El miedo a la opinión ajena
José María Romera Hasta los más rebeldes e independientes sucumben con frecuencia a los criterios imperantes en la sociedad, a las conductas políticamente correctas.
SE puede vivir a contracorriente, pero todos necesitamos, en mayor o menor medida, un entorno favorable para ser felices. Aunque seamos distintos en gustos y pareceres, nos hace falta encontrar vínculos de identificación con las personas que nos rodean. Es precisa alguna dosis de conformidad con el medio social, de aprobación de los otros, que no nos coloque en la condición de apestados. Por elevado que sea nuestro sentido de la independencia y por muy fuerte que sea la discrepancia respecto de los valores, las costumbres o las creencias imperantes en el ambiente, hacen falta algunos puntos de encuentro amistoso para que la vida no se nos convierta en un suplicio permanente.
Hay quienes buscan afanosamente la integración plena en el medio que les rodea, aun a costa de su libertad. Así ha sido en otras épocas, cuando el orden social ejercía sobre los individuos una presión tan férrea que sólo los cumplidores de la ortodoxia podían circular tranquilos por la calle, sin miedo a ser apresados, insultados, emplumados por herejes o señalados con el dedo acusador de sus vecinos. Así ocurre hoy también con muchos jóvenes y adolescentes, más interesados en recibir la aprobación del grupo -la pandilla, la tribu- que en formar su propio criterio y actuar conforme a él. Pero, en mayor o menor medida, la presión de los esquemas externos es una poderosa fuerza que se impone sobre las ideas y los actos de todos, hasta de los más rebeldes e independientes.
Enfrentarse al qué dirán
Nada tienen de alarmantes las dependencias sociales cuando el sujeto las admite como concesiones a ciertas reglas del juego de poca monta. Sería absurdo pensar, por ejemplo, que por el hecho de ponernos una corbata en un acto protocolario estamos traicionando nuestra ideología. Por otra parte, un bien administrado convenio con las contradicciones menores de la vida en grupo puede resultar sano como ejercicio de sociabilidad y de tolerancia. El problema aparece cuando, en las grandes decisiones, lo acertado se subordina a lo admitido. Son esos casos en que el temor al qué dirán pesa más que el dictado de nuestro albedrío. El sujeto se impone entonces una autocensura a menudo irracional y timorata que puede llegar al bloqueo de proyectos vitales o a la renuncia a la propia felicidad con tal de no contrariar a otros, no ser objeto de sus críticas o no caer en desgracia o sospecha.
A cada paso nos encontramos con individuos que prefieren vivir en disconformidad consigo mismos que sometidos a la crítica de los demás. Son profesionales que en su día equivocaron la elección de carrera por no rebelarse contra la imposición paterna. O parejas que rumian su insoportable malestar en el desamor sin plantearse siquiera una separación que daría mucho que hablar entre el vecindario. O sumisos pesebristas de organizaciones, empresas y partidos políticos en cuya causa no creen pero a los que se sienten incapaces de plantar cara y decir adiós.
Ni que decir tiene que esta es una de las mayores causas de insatisfacción y desdicha de las personas. Durante cierto tiempo se engañan diciéndose que nada hay de malo en rehuir los conflictos, en no crearse problemas ni creárselos a los otros: al fin y al cabo, la tranquilidad también es una ganancia digna de tenerse en cuenta. Pero al cabo de los años el que no ha querido o sabido enfrentarse al qué dirán se siente derrotado y desengañado. Aparte de lamentar lo que ha perdido por no haber impuesto su criterio a tiempo, se avergüenza de su debilidad traducida en pérdida de la propia estima.
Herejes del siglo XXI
Es probable que en los últimos años haya decrecido el temor a la opinión de los familiares, los vecinos o los colegas, es decir, las personas de nuestro entorno más cercano. La flexibilización de esquemas rígidos de pensamiento, el incremento de la tolerancia y de la comprensión en lo que a las conductas cotidianas se refiere -al menos, en apariencia- y la pérdida de prejuicios tradicionales permiten que los individuos no se sientan tan coartados como antes al tomar sus propias decisiones. Pero a cambio ha ido en aumento la presión de la «opinión pública», tan imponente o más que el más tirano de los padres o de los preceptores espirituales.
Ya no se trata de agradar a los más próximos, sino de no caer en las garras de la prensa censorina. No de complacer a amigos y parientes, sino de no poder ser acusado de conductas políticamente incorrectas o socialmente mal vistas: las fijadas por la idea de buena reputación que dictan las modas, los tabúes, las constricciones de las ideologías dominantes. Creemos habernos liberado de la tiranía de qué dirán, pero eso sólo ocurre -si es que realmente ocurre- con el entorno cercano. Otra esclavitud peor nos retiene ahora: la impuesta por el miedo a resultar hereje en las opiniones o anacrónico respecto de los gustos mayoritarios. Es una de las perversiones de la democracia, como advertía Tocqueville, y sobre todo de la democracia mal entendida: la que confunde mayoría con rebaño.









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