OTRA VEZ CON LO MISMO Correo Vasco
15 octubre, 2007 La memoria orwelliana Santiago González El 28 de julio de 2006, día en que el Gobierno aprobó el Proyecto de Ley de Memoria Histórica cuya tramitación se desatascó la semana pasada, se cumplían 70 años desde que el primer gobierno franquista promulgó en Burgos el bando que declaraba inaugurada la guerra civil española. En junio había cumplido medio siglo un documento extraordinario: “existe en todas las capas sociales de nuestro país el deseo de terminar con la artificiosa división de los españoles en «rojos» y «nacionales», para sentirse ciudadanos de España, respetados en sus derechos, garantizados en su vida y libertad…”. Era una declaración del Partido Comunista titulada “Por la reconciliación nacional, por una solución democrática y pacífica al problema de España”.
Llama la atención que durante todo este trajín de la memoria histórica a nadie le haya quedado una poca para festejar el cincuentenario de la primera declaración política solemne en la que alguien señala el camino de la transición a la democracia. El impulsor de aquella declaración del Comité Central fue su secretario general, Santiago Carrillo Solares. El 27 de octubre de 1977, Manuel Fraga Iribarne presentó una conferencia suya en el Club Siglo XXI. Uno no habló de Paracuellos y el otro no mentó a Grimau. Las dos Españas machadianas parecían definitivamente una en un curso político que estrenaba Parlamento y período constituyente. En aquellos años, un director de este periódico tomó la decisión de no publicar las esquelas por los presos asesinados en las cárceles vascas y en los barcos prisión ‘Cabo Quilates’ y ‘Altuna Mendi’. Él había entendido en qué consistía la transición: en administrar prudente y conjuntamente la memoria y el olvido, indispensables ingredientes ambos de la vida en común: sin el primero, la convivencia no merece la pena; sin una cierta dosis del segundo, es materialmente imposible. La transición no fue un empate entre el franquismo y la democracia. Los valores de la segunda se impusieron con toda claridad. La dictadura salió derrotada políticamente y deslegitimada socialmente. Tener un abuelo fusilado por la dictadura, no ha sido baldón en los últimos 30 años, sino motivo de orgullo. El propio presidente del Gobierno ha hecho gala permanente de ser el nieto del capitán Rodríguez Lozano, fusilado el 18 de agosto de 1936. Con su testamento abrochó el discurso de investidura como presidente del Gobierno. Nunca ha recordado en público a su otro abuelo, el médico Faustino Zapatero Ballesteros, una excelente persona, según quienes lo conocieron, pero que era un hombre de la situación, por decirlo con lenguaje de la época franquista. La prueba evidente del prestigio de la resistencia a la dictadura es que hoy hay muchísimos más antifranquistas que el 20 de noviembre de 1975 y no sólo entre quienes no tenían edad para oponerse. Si prestamos atención a los más rotundos defensores del ajuste de cuentas con el pasado podría parecer que la transición fue un ominoso pacto de silencio sobre el franquismo, una humillación y escarnio para sus víctimas y una mordaza para historiadores, escritores y periodistas. Nada más incierto. Desde la muerte de Franco se han publicado en España 19.000 libros sobre el franquismo y la guerra civil. También se aprobaron ocho leyes y tres decretos para resarcir a los represaliados por la dictadura, se indemnizó por las incautaciones y se crearon pensiones para los militares del Ejército republicano. Una comisión interministerial elaboró un informe en 2006 según el cual se ha compensado a 574.000 represaliados con 16.356 millones de euros (¡más de 2,7 billones de pesetas!) en concepto de pensiones e indemnizaciones. Es posible que quedara alguien sin indemnizar. Es probable que haya que atender la demanda de exhumar los restos de los asesinados en aquella cruzada/epopeya de la libertad (táchese lo que no interese; no fue ni lo uno ni lo otro) para devolvérselos a sus familiares. También los de Paracuellos, que siguen en las mismas siete fosas en las que fueron enterrados, aunque debemos pensar si la foto de las calaveras alineadas (entre 2.000 y 4.000, según los cálculos más fiables) no va dejar pequeñas las célebres imágenes de las jaulas de Pol Pot. Una Ley de Memoria sólo tendría sentido para decir “nunca más” y para que la democracia española acoja a las víctimas de los dos bandos como propias. ¿Hacía falta una ley para derogar leyes franquistas que habían sido expresamente suprimidas por la disposición derogatoria de la Constitución? Sólo para quien esté empeñado en la orwelliana tarea de derrocar a Franco y ganar la guerra civil con efecto retroactivo. Hay una asimetría al derogar lo derogado sin reafirmar las leyes que sí están vigentes y son interpretadas “con inteligencia”, “según el contexto”, o, si lo decimos por germanías, tal como suele el ministro de Justicia, “según lo aconseje la jugada.”
Los enterrados en cunetas y demás
Los enterrados en cunetas y demás condenados en aquellas circunstanias froman la otra parte de la memoria colectiva de un España partida que es preciso superar. A pesar de lo ya hecho, la exhumación y la rehabilitación de los condenados en aquella situación forman parte, aun no llevada a cabo, de la operación necesaria para olvidar el pasado y construir y crear “un nuevo presente” asentańdose sobre el olvido. Querer mantener las cosas como están es sustentar la memoria colectiva de una España partida y enfrentada.
La operación de olvidar, necesario para la higiene de la memoria, es una operación, que se apoya sobre algo objetivo no sobre declaraciones más o menos interesadas para el momento vvido... . Es curioso, la beatificación de los inmolados en aquellas circunstancias debiera correr pareja, es decir debiera de ir acompañada por una aceptación responsable con la rehabilitación de los inmolados, también en el otro bando, que no han tenido oportunidad de ello.
No entiendo por qué ese afán de opoenrse a algo que es de higiene mental elemental y empeñarse de hacer de ello un instrumento de crispación entre españoles.
No se engañe esta ley es
No se engañe esta ley es unidireccional, en un solo sentido y mucho me temo que lo único que pretende es abrir heridas e identificar a la derecha actual con la derecha del golpe militar. Mucha hipocresía, fue una guerra civil y es absurdo pretender que hubo buenos y malos.Que se recuperen los restos de los asesinados ( de los dos lados), pero lo de buscar y hacer desaparecer monumentos del franquismo es absurdo, si fuese verdad las buenas intenciones que pretende porqué no quita monumentos de personajes tan siniestros como Largo Caballero o el ínclito Carrillo?.O todos o ninguno.Es nuestra historia y no podemos asumir solo lo que nos gusta. Saludos Velay
¿Dos bandos?
Dos bandos, como mínimo hay en una guerra. La Guerra Civil de la tanto se habla, fue una guerra incivil, que comenzó con un golpe de Estado que violó la legalidad legítimamente establecida, y continuó durante cuarenta años, que no es nada.
Al hacer mártires, la Iglesia Católica demuestra su partidismo y su colaboración con el régimen que se impuso por la fuerza.
Al menos en Argentina, algo de justicia se ha hecho, al reconocer que los capellanes también colaboraban en lo que nunca debió suceder.
Un saludo, siempre solidario
Como tantas veces tu
Como tantas veces tu sectarismo te ciega, la iglesia no les ha hecho mártires, los que les hicieron mártires fueron los bárbaros que les asesinaron.Vale, y si tu dices que no hubo dos bandos, para tí la perra, tampoco hubo una guerra civil, tampoco antes del golpe militar los socialistas , (Largo Caballero) estaban implicados en la revolución de Asturias, cuando, paradojas de la vida el general Franco salvó a la repuublica, claro está que Calvo Sotelo se murió de una pulmonía, custodiado por la legalidad vigente, es decir guardias de asalto.Nada Solidaria, entonces, al igual que ahora la izquierda es buena y desinteresada y la derecha, tal como pretende esta ley es criminalizada.Saludos Velay









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