Las verdades de la reina
HOLA OS ESCRIBO DE PARTE DE LA JUVENTUDES COMUNISTAS DE MEDINA DEL CAMPO CON ALGUNOS EJEMPLOS DE "NUESTRA MARAVILLOSA REINA"
La reina de la Inquisición
El polémico año de Isabel de Castilla llega a su fin y pronto será olvidado, para dar paso al Cuarto Centenario del Quijote, que sí merece nuestro recuerdo y elogio por ser una joya del patrimonio literario de la humanidad. Los isabelinos han intentado justificar lo injustificable en el proceder de una reina ambiciosa, dispuesta a todo y a cualquier precio, para conseguir sus objetivos. Su fanatismo la llevaría a introducir en Granada el Tribunal de la Inquisición para acabar con la disidencia, a base de hoguera y tormento. La reina apartó al tolerante Fray Hernando de Talavera y entregó el poder al intransigente Cisneros, con tal de lograr el título pontificio por el que pasaría a la Historia como Isabel la Católica. Los inquisidores condenaron a muerte, por vía de fuego, a más de dos mil personas y el olor a carne quemada en las hogueras inquisitoriales llegó a ser asfixiante. El historiador Manuel Fernández Álvarez lo describe así: «La nueva Inquisición impuesta por los Re yes Católicos, más dura, más arbitraria, más cruel, bajo cuya inspiración se iba a tomar en 1492 una de las más graves decisiones: la expulsión del pueblo judío».
Por su parte, la investigadora Yael Guiladi, especialista en historia de los judíos, establece un paralelismo entre la persecución nazi y la que se produjo en tiempos de Isabel y Fernando:
«Los mismos métodos de la Gestapo, el sistema de interrogación, la delación incluso el principio de la limpieza de sangre». Sin embargo, todavía hay quien insiste en calificar a los Reyes Católicos como «grandes políticos que utilizaron la Inquisición como instrumento útil para conseguir sus fines». Al parecer, su grandeza estuvo en perseguir y deportar a miles de personas, sólo por tener creencias y costumbres distintas. También nos han sorprendido las palabras de Rosa Torres, consejera de Cultura, que calificó a la reina de «mujer extraordinaria y ejemplar». ¿Acaso considera ejemplares las conversiones forzosas y los edictos de expulsión?
La Iglesia Católica ha sido, en gran medida, responsable del intento de rehabilitar a la reina, de la que obtuvo el monopolio religioso en este país. En la Capilla Real, no han faltado los misereres y las misas de réquiem para rendir homenaje a la reina de la Inquisición, pero los obispos volvieron a olvidarse de las víctimas. De los judíos, de los gitanos y de los moriscos, a los que el nuevo orden nacional-católico no dio más salida que la conversión o el exilio. Todo lo que hizo está justificado, dicen los defensores de la reina, porque creó el Estado moderno. Algunos tienen la osadía de llamar «moderno» a un Estado excluyente y sectario, que puso fin a varios siglos de avance técnico y científico. Basta con ver la exposición 'Al-Andalus y la Ciencia', en el Parque de las Ciencias de Granada, para sentir admiración por el legado andalusí. Federico García Lorca explicó con meridiana claridad lo ocurrido tras la conquista de Granada: «Fue un momento malísimo, aunque digan lo contrario en las escuelas. Se perdieron una civilización admirable, una poesía, una arquitectura y una delicadeza únicas en el mundo, para dar paso a una ciudad pobre y acobardada».
El aznarismo sin Aznar gobierna hoy el Ayuntamiento de Granada, empeñado, cada 2 de enero, en dividir a la ciudad entre vencedores y vencidos, con la inestimable colaboración del grupo municipal socialista. PP y PSOE han hecho la reconciliación del 36, suprimiendo la fiesta del 18 de julio, pero se niegan a hacer la de 1492. El PSOE municipal se lo pasa en grande con la parafernalia militar y religiosa del Día de la Toma, una fiesta anacrónica que está en las antípodas del socialismo democrático. Prefiere a Isabel de Castilla, antes que a la granadina Mariana Pineda, tal y como pudimos comprobar en el Pleno municipal del pasado 26 de noviembre, cuando votó en contra de cambiar la fiesta del 2 de enero por la del 26 de mayo. Un día celebra la Toma y rinde homenaje a la intolerancia y, al siguiente, propone que Granada sea la sede para la Alianza de las Civilizaciones. Aquí vale todo. Un día pone flores a los verdugos y, el otro, a las víctimas.
Cuando observamos tanto despropósito, nos vienen a la memoria las palabras del escritor y académico Francisco Ayala sobre la Toma de Granada, en su libro Recuerdos y olvidos: «No sé por qué, esa ceremonia, a la que nos llevaban como a una alegre diversión, me inundaba de tristeza. ¿Sería bastante para ese efecto el sentimentalismo, en gran medida literario, las nostalgias arábigas derramadas sobre mi imaginación infantil ? ¿Bastarían esas cosas para hacerme amarga la conmemoración de la Toma de Granada por los Reyes Católicos, una amargura, por lo demás, nunca confesada a nadie? Y cuando Ayala emprendió el camino del exilio, al final de la Guerra Civil, lo comparó con la expulsión de Boabdil y los moriscos granadinos: «Yo, por mi parte, también me sentía venido a menos me cuidé mucho de no hallarme presente en la investidura de los nuevos poderes, adornados con el yugo y las flechas de Isabel y Fernando, pues ahora no sería un simulacro, una simple ceremonia sólo penosa para la fantasía literaria de un niño, sino la atroz realidad a la que sucumbieron, entre tantísimos millares de víctimas, García Labella, Lorca y varios miembros de mi propia familia». El socialismo granadino debería reflexionar seriamente sobre las palabras de García Lorca y de Francisco Ayala, para superar esta contradicción que le resta coherencia y credibilidad.









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