Nueva política ecológica
Juan Villacorta
LA conciencia ecológica ha irrumpido en el espacio irrespirable de la política como contrapunto de las ideologías tanto de derechas como de izquierdas, y anunciando un nuevo mundo sustentado en la sociedad del conocimiento que ha sabido conectar con la sociedad, que avanza dos metros por delante de los grandes partidos políticos históricos en Europa. Las catástrofes de los reactores nucleares de Harrisburg, en 1979, y Chernobil, en 1986, sumadas a la irresoluta eliminación de los desechos radiactivos fueron el caldo de cultivo del nuevo espíritu ecologista impregnado de acción política. La conciencia ecologista surge no casualmente en Alemania, y es esta hermenéutica medioambiental la que poco a poco ejerce un influjo creciente en los asuntos tradicionalmente considerados como conflictos sociales. La sociedad occidental, adelantándose al estamento político, vislumbra que en la conciencia medioambiental frente a la globalización económica radica el mayor desafío del planeta.
La protesta ciudadana, en su origen minoritaria y enfrentada a simples problemas burocráticos, se ha convertido en el catalizador de un nuevo movimiento social, todavía hoy indefinible ideológicamente pero radicalmente político en su esencia -si se entiende por esencia la radical indefensión de hombres y pueblos ante el Imperio Mundial de las finanzas- que en el fondo solo reconoce como válida y legítima realmente una única ley de leyes: la Declaración Universal de los Derechos Humanos, ley de rango superior incluso al Estado de derecho, a cualquier modelo de gobierno y a cualquier Constitución, entendiendo que todas estas fórmulas políticas son únicamente operativas, y por tanto revisables y readaptables históricamente.
El movimiento estudiantil surgido del Mayo francés -movimiento de corte burgués- segregó sin embargo una nueva izquierda que se ha ido organizando y creciendo frente a los antiguos postulados comunistas.
El Mayo del 68 alumbró una figura clave, la del activista alemán Rudi Dutschke, que fue mucho más allá de las barricadas de París y comenzó en 1975 -más adelante murió en extrañas circunstancias víctima de oscuros manejos próximos al poder- a reunificar a diversas agrupaciones de izquierdas bajo la bandera programática de la nueva conciencia ecologista; no una actitud ecologista blanda y de escaparate, sino un duro estallido de política nacida de las cenizas ideológicas de la vieja Europa. En el fondo, la conciencia de clase era sustituida por una nueva "conciencia de la especie".
La sociedad del conocimiento, tanto científico como tecnológico, tanto mediático como participativo, ha calado en el inconsciente colectivo de la sociedad europea -no así en la norteamericana y asiática- como nueva filosofía de la especie humana por encima del discurso ideológico. Los ciudadanos se sienten por primera vez en la historia liberados de la influencia dogmática de los partidos políticos y lo que es tal vez más revelador; se sienten por vez primera dueños de su destino y capaces de establecer sus necesidades y derechos fundamentales como una dignidad de rango superior en el decurso de la Humanidad. La sociedad empieza a ser consciente de que en su mano está la posibilidad de decidir democráticamente en qué sentido debe desarrollarse y la necesidad de establecer defensas ante cualquier abuso político y económico.
El único principio moral es el respeto ético a la libertad de pensamiento y acción sustentadas en la diversidad social, cultural, biológica e incluso anímica. La consigna del hombre futuro es ser reconocido como tal, es decir, radicalmente humano en sus derechos emanados de la justicia social.









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