mesopotamia no ha reducido la intensidad del terrorismo islámico. Muy al contrario. Sus ondas expansivas fomentadas por añadidura por el modo desatroso en que se produjo la ocupación de Irak, no dejan de alcanzar territorios hasta entonces a salvo, como Bali, Marruecos, Turquía y ahora la Unión Europea. De manera odiosa, esta vez ha golpeado a estudiantes y trabajadores, entre ellos muchos inmigrantes, que viajaban a bordo de trenes suburbanos en dirección a Madrid. Más allá de la significación que actos tan abominables pueden tener en el tablero internacional, tal vez no sea inútil, habida cuenta de los considerables cambios operados en la escena española, extraer lecciones que no son solamente políticas. Por primera vez, la acción de un comando terrorista ha provocado una carambola inédita entre un acontecimiento trágico (el atentado mismo), un arrebato mediático sazonado de mentiras de Estado, y una cita electoral crucial (las elecciones legislativas). Rara vez se había visto en la vida de un Estado democrático superponerse y repercutir con semejante intensidad tres temporalidades fuertes: el tiempo del acontecimiento, el tiempo mediático y el tiempo político. Semejante choque no podía sino acarrear conmociones sustanciales. Conocíamos el efecto de los medios de comunicación en nuestras democracias de opinión. Después de los acontecimientos de Madrid y sus consecuencias electorales ¿tendremos que hablar ahora de democracias de emoción? (1). Porque parece indiscutible que la emoción provocada por la tragedia de Atocha tuvo un peso importante sobre los electores tres días después, en el momento de poner la papeleta en la urna. Como asimismo está probado que el Partido Popular de José María Aznar, al que todas las encuestas en vísperas del 11 de marzo daban como ganador, trató de sacar ventaja de esa emoción, manipulando la información, ocultando los indicios que llevaban a la pista islámica y acusando hasta el final a su enemigo preferido, ETA. Cuando el país se encontraba bajo el impacto de los atentados, se suspendió la campaña electoral. Pero en realidad fue reemplazada por una verdadera guerra de la información. Con el objetivo de engañar a la opinión pública, el Partido Popular recurrió al poder persuasivo de los medios gubernamentales, especialmente las cadenas públicas de televisión, asi como a la influyente red de medios cómplices (los diarios El Mundo y La Razón, la emisora de radio Cope, ). < Frente a la información oficial, el escepticismo de muchos ciudadanos fue revelado por diarios como El País o El Periódico, y emisoras de radio como la SER. Por otra parte, la gente se transmitía sus dudas a través de los correos electrónicos, los chats de Internet y los teléfonos móviles, bajo la forma de millones de SMS intercambiados. Así fue como en cuestión de horas (la batalla decisiva de comunicación se libró durante la tarde del sábado 13) se constituyó una red muy eficaz de resistencia antimentiras y de contrainformación que logró movilizar a cientos de miles de electores. Su voto garantizó el triunfo del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y de su candidato José Luis Rodríguez Zapatero. Una de las lecciones morales que se pueden extraer es la excepcional sensibilidad de los ciudadanos a las manipulaciones mediáticas. En España o fuera de ella, la gente ya no soporta ser engañada. Denuncia la desviación tramposa de los medios como uno de los problemas más graves de la democracia contemporánea. El Partido Popular había abusado mucho de su control de la información. Tanto para difundir mentiras que justificaran su compromiso a favor de la guerra de Irak, a la que se oponía la mayoría de la población, como para disimular su responsabilidad en la catástrofe ecológica del Prestige. Sin duda creía que gracias a la hipnosis mediática generada por un atentado tan cruel, una mentira más pasaría sin dificultad. Pero la revuelta comunicativa de los ciudadanos le hizo morder el polvo. En cuanto al chasco de Aznar, a quien algunos en Francia en la víspera del 11 de marzo no vacilaban en presentar como un modelo para la derecha, mirando de reojo a Sarkozy el nuevo, su infortunio debiera recordar el sabio consejo que los antiguos solían dar a los dirigentes políticos, sobre todo cuando eran arrogantes: La roca Tarpeya está cerca del Capitolio (2). NOTAS: (1) Ver Paul Virilio, Ville panique, Galilée, París, 2004. Leer especialmente el capítulo titulado La démocratie démotion. (2) La colina del Capitolio era el centro religioso de la antigua Roma, y allí recibían los vencedores los honores del triunfo. En una de las cumbres del Capitolio se encontraba la roca Tarpeya, desde donde eran arrojados los condenados a muerte Fuente: Le monde diplomatique de abril 2004 (edición española)









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