Ruido y cultura

JAVIER GUTIÉRREZ HURTADO/
LA presentación de Cork, pequeña ciudad irlandesa, como capital europea de la cultura durante el año 2005, me produjo una sensación diferente a la de otros acontecimientos de carácter similar. Un escenario de seriedad y sosiego llamó mi atención en medio de tanto ruido y de tanto furor expositivo. Sus intenciones contrastaban con las de otros eventos culturales: «Crear cultura en lugar de exponerla». Ahí es nada. «Nuestra ciudad ha hablado a Europa y Europa ha venido a nosotros, como iguales, como ciudadanos del mismo nivel en una gran parlamento de las ideas». «Durante todo el año vamos a intentar demostrar que la cultura es algo personal. Queremos dejar hablar al artista, oír cómo se explican los directores de cine, ver a los ceramistas trabajando, queremos que las comunidades locales hagan, interroguen, tutelen».

Estas frases, leídas desde un país donde cada vez es más difícil distinguir entre cultura y espectáculo o negocio, suenan bien. Nos animan a quienes creemos que no hay que organizar olimpíadas o exposiciones universales para recordar al mundo que existimos, que tenemos detrás muchos siglos de cultura, y que somos capaces de renovar, día a día, nuestras propuestas culturales. También nos pueden venir bien para escuchar por encima del ruido del espectáculo hacia dónde va la llamada política cultural.

Ha pasado por nuestra ciudad Atara Isozaki, arquitecto japonés de prestigio universal. Dicen que llegarán con él otros colegas de fama mundial: Richard Rogers, que ya ha iniciado la construcción de una bodega en Peñafiel, y Renzo Piano. Pero el ruido de los maestros no puede ocultar que, detrás suyo, venían los otros protagonistas de la visita, un grupo de empresarios que quieren construir un gran complejo de ocio, palacio de congresos y, sobre todo, muchas viviendas. También hablan de un proyecto "multicultural". La expresión resulta chocante. Será que lo embrionario del asunto no nos permite entender a los demás la profundidad de la propuesta. Este ruido es muy común. Siempre es mejor que las urbanizaciones y los edificios sean armoniosos, pero no podemos olvidar que la participación en el «gran botín de las plusvalías» se encuentra muchas veces detrás de la pasarela del selecto grupo de arquitectos multinacionales. El reciente ejemplo del Forum de Barcelona es una muestra más.

Espectáculo

Otro ruido, el del espectáculo, seguramente más necesario y problemático, dificulta la búsqueda de la sustancia cultural detrás de muchos productos que gestionan los ministerios, consejerías y concejalías del gremio. En Cork han optado: prefieren hacer cultura que exponerla. Aquí, da toda la sensación de que nuestras autoridades están en el lado opuesto. Las noticias se suceden en este sentido. Hay que hacer contenedores culturales, cuantos más mejor; cuanto más espectaculares y con firmas más famosas detrás, mayor apariencia de éxito. La competitividad entre municipios tiene, en nuestro país, su máxima expresión en este tipo de propuestas. Sin planes previos, sin líneas serias de futuro. Se trata de construir, inaugurar, hacer jornadas de puertas abiertas, y esperar a ver por dónde se mete la tijera del recorte del gasto corriente en un futuro inmediato. Ya la capitalidad cultural de Salamanca supuso una llamada de atención a la que apenas se hace caso. Triunfaron la ciudad de siempre, hoy cuidada, y sus gentes. Muchas infraestructuras llegaron tarde. Hubo desastres constructivos para todos los gustos. Algunos contenedores culturales andan todavía a la búsqueda de su sentido. Viejos e interesantes museos sufren la beligerancia del Ayuntamiento.

Proliferación de museos

Sirva también como ejemplo de tensión mal resuelta la proliferación de museos de arte contemporáneo por la región. La relación es prolija: el Museo Patio Herreriano en Valladolid, el Esteban Vicente en Segovia, el Domus Artium en Salamanca, el Centro de Arte de Burgos, y el Museo de Arte Contemporáneo de Castilla y León en la capital leonesa. Los costes constructivos han sido elevadísimos y el sector público se ha visto muy solo en la tarea. Se han rehabilitado edificios importantes que corrían serios riesgos. Se han construido otros nuevos muy interesantes.

Pero, ¿existe sustancia cultural a la altura de los edificios? La edición de la Feria Internacional de Arte Contemporáneo (ARCO) de este año va a contar con 289 galerías de 35 países. Entre las 89 españolas no habrá ni una sola representando a Castilla y León. La pregunta es obvia, ¿tenemos una producción a la altura de nuestra capacidad expositiva? No considero adecuada esa moda de medir la cultura por el número de personas que acuden a los museos, pero ¿van a ser capaces todos estos museos de vivir, es decir de tener visitantes que disfruten y aprendan, artistas que cuelguen sus producciones, e investigadores que realicen la difícil labor de conocer mejor lo expuesto y orienten con tino las nuevas adquisiciones? Un museo bien concebido y con una colección importante, como el Patio Herreriano, tiene que superar todo tipo de dificultades para sobrevivir con dignidad y las expectativas se han visto, en parte, defraudadas. Esperemos que antes de meter la tijera al gasto corriente se busquen otro tipo de soluciones.

No se puede olvidar, en este mismo debate, el abandono que sufren determinadas producciones culturales. Ahí están las gentes del teatro y de otras muchas producciones. Con algunos de ellos se ha llegado a utilizar la cicatería y la venganza para intentar acallar las voces críticas. Tampoco se puede olvidar la realidad de nuestras enseñanzas musicales y artísticas. Mucha fanfarria y poca sustancia. En ese sustrato se encuentran a gusto algunas de nuestras paradojas colectivas: todos estos espectáculos conviven con las bajas cifras de lectura que, sistemáticamente, dan las encuestas.