Socialismo, liberalismo y democracia. Jean-Francois Revel en Revista Veintiuno
. Mi pregunta inicial es ¿cómo fueron posibles los totalitarismos del siglo XX? Se sabe que el totalitarismo es un régimen basado sobre una ideología. Y es cierto que el siglo XX se puede definir como el siglo de las ideologías y también, más tarde, como el siglo del rechazo, aunque inconcluso, de las ideologías.
Nuestra primera tarea, entonces, va a consistir en tratar de definir, describir e incluso —si es posible— explicar qué es una ideología, cuáles son sus orígenes, cómo funciona, qué exigencias satisface, cómo empieza y cómo termina, cuáles son sus relaciones con la acción, con la realidad y cuál es también la relación del concepto de ideología con el concepto de utopía. Una ideología no es solamente una concepción interpretativa general, una teoría o un proyecto intelectual.
Todos los hombres, todas las civilizaciones, todos los gobiernos tienen más o menos un sistema —explícito o implícito— de nociones, de creencias, de hipótesis y de valores que sirven para orientar sus acciones tanto a corto como a largo plazo o, caso más frecuente, para justificarlas cuando fracasan. Pero cuando ese sistema puede evolucionar, tener en cuenta las lecciones de la experiencia, analizar los fracasos y los éxitos, empezar de nuevo a analizar los hechos, ese sistema entonces no es una ideología: se llama pensamiento (aunque pueda ser una mezcla de racionalidad y de irracionalidad).
La teoría es un sistema abierto, la ideología es un sistema cerrado. La teoría puede cambiar, la ideología no. Mucho más, la teoría vive solamente si cambia con la experiencia y la reflexión; por el contrario, para la ideología el cambio es la muerte. Así como la experiencia es vital para la teoría, el cambio es el enemigo supremo de los ideólogos. Además, la ideología tiene pretensiones científicas, está convencida de ser la ciencia.
El socialismo de Marx y Lenin, para sus fundadores y adeptos, era la ciencia. Pero, en realidad, la ideología no es más que un mimo de la ciencia. El método científico consiste para el pensador en corregir sus propios errores. El ideólogo está convencido de que nunca comete yerros. Cuando fracasa, no es porque se haya equivocado: la realidad es la que tiene la culpa. Y la ideología es también, además de mimo de la ciencia, mimo de la religión. Muchos ex comunistas desengañados suelen decir: “El comunismo para mí fue como una fe, como una religión”. Esto es un sofisma, porque la fe religiosa concierne al mundo sobrenatural, busca la felicidad eterna después de la muerte con la ayuda de
nuestro mundo, con la ayuda no de Dios sino de Brezhnev, Mao Tse Tung o de Fidel Castro. En resumen, la ideología es una mezcla de falsa ciencia y de falsa religión, una combinación de sucedáneos de pensamiento y de fe.
La ideología, sin embargo, sería una ocupación inofensiva si fuese solamente un juego intelectual, si no tuviera la ambición de gobernar, someter, reorganizar, regenerar y regentar a la Humanidad. Es aquí donde entra la noción de utopía. La utopía es un proyecto de reconstrucción integral de la sociedad humana o de construcción de una nueva sociedad humana a partir de cero. En ambos casos, la utopía implica la aniquilación de todo lo que existiese antes de su realización. Todos los autores utopistas, desde Platón hasta Marx —pasando por Tomas Moro (quien inventó, como se sabe, la palabra misma de utopía) y por Campanella, Rousseau, Owen, Fourier o Cabet— tienen, en lo esencial, el mismo programa, la mayoría de las veces sin haber leído a los otros. Lo que sugiere que se trata de una categoría del espíritu humano.
Primera idea: La sociedad existente es totalmente mala. En consecuencia, hay que destruirla totalmente y reemplazarla por otra, cuyo modelo perfecto tenemos ya construido en nuestro intelecto.
Segunda idea: La nueva sociedad, y por supuesto perfecta, no se puede construir con el antiguo material humano, irremediablemente contaminado por la sociedad anterior. Platón quería expulsar de su República a todos los hombres que tuvieran más de diez o quince años, quizás veinte, a todos los irrecuperables. A los utopistas del siglo XX les fue más cómodo matarlos o mandarlos a los llamados campos de reeducación. Notemos que se trata aquí de medidas estrictamente preventivas, sin que los eliminados hayan manifestado todavía ninguna oposición activa al régimen.
Tercera idea: La nueva sociedad tiene que ser una sociedad cerrada, autárquica, que secuestra a sus habitantes, con prohibición de salir, de viajar al extranjero, para evitar el peligro de que regresen contaminados por esos contactos con sociedades sucias.
Cuarta idea: Todos los proyectos utopistas —y hablo, una vez más, aquí de los utopistas del pasado, anteriores a Marx y al socialismo moderno— organizan una sociedad colectivista, sin propiedad privada, con uniformización completa de la vida, la arquitectura y las artes. Platón quería expulsar de la ciudad ideal a todos los poetas y J.J. Rosseau quería prohibir o reglamentar el teatro (Cartas a d’Alembert sobre los espectáculos). El realismo socialista de Idanov o las óperas de la señora Mao Tse Tung fueron planificadas mucho antes de nuestro siglo. En los autores utopistas antiguos también el vestido y la comida están uniformizados según los reglamentos del Estado megalómano. Además, cada miembro de la ciudad perfecta así construida, tiene el deber de denunciar a todos los sospechosos. La sociedad perfecta es una sociedad de soplones.
Se podrían añadir muchos otros detalles de la literatura utopista. Lo importante es que permite descubrir cómo muchos rasgos de las sociedades totalitarias contemporáneas fueron atribuidos a una degradación, una traición del ideal primitivo. Pero no: el totalitarismo era ese mismo ideal. Especialmente ahora, cuando no se pueden ignorar los crímenes del comunismo, se oye frecuentemente: “sí, pero lo que pasó no fue el verdadero comunismo, fue una perversión debida a Stalin, o a Pol Pot, o a la necesidad de defenderse contra el enemigo exterior o interior”. Eso no es cierto. La represión total resulta de la concepción original. Los utopistas que la delinearon en la ideología pura eran pensadores que operaban en la abstracción; hasta que no llegó Lenin no tuvieron ninguna responsabilidad o dificultad política concreta. Delinearon sus utopías porque pensaban que eran necesarias para construir el “hombre nuevo”.
Y los utopistas que mucho más tarde tomaron el poder empezaron las depuraciones de manera profiláctica, desde las primeras horas de sus regímenes.
El razonamiento que precede a ese tipo de represión es muy sencillo: “Tenemos un sistema ideológico que es la verdad científica absoluta, luego tenemos el derecho y el deber de imponerlo por todos los medios existentes y de eliminar —también por todos los medios— a los seres humanos que se opongan o que podrían oponerse, a la realización de nuestro proyecto”. Cabe entonces concluir que la ideología, más la utopía, más el poder, es el totalitarismo.
Ahora pasemos por lógica a otra pregunta: ¿es posible un socialismo no totalitario? La respuesta consecuente no puede ser otra que no. Naturalmente no hablo aquí de todos los partidos llamados socialistas o laboristas que, por todo el mundo democrático, discuten sobre si dan al Estado un papel más o menos amplio en la gestión económica. Hablo del socialismo original y puro que quiere suprimir totalmente la propiedad privada de los medios de producción y de cambio, y controlar también los medios de educación y de cultura para crear una sociedad nueva, un hombre nuevo. Ese socialismo —el único auténtico— está fundado sobre un razonamiento muy sencillo: “Tenemos la verdad absoluta, la ciencia segura de la sociedad perfecta. En consecuencia, tenemos el derecho de tomar para nosotros el poder total a fin de realizar nuestro programa, y de eliminar políticamente y, si fuera necesario, físicamente, a todos aquellos que de manera activa o pasiva, sean obstáculos a nuestra construcción socialista”. Por eso, el verdadero socialismo es siempre totalitario y es también, en consecuencia, necesariamente terrorista.
Naturalmente los partidos totalitarios o laboristas de las democracias modernas se relacionan más o menos con esa tradición. Para ellos, el capitalismo y el liberalismo siguen siendo en principio sistemas perniciosos y peligrosos. Pero esos partidos laboristas modernos son conscientes también del fracaso del socialismo clásico, utopista y totalitario, con la quiebra económica que produjeron con el hambre y la sangre de los pueblos. Buscan entonces un compromiso, un acomodamiento al capitalismo porque es productivo, pero con el menor liberalismo posible y la mayor regulación estatal posible, aunque compatible con la democracia política. Este compromiso, lo sabemos, se llama frecuentemente socialismo de mercado o la “tercera vía”; y sabemos también que la historia del siglo XX es un cementerio de terceras vías.
Cuando hablo de la tercera vía no hablo de los sistemas modernos de protección social, que en nuestro siglo se desarrollaron ante todo en países del capitalismo democrático. Hablo de lo que quiso hacer Gorbachov o lo que tratan también de hacer ahora los chinos: utilizar al capitalismo como salvavidas económico, sin renunciar no obstante al totalitarismo político del socialismo dictatorial. Lo que hace muy difícil una discusión entre un liberal y un socialista —o un nostálgico del socialismo real— es que, según el socialista, el liberalismo es malo porque no es perfecto. Durante una entrevista con un periodista, aquí en Madrid, a mediados de noviembre de 2000, me decía: “hay una grave crisis económica ahora en Argentina, luego el liberalismo no funciona”. Le contesté: “nunca he dicho que la economía liberal tuviera solamente éxitos, digo que tiene menos fracasos que la economía colectivista”.
Cuando se observa globalmente la historia del siglo XX, resulta de los hechos que los países del capitalismo democrático alcanzaron un nivel y una calidad de vida muy superiores a los del socialismo real. El periodista me contestó: “pero hay mendigos en las calles de París”. Desgraciadamente sí, pero no hay millones y millones de muertos como en la China de Mao o en la de Etiopía de Mengistu. Me di cuenta que, según ese periodista, los fracasos parciales del liberalismo lo condenan completamente, mientras el fracaso completo del socialismo real no lo condena porque el socialismo es intrínsecamente perfecto, y que entonces su fracaso total no manifiesta su esencia natural. La discusión era importante porque él estaba convencido de que para mí el liberalismo era un sistema perfecto, simplemente, hermano gemelo pero antagónico del socialismo.
Los socialistas objetan, por ejemplo, a los liberales: “el mercado no resuelve todos los problemas”. Naturalmente que el mercado no resuelve todos los problemas. Simplemente el mercado es mejor sistema de reparto de los recursos que la distribución autoritaria y planificada, nada más. Es preferible resolver algunos problemas con el liberalismo que no resolver ningún problema con el socialismo. Por supuesto, mi amigo el periodista madrileño no aceptaba la idea de que el socialismo real no resuelva ningún problema, porque estimaba los méritos del liberalismo teniendo en cuenta los hechos y estimaba los méritos del socialismo teniendo en cuenta el ideal utópico que el socialismo quisiera realizar, que los socialistas se jactaban de ser los únicos capaces de lograr.
Lo repito: el liberalismo no es una ideología, no es el socialismo al revés. Tenemos el mismo círculo vicioso cuando se trata de la democracia política. El socialista señala justamente que las democracias liberales capitalistas cometen ciertas violaciones de los derechos humanos, o sostienen ciertas dictaduras en el extranjero cuando creen que hacerlo tiene un interés político real. Estoy de acuerdo con ese juicio e incluso escribí todo un libro, Cómo terminan las democracias, para analizar las consecuencias de esas debilidades. Es cierto que Inglaterra y Francia hubieran podido detener fácilmente la política belicosa de Hitler en 1934, en 1935 o incluso hasta en 1938. Al preferir el “diálogo”, cometieron un error fatal que hizo inevitable la Segunda Guerra Mundial, en la cual, sin la intervención de los Estados Unidos, todas las democracias europeas hubieran desaparecido. También estoy convencido de que, sin la ayuda económica y la deferencia diplomática de las democracias capitalistas, la Unión Soviética se hubiera desintegrado mucho antes de 1990. Ahora mismo, las democracias vuelven a cometer ese error con China, Corea del Norte o Vietnam.
En la Tentación totalitaria escribí: “la única manera de mejorar el comunismo es suprimirlo”. La ilusión durante mucho tiempo fue creer en una humanización del comunismo y, para las democracias, la ilusión fue cumplir el deber de ayudar a esa humanización con concesiones unilaterales. Un sistema totalitario domina totalmente o se descompone totalmente. Ningún poder político puede ser totalitario a medias. El Partido-Estado ideológico, es decir, la ideocracia, no puede reformarse. O sigue sin cambiar o deja de existir. Es innegable, entonces, que las democracias a menudo se equivocan o traicionan sus principios. Pero el socialismo real mata siempre todas las libertades, todos los derechos humanos y también muchos seres humanos. Lo que en las democracias es error o hipocresía, es la ley fundamental, la lógica interna, totalitaria y universal del socialismo real. Pero mi amigo hablaba del socialismo ideal frente a la democracia real.
La relación entre liberalismo económico y democracia política resulta claramente de la experiencia histórica. ¿Por qué despegó el Occidente desde el fin de la Edad Media? La respuesta indudable está en el crecimiento lento pero continuo de la libertad económica: propiedad privada, libertad de intercambios y de precios, libertad de emprender. Pero no hay desarrollo si no hay innovación, especialmente en la tecnología. Y no hay revolución tecnológica o industrial si no hay progreso científico, y no hay progreso científico si no hay libertad de investigación, libertad intelectual y libertad cultural. Como lo explicó Voltaire en sus Cartas filosóficas (cuyo primer título fue Cartas inglesas), gracias a que Inglaterra tenía en el siglo XVIII una libertad cultural superior a la del continente, logró antes que los demás la revolución industrial y la revolución de la libertad de comercio. De igual forma, lo vio muy bien David Hume en sus obras de economía, la revolución industrial no tiene sentido y no puede existir sin la libertad de comercio. Todos esos ingredientes juntos conducen a lo que llamamos democracia política.
La autonomía de la economía frente al Estado acaba con una de las herramientas más eficaces del despotismo político.
Lo que explica por qué la primera precaución de los totalitarismos nacientes es establecer la prepotencia del poder político sobre el poder económico.
La segunda es extender la prepotencia sobre la vida cultural, suprimir la libertad intelectual y, sobre todo, la libertad de información. El monopolio económico del poder político, o simplemente un control muy amplio de la economía por el Estado, suprime o debilita las fuentes independientes de información, y, por tal razón, es incompatible con una democracia política real. ¿De qué sirve votar si el ciudadano no está correctamente informado? Las elecciones no bastan para hacer una democracia.
Hay elecciones en muchas dictaduras. Para ser democráticas, las elecciones tienen que estar rodeadas de muchas otras condiciones que no son el mismo voto. Esas condiciones se reducen finalmente y siempre a la misma condición fundamental: la separación del poder político y de la vida económica. Es decir: el liberalismo económico es la condición de la democracia política. Así pues, al contrario de lo que dicen muchos dirigentes del tercer mundo, el desarrollo no es la condición de la democracia; la democracia es la condición del desarrollo.
Entre otros problemas de la democracia, está el del debate entre democracia como libertad y democracia como igualdad. Como lo vio muy bien Tocqueville en su « Ancien régime et la Revolution », la Revolución americana buscaba la libertad y la Revolución francesa buscaba la igualdad. Pero como el propio Tocqueville señala en La democracia en América, se puede perder la libertad sin conseguir la igualdad y se puede lograr la “igualdad de condiciones” por el camino de la libertad. Ese debate conecta con otro sobre el papel y los derechos del individuo. En su famosa conferencia de 1819, “De la libertad de los Antiguos y los Modernos”, Benjamin Constant hizo una separación fundamental entre dos tipos de democracia: aquélla en la cual el individuo delega todos sus poderes al Estado y la que tiene como papel fundamental formalizar las libertades del individuo por
Rosseau, donde el individuo es libre una sola vez en la vida: el día en que firma el contrato, del cual es esclavo después.
La segunda concepción es la del individuo liberal. Paralelo al libro clásico de Karl Popper, “La sociedad abierta y sus enemigos”, se podría escribir otro libro: El individuo y sus enemigos. Esos enemigos pertenecen a varias categorías políticas en apariencia opuestas. Para corroborarlo voy a ofrecer cuatro citas de pensadores ilustres: 1.- “Hay una interdependencia de la propiedad privada, del liberalismo y del individuo y hay que aplastarlos a todos”. Pierre-Joseph Proudhom. ¿Qué es la propiedad? 1840. 2.- “Ninguno de los supuestos derechos humanos va más allá del hombre egoísta, del hombre como miembro de la sociedad burguesa, es decir, un individuo separado de la comunidad, únicamente preocupado por su interés personal y que obedece a su capricho privado”. Karl Marx. La cuestión judía. 1843. 3. “El principio según el cual la sociedad sólo existe para el bienestar y la libertad de los individuos que la componen no parece estar conforme a los planes de la naturaleza. Así como el siglo XIX ha sido el siglo del individuo —liberalismo significa individuo— es posible pensar que el siglo actual es el siglo colectivo”. Benito Mussolini. El Fascismo. 1929. 4.- “Ahora que ha acabado la era del individualismo, nuestra tarea es encontrar el camino que lleva del individualismo al socialismo sin revolución”. Adolf Hitler. Entrevista con Otto Wagener. (1929-1939). Publicado en 1978. No se puede eliminar ni el individuo, ni la solidaridad, ni la libertad, ni la igualdad. Y puede decirse que todo el debate de la democracia moderna gira alrededor de esas nociones, para evitar su destrucción recíproca.
De todas maneras, la historia enseña que el liberalismo económico es una condición de la democracia política, pero no la única condición. Otras condiciones sin las cuales no hay democracia son la libertad de información y de cultura, de pensamiento y de crítica, que garantizan los derechos del individuo. Como el liberalismo, la democracia también es imperfecta. Sólo es perfecto lo que no existe, la utopía. Los griegos inventaron la democracia y al mismo tiempo desconfiaban de ella prodigiosamente. La democracia era para ellos el más deseable de los regímenes y también el más propenso a degenerar. Hoy estamos construyendo una democracia todavía más amplia que las democracias nacionales que han concebido hasta ahora los pensadores políticos: es la democracia europea, especialmente ahora que se prepara su ampliación; pero esa democracia nueva encuentra peligros nuevos.
El sectarismo regional sería destructivo para Europa, todavía más que el sectarismo nacionalista. Digo el sectarismo, no la cultura ni la autonomía nacional. La diversidad cultural, sin la cual Europa unida no tendría sentido y sería un aburrimiento tremendo, no es el fanatismo tribal. ¿Cuál fue el concepto inspirador de la construcción europea desde 1944? La tolerancia. La tolerancia significó acabar con el odio entre las naciones que había producido mil años de guerras y, en el siglo XX, el casi suicidio de nuestra civilización. Pero no hemos relativizado el Estado-Nación para sacralizar a las entidades todavía más estrechas y narcisistas.
La Europa de las regiones es un sueño y un mito que no puede conducir más que a la fragmentación y a la atomización política. Hay que recordar la distinción fundamental de Tocquevielle entre la descentralización política y la descentralización administrativa. Europa necesita construir un verdadero centro de decisión política, estratégica y diplomática, y también necesita descentralizar mucho más las decisiones administrativas y culturales. Sí, una Europa unida es buena para el desarrollo de la originalidad cultural, de la autonomía administrativa de cada región y de su papel en la civilización; pero también el totalitarismo regional sería el peor enemigo de esa misma civilización europea y un suicidio para la misma región









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