Las "excelencias" de doña Isabel
JAVIER BURRIEZA SÁNCHEZ Cuando se inició la causa de la canonización de Isabel la Católica, comenzó una labor de investigación sobre su persona que ha dado como fruto el descubrimiento de una realidad histórica: que fue la primera reina moderna de las tierras de Castilla.
POCOS lectores tendrán en su mente un retrato del rey vallisoletano Enrique IV, conocido más bien por su supuesta impotencia que por su físico pictórico. No ocurrirá así con su hermana y sucesora, la reina doña Isabel la Católica. Esta, junto con su esposo, don Fernando, tuvo muy en cuenta el arte para llevar a cabo una política de presencias, que no solamente se limitó a su tiempo, sino también a los días postreros. Como monarcas llamaron del norte de Europa a los pintores de mejor calidad, con mayor dominio en el dibujo, y fueron estos artistas los que plasmaron sus rasgos físicos, que nosotros podemos leer trazados en descripciones como la de Hernando del Pulgar cuando hablaba de aquellos ojos «entre verdes y azules» de doña Isabel. En cualquier caso, los Reyes Católicos, dentro de su política de eficacias, pusieron en marcha un adecuado sistema de propaganda.
Dentro de esta estrategia, además de la imagen, se hallaba la palabra escrita, alentada por los cronistas que desde los días terrenales de la propia soberana alabarán y elogiarán sin medida sus virtudes. Un primer referente para describir a la reina Isabel era su fortaleza, cualidad inapropiada para una mujer, habitualmente relacionada con la debilidad. Por eso, era necesario encontrar un punto de referencia en las mujeres excepcionales del Antiguo Testamento. La fortaleza de doña Isabel la convertía en una mujer varonil, que no solamente debía ocultar sus flaquezas, sino que además no podía exteriorizar sus dolores, ni siquiera los de parto.
Tras su muerte, en noviembre de 1504, y con la única excepción manifiesta del corregidor de Medina del Campo, que clamaba por la condenación eterna de doña Isabel, la Reina castellana fue asociada a los planes de Dios para con Castilla. Llegó a ser relacionada con la obra corredentora de la Virgen María, convirtiéndose junto con su esposo en "vicaria de Cristo" para el descubrimiento de la Tierra Nueva. Los historiadores que en los siglos posteriores van a reflexionar sobre su importancia hablaban en mayor o menor medida de doña Isabel como la mujer que era en sí misma o como una sombra de su esposo, resaltando o no su condición de estadista. Con la presencia de importantes mujeres en los tronos europeos del siglo XVIII, no resultó extraño que la historiografía de la época realizase una equiparación entre ambos miembros de la "Católica" pareja real.
El fraile agustino Enrique Flórez, autor de una auténtica enciclopedia de lo sagrado, divinizaba en el siglo XVIII a la Reina con exageración, atribuyéndole incluso dotes humorísticas. Para él, doña Isabel era la mujer que ponía la fe en la vanguardia de todas sus medidas y acciones, disculpándola de cualquier defecto personal o error político que pudiese haber cometido. Hasta entonces, la soberana parecía permanecer ajena a los asuntos polémicos de su reinado. Vistos desde el siglo XVIII, estos eran la Inquisición y la conquista de las Indias, aunque el tribunal del Santo Oficio se encontraba ya en horas bajas. Se había abierto el camino de la santidad cuando un siglo antes el polémico obispo de Osma, Juan de Palafox, había establecido el paralelismo entre doña Isabel y santa Teresa de Jesús.
Pero también la Reina Católica se empezó a convertir en un objeto de instrumentalización política. Cuando se escribía historia con intenciones, se ponía en la soberana el ejemplo de la política virtuosa que no se veía cumplida cuando el historiador publicaba aquellas páginas. Doña Isabel, por ejemplo, sabía otorgar oficios de gobierno a quien se lo merecía por sus méritos, y no por sus adulaciones y favores. Si estas ideas se escribían en los días de los validos, la observación cobraba una intencionalidad manifiesta. La misma que demostraban los liberales partidarios de que una niña de tres años, bautizada también como Isabel, pero de Borbón, ocupase el trono español, frente a la oposición carlista. Isabel II, en 1833, era la segunda mujer coronada por derecho en España después de Isabel la Católica. Y entre los defensores de la nación española, tan partidarios del liberalismo, encontraban en la reina castellana un motivo de unidad, haciéndola «hacedora de la Patria», como la denominó en 1904 el alcalde de Valladolid, Pedro Vaquero Concellón. Incluso, los que se oponían al régimen monárquico (y estamos hablando de republicanos como José Muro), creían que los Reyes Católicos (por supuesto Isabel) habían acabado con todas las debilidades políticas de lo hispánico, con una forma de gobierno auténticamente nacional. Otra cosa serán sus nietos y bisnietos pertenecientes a la casa de los Habsburgo o la expulsión de gente tan laboriosa como los judíos, según pensaban algunos regeneracionistas. Y de nuevo, la Reina Católica llegó a estar muy presente (pues tampoco se ha producido su ausencia), en el régimen del general Franco. Entonces, se hablaba de la España Imperial y la imagen de la soberana entró incluso en los bolsillos de los españoles a través de los billetes. Por supuesto, en las escuelas los alumnos percibían aquella época como un primer Siglo de Oro, caracterizada por la eficacia de sus gobernantes.
Precisamente cuando, desde Valladolid, se comenzó la causa de canonización de Isabel la Católica, se inició una labor de investigación sobre su persona, incomparable con lo que se había realizado hasta ahora. Los más importantes medievalistas y modernistas reunieron cientos de documentos desde los archivos nacionales históricos, dentro de recopilaciones y estudios científicos muy serios, apoyados por dos importantes empresarios desde el continente americano. Y con todo ello, la sucesora de Enrique IV, la que fue vista como mano de la Providencia en sus reinos, la forjadora de una nación y unificadora de las fuerzas de la España Imperial, incluso la que decían antisemita que había expulsado a los judíos, comenzó a descubrirse en la realidad histórica como la primera Reina moderna de las tierras de Castilla.JAVIER BURRIEZA SÁNCHEZ/Doctor en HistoriaEl Norte de Castiilla









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