¡Ya está bien, Señores Obispos!

Sun, 10 Jul 2005 22:56:31 +0200 Fecha:
Ya no sé que titular poner para hacer llamativo a este escrito, que, como carta de náufrago, lanzo de vez en cuando al mar en que sobrevivo por si alguien quisiera echarme/nos una mano. Supongo que el mensaje habrá llegado a más de los pocos de que tengo noticia. Me gustaría, francamente, -quizá suponga presunción por mi parte- el que, por lo menos los que nos conocemos, me digan lo que piensan sobre él. Aunque sea en términos condenatorios. Su silencio a veces así lo interpreto. Aunque a veces me atrevo a pensar que es por cierta pereza mental de ponerse a escribir o sincerarse consigo mismo. Hasta ahí llego. ¡Perdon!
El titular, es lo de menos. Es verdad que los acontecimientos se suceden tan atropelladamente y siempre en el mismo sentido que bien se ganan a pulso el que ese titular se repita. Creo, sinceramente que, los que nos parece tan disparatada y subida de tono la actitud de la Conferencia Episcopal Española –que por lo demás me parece en consonancia con lo que hemos tenido que contemplar y sufrir en pasados días en lo que los “medios” nos han atosigado desde el Vaticano- no debemos, no podemos ya callar. No sé si se nos oirá, pero nosotros gritaremos. ¡Ya está bien, señores! ¡Bájense esos humos! ¿No se dan cuenta de que, a pesar del oropel de ese aparente triunfo aplastante, sobre todo mediático, del papado en esos inacabables días del relevo, si se filtra todo con el tamiz y criterios del evangelio nos quedamos con nada positivo para la construcción del Reino, sino retroceso y deterioro de la liberación a la que Jesús nos animó y no deja de impulsarnos con su Espíritu?
¿Y no se les ocurre pensar que en esa campaña de desprestigio que aprecian que se da en España, algo tendrían ustedes que ver? A mi parecer, esta campaña, si es que existiera, estaría de más. En el sentido de que no es necesaria. Que muchas de las sucesivas situaciones e intervenciones de la Jerarquía, parte - demasiado visible o visibilizada -, de la Iglesia, se bastan por sí solas para desprestigiarla, causar hasta desprecio y hacernos sentir vergüenza ajena. Vergüenza, porque la Iglesia también somos nosotros; ajena, porque cada vez nos sentimos más ajenos a esa jerarquía desde el punto en que se obstina en desempeñar su ministerio de forma tan cada vez más patentemente inhumana y antievangélica. En verdad el espectáculo es deprimente. Todas las actuaciones -y su esperpéntica visualización- del Papado y, tras él (o ¿a través de él) de la Curia, del Colegio Cardenalicio y del conjunto de los obispos..., son como la viva representación de la decrepitud de la iglesia que se empeñan en gobernar monolíticamente.
“¡Quién va a negar que la tradición cristiana, si se nutre de la experiencia vital de Jesús de Nazaret, posee una ingente carga de verdad y luz para la humanidad! Si esto es así, algo ha sucedido en la historia de ambas realidades, Iglesia y sociedad, para desembocar en el espectacular desencuentro actual que parece no tener fin. La institución que pretende ser fermento, luz, sal y “maestra en humanidad” se ha convertido en barrera, pantalla opaca y escándalo. A nadie duele esto más que a quienes, cautivados por el mensaje de Jesús, no estamos dispuestos a abandonar la herencia viva que late en tantas personas y comunidades cristianas por más que la macro-institución se haya convertido en un inhóspito hogar”.
Pues bien: aunque es verdad que estos pontificados nos ha retrotraído al invierno preconciliar, el mal es más profundo. Nos vamos convenciendo de que es necesaria una “refundición” de nuestro cristianismo. Los retos que nos imponen los signos de los tiempos nos exigen un autoexamen radical, colectiva y personalmente. “La configuración de las iglesias no transparenta la utopía cristiana, sino la oculta. Ahora bien, semejante revolución parece tarea imposible en un constructo secular tan monolítico, tan trabado y de tan férrea disciplina como es, sobre todo, el cristianismo católico: ¿no se limita a veces la intención a simples reformas cosméticas? ¿qué se puede esperar de decisiones jerárquicas en un eventual nuevo concilio? ¿qué es lo secundario y qué lo principal? ¿qué es lo cambiante y qué lo inmutable? Preguntas decisivas para una refundición de la iglesia Y no se trata de cambios de tono menor sino que afectan a aspectos nucleares”.
En el occidente cristiano se está produciendo, aunque tímidamente y en minorías, un sobresalto de autenticidad. Se va extendiendo como mancha de aceite otro estilo de cristiano, esponjado y libre. Y ello desde la base, sin esperar ningún permiso oficial. A falta de pastores audaces (pocos lo son), apenas nos sentimos comprendidos y asistidos por un puñado de teólogos y teólogas más punteros. Incluso ellos son, con frecuencia, tan moderados y prudentes -se diría que por miedo- que, al menos cuando escriben, o bien soslayan los problemas fronterizos o los disimulan bajo fórmulas alambicadas en exceso polisémicas”.
“Las cosas están cambiando, la revolución de este tiempo-eje no se detiene pero urge acelerarla con clarividencia y audacia: por dos razones principales: porque la sangría de jóvenes no se detiene y sin ellos poco futuro nos queda. Es más: algunos de nuestros hijos nos preceden sin saberlo en el camino. Debemos acelerar el paso, no para “recuperarlos” sino para recuperar la comunicación y buscar juntos.” “Y, sobre todo, porque la mediocridad eclesial del momento (jerarquía y pueblo) es indiscutiblemente el mayor obstáculo para el Reino” –lo central de la tarea y el mensaje de Jesús-, “si por Reino entendemos la humanización integral, con preferencia por los empobrecidos que son dos tercios de la familia humana.” Y en concreto, en estos momentos, lo urge de una manera también imperiosa la pluralidad de Culturas y Religiones que cada vez de una manera más intensa se enfrentan en la aspiración a sobrevivir en un mundo cada vez más compartido. Se ha dicho que no habrá paz mientras las religiones no se reconozcan y respeten. Y algo, mucho, tenemos que hacer los cristianos en esta tarea.
“Urge, pues, la revolución en las iglesias desde la base” Por tanto se trata también de una tarea personal. “Toda persona creyente, si quiere o se ve obligada” (y pienso que hoy día todos tenemos, a nuestra medida, esa obligación) “a superar la fe del carbonero, no tiene más remedio que hacerse preguntas, interpelarse y dejarse interpelar por la realidad en que está inmersa, asumir la perplejidad y el desconcierto, convivir con la duda y hasta experimentar el vértigo del agnosticismo o de la increencia. En una palabra, caminar hacia la adultez cristiana, lo mismo que caminamos con mayor o menor éxito hacia la adultez humana.”
“A veces nos encontramos con personas muy críticas en su campo técnico profesional (medicina, ciencias, informática…), pero que mantienen un desconcertante espíritu pre-crítico respecto a los temas religiosos. Se produce una especie de esquizofrenia mental entre la capacidad para analizar, discutir y hasta rechazar cualquier posible enunciado científico y el absoluto bloqueo que experimentamos ante la menor duda o crítica en temas religiosos. Me resulta complicado imaginar cómo se puede vivir en esa dualidad.
Por otra parte, las generaciones jóvenes que no han pasado por la etapa infantil o mágica en que hemos vivido inmersas otras generaciones mayores, despachan de forma expeditiva multitud de enunciados religiosos porque a la simple vista les resultan incoherentes o incomprensibles. Eso del “misterio”, con el que nos embaucaban en otro tiempo, les suena a cuento chino y a mentalidades pretécnicas que no resisten el menor análisis.
De modo que nos debatimos entre dos fuegos (sin ganas de dramatizar, por supuesto): gente que se escandaliza a la menor sugerencia, o sospecha que ponga en cuestión las creencias o doctrinas religiosas tradicionales y gente que nos desborda por la izquierda, eliminando de una sola tacada el envase y el contenido, el fondo y la forma, el ropaje cultural y el mensaje permanente.”
”Para responder a todas estas cuestiones, es decir, para conducir este proceso de cambio profundo existen, a mi entender, al menos un par de claves previas sin las que no cabe dar un paso. La primera es cuestionar el papel del poder jerárquico. No lo negamos como servicio y carisma pero cuestionamos frontalmente su sentido y ejercicio actuales; por lo demás, su historia secular, con sus graves errores tanto en ortodoxia como en ortopraxia, nos ha enseñado a recelar de su pretensión de vehicular indefectiblemente la voluntad de Dios. Desde ahí nunca llegará el cambio, ni siquiera mediante un concilio de corte más o menos aperturista. Pero no me detengo en esto. La segunda clave estriba en caer en la cuenta y entender que no puede existir religión alguna que Dios haya vinculado a su propia decisión, es decir, que sea revelada en el sentido clásico del término. Y siendo esto así, que nada existe ni puede existir en cualquier religión (tampoco en la cristiana) que sea inmutable en virtud del derecho divino.”
La primera clave a todos nosotros (me refiero, naturalmente a los “cristianos de base” y gente que va por libre) nos parece ya a estas alturas evidente. La realidad se impone machaconamente.
Respecto a la segunda: a muchos de nosotros nos cuesta trabajo admitirla sin más. Pero, en general, hemos tenido la suerte de compartir y crecer nuestra fe con personas, buscadores honradamente despiertos en la búsqueda y el seguimiento del mensaje de Jesús. Y parece que ahora nos vamos dando cuenta de que “todo” nos iba conduciendo a prepararnos a afrontar con humildad (¡la humildad es la verdad o más bien, la verdad es humilde!) estos nuevos tiempos en que se nos invita (se nos impone) a todos los hombres (¡y mujeres!) de todas las culturas y religiones a mirarnos a la cara, tratando de despojarnos de todos los impedimentos que nos impiden una verdadera comunicación, (que de eso sí podemos estar seguro que Dios lo quiere)
Este escrito (lo de las actuaciones de los Obispos, la “persecución” y lo del Papado, al fin y al cabo no son sino un pretexto...) no tiene más intención (pretenciosa, si, pero allá va…), que la de invitar a esa tarea (personal y codo con codo…) a la gente con la que más o menos me relaciono o les pueda llegar. Porque, en principio, pienso que tienen o pueden tener esta misma “comezón”. Esta “invitación”, como veis por las comillas, es un entretejido de citas de escritos de Pope y, sobre todo, de Juan Luis Herrero (que ellos me perdonen el mal uso que haya podido hacer de sus citas: me han servido de vehículo de lo que pienso; hasta quizá les haya malinterpretado, vete a saber..). Unos escritos que ya he procurado difundir y que posiblemente conoceréis. A mí me han impactado mucho y creo que me han dado un empujoncito a dar pasos que yo andaba reticente en dar.