Ante el ejemplo de Isabel la Católica
VÍCTOR CORCOBA HERRERO (*) Este año se celebra el V Centenario de la muerte de Isabel la Católica. Para unos es una santa, para otros un verdadero demonio. Todo un enigma. Bien es verdad que, cada día, son más los estudiosos que consideran que sus hechos han sido tergiversados. Empiezan a surgir (y a resurgir) voces coincidentes, de que ha sido una mujer promotora de los derechos humanos. Unos valores que hoy en día, están bajo mínimos. Los sufrimientos de las guerras, las valentonadas intimidaciones terroristas, son indicadores de lo poco que vale la vida humana, sobre todo la de los más pobres.
A veces olvidamos que los seres humanos somos imperfectos, con nuestras luces y nuestras sombras. Esta solemne conmemoración histórica, debe hacernos recapacitar, poner claridades en la historia de la reina, tan enigmática como activa, y también en nuestra propia vida. No nos viene mal, arropados por su historia, hacer nuestra propia historia, mezclar sus hazañas con las nuestras de cada momento. Ella simbolizaba unidad y coherencia. Quizás si profundizásemos más en nuestras raíces, como la de la reina Isabel, no tendríamos tantas discordias, ni divisiones. Lo de todos a una, unidos, sigue siendo una necesidad. España se viene parcelando según tonos partidistas. Y eso, no es saludable para la convivencia. La humanidad necesita volver a unirse para afirmar (y reafirmar) el valor de la persona humana.
Por ello, y tornando a nuestra casa, lo importante no es debatir sobre si tienen que estar allí las tropas o regresar, quizás lo fundamental sería ver la forma de crear una Institución mundial que nos ponga en orden tantos desórdenes, para que los demonios se vuelvan ángeles. Nuestra patria ha sido en otro tiempo, toda una potencia de sabiduría para concertar los desconciertos. España podría ser un foro de debate y un encuentro de culturas, en favor del hombre que, de continuar así, camina hacia su autodestrucción.
Nos pierden las pequeñeces, tirándonos los trastos unos a otros, como niños caprichosos. Tenemos que aprender de nuestros pensadores. Nuestras raíces son verdaderamente geniales. La mediocridad y el mal gusto se han apoderado de nosotros. Por poner, un ejemplo, a la reina Isabel, jamás le hubieran metido un gol, de esa envergadura, con una obra que llevase por título: «Me cago en Dios». Pues ahí está en el Círculo de Bellas Artes. ¡Toma belleza e ingenio! Esta atmósfera sí que es un demonio y no la reina Isabel, a la que tendríamos que subir a los altares del corazón, y llevarla como ejemplo a esos parlamentos que seccionan más que juntan. Juntos pero no revueltos, esa es la cuestión.
(*) Escritor









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