El humanismo republicano en la Utopía de Tomás Moro...

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En este rifirrafe de comentarios serios , con motivo del articulo sobre la Reina Doña Leonor enterrada en Medina, se me ocurre traer a colación el humanismo de St Toma´s Moro reflejado en su libro en pleno renacimiento humanístico republicano, truncado por el Terminator contrarrevolucionario que terminó en el Absolutismo real, restaurador , en definitiva , del orden feudal .
En la descripción de su libro se lee...al comentar la República de Platón Aquel hombre lleno de prudencia preveía con claridad que no hay más medio de salvar a un pueblo que la igualdad de bienes, cosa que no veo cómo pueda lograrse mientras exista la propiedad privada......

Les he descrito --lo más fielmente que me ha sido posible-- las instituciones de la que juzgo no ya la mejor república, sino la única que merece ser denominada República.
Cuando en algún otro lugar hablan del interés público, tan sólo se preocupan por intereses privados. Allí, no habiendo nada privado, se cuidan de veras de los asuntos públicos.
En uno y otro caso hay motivos suficientes para ello. En los demás países ¿quién desconoce que, si no se ocupa uno de sus propios intereses, correrá el peligro de morirse de hambre aunque la sociedad sea floreciente? Vense, pues obligados todos a preocuparse más de sí que del pueblo, es decir, de los demás.

En efecto, como a cualquiera le es dado basarse en títulos positivos para adueñarse de todas las riquezas que pueda, unas pocas personas se las reparten, por abundantes que sean, y a los demás sólo les dejan la pobreza, sucediendo a menudo que los pobres son más dignos de la fortuna que los ricos, ya que éstos son avariciosos, inmorales e inútiles, al paso que aquéllos son humildes y sencillos, siendo su trabajo cotidiano más beneficioso para el Estado que para ellos mismos.
Por eso estoy persuadido de que es equitativo y justo repartir los bienes, sin que quepa alcanzar la felicidad humana más que por la abolición de la propiedad.
Mientras ésta persista, los más de los mortales --incluidos los mejores-- sufrirán la necesidad y las zozobras de la miseria con todas sus inevitables cargas; situación que, aunque pueda mejorarse algo, no puede remediarse radicalmente
.......... En cambio, en Utopía, donde todo es de todos, no teme nadie que pueda llegar a faltarle lo personalmente necesario, a condición de que contribuya a que estén llenos los graneros públicos. No se hace maliciosamente el reparto de los bienes; no hay pobre ni mendigo alguno; y, si bien nadie tiene nada, todos son ricos.
Pues, ¿quién puede ser más rico que el que lleva una vida tranquila y alegre, exenta de preocupaciones? No tiene que temer por el sustento, ni ser molestado por las reclamaciones de su esposa, ni temer la pobreza para su hijo, ni ansiar una dote para la hija, y tener que asegurar la vida y la felicidad de todos los suyos, esposa, hijos, nietos, bisnietos y tataranietos, y la más larga descendencia, porque tal espera de su generosidad. Y más aún cuando tales ventajas no sólo afectan a los que trabajan, sino a aquellos que trabajaron en otro tiempo y hoy se encuentran inválidos. Quisiera que alguien se atreviera a comparar con esa justicia la de otros países, donde moriría uno antes de hallar el menor vestigio de justicia y de equidad.
Porque ¿qué clase de justicia es aquella que permite que cualquier aristócrata, banquero, financiero --u otro de esos que no hacen nada, o nada que tenga gran valor para el bien público-- lleve una vida holgada y suculenta, en el ocio o en ocupaciones superfluas, al paso que el obrero, el carretero, el bracero y el labriego han de trabajar tan dura y asiduamente como bestias de carga --a pesar de que su labor sea tan útil que sin ella ningún estado duraría ni un año--, soportando una vida tan mísera que parece mejor la de los burros, cuyo trabajo no es tan incesante y cuya comida no es mucho peor, aunque el animal la encuentre más grata y no tema el porvenir?
Mas a los obreros aguijonéalos la necesidad de un trabajo infructuoso y estéril y los mata la premonición de una vejez indigente, puesto que el jornal cotidiano es tan escaso que no basta para el día, imposibilitando que puedan aumentar su fortuna guardando algo cada día para asegurar su vejez.
¿No es ingrato e inicuo el estado que a los nobles --así los llaman--, a los banqueros y demás gente holgazana o aduladora, les prodiga tantos placeres frívolos y sofisticados y tantas riquezas, al paso que mira impasible a los campesinos, carboneros, peones, carreteros y obreros, sin los cuales no existiría ningún estado?
Tas abusar de su trabajo mientras están en sus mejores años, el estado --cuando más tarde están abrumados por los años o por una enfermedad que los priva de todo--, olvidándose de tantos desvelos, de tantos servicios prestados por ellos, los recompensa, en el colmo de la ingratitud, con la muerte más miserable.
¿Qué diré de los ricos que achican el salario de los pobres un poco más cada día, no sólo fraudulenta y ocultamente, sino también de modo público y legal? Y así, la injusticia en que consistía pagar tan mal a los que más merecían de la sociedad, se erige --por obra de esos perversos-- en justicia, al venir sancionada por una ley. Cuando veo esos Estados que hoy día florecen por doquier, no hallo en ellos (¡y que Dios me perdone!) más que la conjura de los ricos, que hacen sus negocios so pretexto del estado. Inventan y amañan todos los artificios posibles, tanto para retener --sin temor de perderlos-- los bienes mal adquiridos cuanto para adueñarse, con el menor precio posible, de los frutos del trabajo de los pobres, abusando de ellos como de burros. Y tales añagazas las promulgan como ley los ricos en nombre de la sociedad y, por lo tanto, también en el de los pobres.
Sin embargo, esos hombres pérfidos, aun después de haberse repartido, con insaciable avidez, lo que bastaría a las necesidades de todos, ¡cuán lejos se hallan de la felicidad de la República de Utopía! Allí, suprimido el uso del dinero y con él la avaricia, ¡cuántas tribulaciones se evitan y cuántos crímenes se cortan de raíz! Pues ¿quién ignora que, eliminándose el dinero, no se producirían fraudes, robos, rapiñas, riñas, tumultos, sediciones, asesinatos, traiciones, envenenamientos --castigados mas no evitados con suplicios? Y así, extinguiríanse, al mismo tiempo que el dinero, el sobresalto, la alarma, los afanes, los desvelos, y también disminuiría la misma pobreza, única que parece necesitar el dinero, desapareciendo éste.
Para que quede eso más claro, recuérdese algún año estéril e infecundo en el cual se hayan muerto de hambre muchos miles de hombres. Si se hubieran abierto los graneros de los ricos, habríase hallado en ellos tanto grano que, repartido entre los que perecieron de hambre y de indigencia, nadie habría notado las inclemencias del cielo y de la tierra.
¡Así de fácil sería dar sustento a todos si no fuera por el bendito dinero, inventado para abrirnos el camino de la abundancia, pero que en realidad nos lo cierra!
No dudo de que hasta los ricos están de acuerdo con eso y no ignoran que mejor situación es no carecer de nada necesario que poseer en abundancia cosas superfluas, siendo preferible evitar numerosos males que sentirse oprimido por demasiadas riquezas.
Tampoco me cabe duda de que, sea por interés de cada uno, sea por obediencia a la autoridad de Cristo --quien, en su infinita sabiduría, no pudo ignorar qué es lo mejor, y en su bondad sólo pudo aconsejar lo que mejor fuera--, todo el mundo habría aceptado fácilmente las leyes de aquella república, de no lo impedirlo esa fiera, soberana y madre de todas las plagas, que es la soberbia, la cual no mide su prosperidad por el bienestar personal, sino por la desgracia ajena.
La soberbia no podría endiosarse si no hubiera miserables a quienes poder aplastar y vejar, cuya miseria realza la felicidad de los soberbios; si la exhibición de la opulencia propia no oprimiera e irritara a los pobres.
Esa infernal sierpe, arrastrándose por los pechos de los mortales, los retrae como una rémora, impidiéndoles encontrar el camino hacia una vida mejor. Además está tan afincada en el corazón humano que es difícil extirparla.
Alégrome de que la forma de Estado que yo deseo para todos la hayan encontrado los utópicos, quienes, gracias a las instituciones que han adoptado, han constituido una república que no sólo es la más feliz, sino también perdurable, en la medida en que es humanamente conjeturable.
Extirpadas, junto con los demás vicios, las semillas de la ambición y la rivalidad, no acecha peligro alguno de esas discordias civiles que han causado la ruina de tantos estados poderosos. Asegurada así la concordia civil y la solidez de sus instituciones, impídese que perturbe o conmueva su estado la envidia de los príncipes vecinos, ya muchas veces rechazada.
Cuando Rafael hubo acabado de hablar, recordé muchos detalles que me habían parecido absurdos en las leyes y costumbres de aquel pueblo, no sólo en su manera de guerrear, sus cultos, sus ideas religiosas y las demás instituciones, sino también --y más en particular-- en la base principal de todas ellas: la vida y el sustento en común, sin ninguna circulación de moneda, lo cual destruye toda la nobleza, magnificencia, esplendor y majestad que, según la opinión general, constituyen la honra y el adorno de los estados.
Pero, percatándome de que estaba fatigado de hablar y no sabiendo si aceptaría fácilmente la discusión --sobre todo por recordar que había reprochado a todos el hacerlo por temor a pasar por tontos si no hallaban argumentos que oponer a las ideas ajenas--, lo tomé de la mano llevándolo a cenar, elogiando las instituciones de los utópicos y su explicación.
Pensé que en otro momento tendríamos tiempo para meditar con mayor hondura acerca de aquellos problemas y discutirlos con mayor detalle, lo cual ¡ojalá suceda pronto!
Entre tanto, y aun sin poder asentir a todo lo que dijo, aunque sea un hombre cultísimo y un profundo conocedor de lo humano, confesaré gustoso que halló en la República de Utopía muchas cosas que deseo, más que espero, ver realizadas en nuestros Estados.

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