Los agujeros negros

SUSANA ORDÓÑEZ/Jurídico urbanista Paul Cutzen, premio Nobel de Química por sus descubrimientos sobre la capa de ozono, se asombraba del "oscurantismo automovilístico" de nuestras ciudades. Valladolid -dice la autora- es un buen ejemplo de urbe donde la tiranía del coche crece día a día.
EN Valladolid sucede que tropezamos cien veces con la misma piedra. Conocemos -desde hace años- por la experiencia internacional y nacional, por infinidad de estudios, directrices y otros documentos que ratificamos y que incluso forman parte integrante de nuestra normativa, las sugerencias de acción que proliferan en la planificación actual, y hay una tendencia inevitable a limitar el tráfico, a reducir la agresión y la invasión física del coche en la ciudad, a limitar los aparcamientos subterráneos en el centro urbano únicamente para residentes, a la planificación de aparcamientos subterráneos en rotación y disuasorios fuera de los limites del centro urbano, y programas con el apoyo de fondos europeos y de nombres tan elocuentes como "ciudades sin coches". A largo plazo, lo que se plantean el resto de las ciudades es la creación de condiciones favorables para la conexión hogar-bicicleta-tren-bus-paseo-trabajo, restricciones a los coches y ganancia de espacio libre para los ciudadanos. No son medidas en contra del automóvil, sino a favor de una mejor calidad urbana.

Sin embargo, en Valladolid la tiranía "tabú" del automóvil crece. Crecen los vehículos en las calles, las plazas de aparcamiento crecen, la congestión aumenta, los autobuses son más lentos y el servicio se deteriora, y vuelta a empezar: más y más suelo se transforma en vial y aparcamiento para dar cabida a un número creciente de vehículos. Y nuestras plazas y jardines en el centro urbano son convertidos en grandes agujeros negros. Todos los aparcamientos públicos subterráneos de rotación se localizan en la zona centro y la mayoría de los previstos en el Plan Integral de Movilidad Urbana Ciudad de Valladolid, también. Es algo así como la dependencia de una adicción que crea hábito en la Administración municipal. Aquejada de una sordera psíquica sobre la que rebotan las demandas ciudadanas -Federación de Asociaciones de Vecinos, grupos políticos municipales en la oposición, sindicatos, asociaciones, etcétera-, que comparten la ambición de discordia con el desorden municipal y lo irracional de lo establecido y una exigencia de lucidez, que constata que sería una estrategia prudente preferir enfoques de accesibilidad que ya han funcionado bien: promover la calidad urbana evitando atraer tráficos innecesarios; garantizar la accesibilidad de residentes como sinónimo de vitalidad social y aparcamientos subterráneos en rotación en las zonas próximas a los accesos al centro urbano. Son necesarios y positivos los aparcamientos para residentes que permiten mantener los vehículos en reposo sin necesidad de utilizarlos diariamente, pero los rotatorios son elementos generadores de más tráfico.

El problema de esta "política" incremental de agujeros negros en el centro urbano es que se torna incapaz de soluciones duraderas, y lo que es peor, las "soluciones" actuales se revelan ya como parte del problema de un futuro que mañana mismo es presente.

¿Dónde debe ponerse el énfasis: en mover vehículos o en mover personas? ¿Debemos seguir adaptando Valladolid a las exigencias del coche o debe iniciarse una nueva política en la que sea el coche el que quede subordinado? ¿Estamos hablando de transporte, o se trata quizá de un planteamiento relativo a la calidad de vida urbana? ¿Estamos quizá limitando la capacidad de actuación futura? ¿Es sostenible - en sentido ecológico, económico y social- el esquema propuesto por el Gobierno municipal o están primando los intereses inmediatísimos de la generación actual?

Cayeron la plaza de España y la de Zorrilla. Ahora le toca a la plaza Circular y le tocará a Portugalete. Somos además una ciudad arboricida, asolada por el alquitrán y la antipatía pedante de las plazas duras, que es en lo que se convierten, si hay suerte, las plazas y jardines que los coches nos arrebatan sin compensación. Pero la dirección es la contraria. Hay ciudades que regulan el tanto por ciento de árboles por calle por cada mil habitantes para restablecer y salvar lo más valioso que tenemos: el aire que respiramos. Dublín establece 2.000 árboles por cada 1.000 habitantes; Ginebra, 1.333 arboles, o Hamburgo, 92. Con plantación a los dos lados, el estándar europeo en ciudades medias se sitúa en 200 y 250 arboles por kilómetro de calle. Resulta desolador comparar.

Todos los agujeros negros llevan la promesa de replantación de los arboles talados, de recuperación para los vecinos del espacio verde y el cobijo de la sombra que les ha sido expropiado. Ni siquiera esa pequeña compensación ha visto nunca la luz. Pero si veremos las consecuencias en el Campo Grande del agujero de Zorrilla. Paul Cutzen, premio Nobel de Química por sus descubrimientos sobre la destrucción de la capa de ozono, se asombraba del espectáculo de nuestro "oscurantismo automovilístico" y atestiguaba con incredulidad y asombro la evidencia de una aberración. Cutzen es de Holanda, donde las ciudades aún son hospitalarias para los humanos y para la agilidad limpia de las bicicletas.