Los héroes que no lo eran
Los héroes que no lo eran
CARLOS LUIS RODRÍGUEZ
Esto es como la danza de los siete velos, aunque con un desenlace distinto. La bailarina acaba mostrando su belleza, mientras que nuestra admirada Plataforma deja en evidencia su fealdad a medida que van cayendo los disfraces. Tras lo sucedido en un juzgado de Nueva York, ya no queda ninguno que permita situar a Nunca Máis junto a los hitos históricos del país. Porque allí se presentó la poderosa American Bureau of Shipping (ABS) con una argumentación que no es más que un plagio de las que utilizaban los activistas. En resumen, la firma que certificó con un par que el Prestige era apto para transportar el fuel, sostiene ante la Honorable Laura Taylor Swain que la catástrofe se debió a las decisiones del Gobierno español.
Es lo mismo que se leía por aquél entonces en las pancartas del grupo, lo mismo que voceaban sus dirigentes, la misma consigna que sirvió para movilizar a muchos gallegos de buena fe que sólo querían buscar un culpable en el que desahogar su rabia. No podían imaginarse que estaban tirando piedras contra su tejado, ante la mirada feliz y estupefacta de ABS y demás componentes de la trama prestigiosa.
Extraño pueblo éste, pensarían atónitos, que en lugar de manifestarse contra los navieros sin escrúpulos, los capitanes insensatos o las compañías clasificadoras que hacen la vista gorda, ponen a sus propias autoridades en la picota. No recordarían ningún precedente de un país con semejante grado de masoquismo, ni de una organización tan generosa con los verdaderos culpables como la gallega Nunca Máis. Que además seguro que hizo todo aquel servicio a los piratas de la película de forma totalmente gratuita. Aún merecería una cierta admiración si alguno de sus desaparecidos portavoces diese una conferencia de prensa en algún lugar desconocido, admitiendo que había sido, como Philby, un gran topo al servicio del mal.
Cuánta maldad, pero qué extraordinaria astucia, podríamos decir en ese caso. Pero no hubo sagacidad de traidor a sueldo, sino una obsesión fanática de dañar al Gobierno de aquí y al de allá, sin reparar en los daños colaterales. Por decirlo en lenguaje marxista, se olvidó cuál era la contradicción principal, cuáles eran los enemigos fundamentales de Galicia y a quiénes había que considerar como adversarios secundarios de la trama. Por culpa de ese, digamos, olvido, los que entonces parecían héroes ahora son lo más parecido al traidor.
Un traidor que no sólo suministra razones para que los responsables de la catástrofe se vayan sin pagar, sino que arruina una de las ideas más estimulantes de los últimos años. Nunca Máis lo era. En una Galicia siempre tan desnuda de poderosas organizaciones sociales, harta de que las pocas que existen sean marionetas de los aparatos partidarios, una Plataforma así era una novedad esperanzadora, útil para organizar al país cuando se siente desvalido.
Organizaciones de ese tipo existen por el mundo adelante. Resisten sin problema la prueba de la danza de los siete velos porque, al final del desvelamiento, aparece gente normal, independiente, sin instrucciones de un teléfono rojo o azul, personas de la calle, convencidas de que el poder, sea cual fuere su inquilino, necesita exigentes controladores que le saquen la tarjeta. Un Nunca Máis como es debido hubiera sabido distinguir a los malos, en vez de prestarles apoyo gratuito. Pasará la Plataforma a la historia, pero no en el capítulo de héroes, sino de colaboracionistas.









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