CRISIS DE LA DEMOCRACIA REPRESENTATIVA Y CONTRAPODER 2º(CONTINUACIÓN)
Enviado por jesus rojo el Jue, 18/01/2007 - 15:20. Economía | Globalización / Antiglobalización
LA NUEVA SUBJETIVIDAD REVOLUCIONARIA por (Ignacio Vila ) Las bases materiales de este proceso están dadas por el paso del fordismo (cuya empresa tipo fue la industria de automóviles de Henry Ford) al pos-fordismo, es decir, de la producción en base al uso intensivo de maquinaria, caracterizada por la existencia de empresas de producción a gran escala, a un sistema en que el aumento de la productividad reposa en el uso de computadoras, de la robótica y de la inteligencia artificial. Es precisamente este desarrollo tecnológico el que ha permitido la fragmentación espacial de los procesos de trabajo, cuyas fases se sitúan en distintos territorios nacionales. La reestructuración capitalista en marcha cuyo objetivo último era el desmantelamiento de la relación salarial fordista operó como la respuesta más coherente del poder constituido para desestructurar la ofensiva obrera de los años 60-70. Las transnacionales sacaron a los obreros de la fábrica para organizar pequeñas unidades productivas y distribuir el trabajo en el territorio en forma elástica, móvil y flexible. Michel Drancourt, delegado general del Instituto de la empresa, en Francia, pone en evidencia el significado político de esta reestructuración: "El miedo a administrar grandes conjuntos pesados y políticamente vulnerables ha empujado a numerosas empresas a desarrollar células autónomas en lugar de unir todas las actividades necesarias a la producción de una firma bajo un mismo techo" Esto marca definitivamente el ocaso de la izquierda tradicional. La concepción predominante que dominó el pensamiento de la izquierda durante la segunda mitad del siglo XIX y todo el siglo XX, se sustentaba en que el desarrollo industrial capitalista, que provocaba el crecimiento y concentración del número de obreros, conducirían inevitablemente a una oposición al orden existente y su posterior destrucción. La vieja izquierda se imaginó que el desarrollo industrial preparaba racionalmente el advenimiento del socialismo, de tal manera que la concentración de la industria y la conciencia obrera evolucionaban y maduraban con el crecimiento de las máquinas y las líneas de montaje. Ahora bien, otros son los hechos. La clase obrera industrial se diluye actualmente en trabajadores eventuales, flexibles, sub-contratados, móviles, ocupados, a domicilio, temporeros, sin contrato, trabajadores clandestinos. ¿Qué tiene que ver todo esto con grandes concentraciones industriales de la gran empresa fordista? Los partidos y sindicatos que se desarrollaron en la clase obrera industrial vieron aumentar su poder al mismo tiempo que la producción en masa que movilizó a multitudes de trabajadores. Su destino estuvo vinculado a estas estructuras industriales gigantescas. Con el desarrollo de la globalización, los partidos de izquierda y los sindicatos que unieron su suerte a las industrias tradicionales se derrumban al mismo tiempo que éstas. Esto rompe con la cooperación al interior de la fábrica. Cada nueva racionalización de la empresa disocia de más en más a la fuerza laboral. Algunas de las determinantes de la cohesión obrera (localización en grandes establecimientos industriales) y capacidad de presión (número y peso estratégico) se esfuman definitivamente. En el mundo contemporáneo las relaciones de explotación capitalista se están expandiendo a todas partes, no limitándose a la fábrica sino tendiendo a ocupar todo el terreno social. La lucha contra el capital ya no tiene un lugar determinado. En efecto, el objeto de la explotación y dominación tiende a dejar de ser las actividades productivas específicas. El obrero se encuentra disperso y sumergido en lo social. La confrontación de clases se polariza a nivel del territorio. El pasaje al posfordismo significa entonces el establecimiento de nuevas relaciones entre la fábrica y el territorio, entre las fuerzas del trabajo y la sociedad, entre la propia sociedad y el territorio. Estamos frente a un nuevo fenómeno social: el nuevo proceso de trabajo ha transpuesto los límites fabriles y penetrado en los más diversos rincones de la sociedad. Aquí radica una de las diferencias más fundamentales entre la izquierda clásica y los movimientos emergentes. La primera (sumergida en el dualismo) busca transformar lo económico a partir de lo político. De ahí que se detone toda una lógica de construcción que hace del movimiento social un objeto de los cambios y una base de apoyo de la "conciencia cristalizada". Los actuales movimientos emergentes han invertido esta lógica. Se han constituido en sujeto, son en sí mismo conciencia y acción. La primera lógica conduce a la representación, al economiscismo, al electoralismo y al Estado. La nueva lógica a la organización territorial, a la democracia directa, a la subversión del poder, al cambio social en el aquí y el ahora. La primera lógica es etapista. La segunda es revolucionaria. La primera separa lo económico-social de lo político, la segunda lo funde, lo hace uno. Es la sublevación directa de los oprimidos y explotados. Por el contrario la lógica territorial tiene un objetivo central: la creación de un contrapoder como alternativa al poder burgués y la implantación en la lucha de un modelo alternativo de producción, cambio, consumo, en definitiva de una nueva sociedad y de una nueva institucionalidad. ¿Invalidan estos procesos la necesidad de una organización? De ninguna manera. De lo que se trata es de impulsar un nuevo tipo de organización, una nueva forma de organización revolucionaria. Para esto no existen modelos. Sí, una orientación a partir de la cual comenzar a construir. Se trata de un movimiento que se fusione, que se confunda, que se haga uno con el movimiento social. En otras palabras de la concepción de un movimiento organizado que esté basado en el principio de autodeterminación del pueblo y en el cual los revolucionarios posean la función de un catalizador. De un movimiento que empuje a que el poder esté en el pueblo organizado y no en un aparato de poder que lo sustituya. De un movimiento que impulse la construcción de un sujeto de poder cristalizado en las amplias masas de oprimidos y no en un movimiento que haga del pueblo un objeto. De un movimiento que impulse la auto actividad del pueblo y no que la sustituya. El Wobbly construyó asociaciones entre la gente trabajadora de abajo, mediante continua agitación, y al organizarlos posibilitó el desarrollo del pensamiento utópico y el conocimiento revolucionario. El militante fue el actor fundamental de la "larga marcha" de la emancipación del trabajo desde el siglo diecinueve hasta el veinte, la singularidad creativa de aquel movimiento colectivo gigantesco que fue la lucha de la clase trabajadora. Hoy, tras tantas victorias capitalistas, luego que las esperanzas socialistas se han marchitado en la desilusión, y luego de que la violencia capitalista contra el trabajo se ha solidificado bajo el nombre del ultraliberalismo, ¿por qué aún emergen instancias de militancia, por qué se han profundizado las resistencias y por qué reemerge continuamente la lucha, con nuevo vigor? Debemos decir que esta nueva militancia no repite, simplemente, las fórmulas organizativas de la antigua clase trabajadora revolucionaria. Hoy el militante no puede ni siquiera pretender ser un representante, ni aún de las necesidades humanas fundamentales de los explotados. El militante político revolucionario actual, por el contrario, debe redescubrir la que ha sido siempre su propia forma: no la actividad representativa sino la constituyente. Hoy la militancia es una actividad innovadora, constructiva y positiva. Esta es la forma en la que nosotros y todos aquellos que se rebelan contra el mando del capital hoy nos reconocemos como militantes. Los militantes resisten el comando imperial de un modo creativo. En otras palabras, la resistencia está unida inmediatamente con una inversión constitutiva en la esfera biopolítica y con la formación de aparatos cooperativos de producción y comunidad. Aquí está la fuerte novedad de la militancia actual: repite las virtudes de la acción insurreccional de doscientos años de experiencia subversiva, pero al mismo tiempo está unido a un nuevo mundo, un mundo que no tiene exterior. Sólo conoce un interior, una participación vital e ineludible en el conjunto de estructuras sociales, sin posibilidad de trascenderlas. Esta militancia transforma la resistencia en contrapoder y cambia la rebelión en un proyecto de amor."
Necesidad de la organización
La contradicción que se opera entre el proceso de internacionalización del capital y la forma política del Estado nacional está provocando una crisis generalizada del sistema. Los partidos políticos y las organizaciones sindicales, en la medida de que se mantienen ligados a la lógica del Estado nacional (que ya no tiene control sobre los procesos productivos), entran en crisis al mismo tiempo que éste. Las cúpulas constituidas en meros administradores del proceso de globalización cierran de más en más los espacios de participación. El resultado es pues obvio: la radicalización política de las masas no encuentra causes organizativos a través de los cuales poder canalizar sus luchas. En tales circunstancias es normal que esta radicalización busque expresarse en forma autónoma.
La globalización de la producción se ha conseguido gracias a la inversión realizada por las transnacionales que poseen y gestionan fábricas e instalaciones productivas en varios países. Estas corporaciones transnacionales constituyen la empresa-tipo de la actual economía mundial. Como producen a escala internacional, venden productos en todo el mundo, e invierten en muchos países, se puede decir que no tienen país de origen, sino que pertenecen a la economía mundial. El hecho de que su residencia fiscal esté en un país u otro es un mero formalismo.
<br>El impacto de esta reestructuración ha tenido un efecto determinante en la marginación de millones de trabajadores del sistema productivo. El Premio Nobel de Economía, Wassily Leontief, ha advertido que con la paulatina introducción de las nuevas tecnologías "el papel de los humanos como el factor más importante de producción tiende a desaparecer de la misma forma en que los caballos fueron sustituidos en las labores agrícolas por los tractores".
Frente a esta lógica, parece evidente que el proletariado industrial ha perdido la posición central que ocupaba en la sociedad y que lo que llamamos trabajo asalariado ha cambiado considerablemente. En la actualidad, un tercio de la fuerza de trabajo mundial – alrededor de mil millones de personas - carece de empleo. Tan sólo en Estados Unidos las corporaciones borran de sus nóminas más de dos millones de trabajadores anualmente. La crisis de la gran fábrica fordista esta llevando a pasar de una sociedad dominada por la fábrica, en la cual un agregado de trabajadores flotaba según los momentos, entre el empleo y el desempleo, a otra en la cual la mano de obra se achica cada vez más y la desocupación se convierte en el destino de una multitud creciente de excluidos sociales.
Esta izquierda continúa pensando las luchas obreras fabriles como el marco de enfrentamiento fundamental entre el capital y el trabajo. Tras este razonamiento se entiende al Estado como la entidad que necesariamente debe proveer empleo y, por lo mismo, en el reducto a conquistar. El Estado deja de ser, en esta perspectiva, el instrumento capitalista de sometimiento del trabajo asalariado. Lo que esta izquierda no logra asimilar es la extinción definitiva de la forma particular de organización social capitalista construida durante la posguerra. Las políticas de esta izquierda termina comprometiéndose con las empresas estatales capitalista bajo el argumento "de la defensa de la propiedad Estatal contra las privatizaciones", defensa que supuestamente beneficiaria a la clase obrera industrial. Como si el Estado no hubiera sido igualmente uno de los principales impulsores de las políticas neoliberales de privatización.
<br>En este marco la política y la economía se confunden. Se resquebraja por todas partes el dualismo entre "economía" y "política". La lucha adquiere una nueva forma que es política, económica y social al mismo tiempo. Este es el punto crucial que revierte las formas de construcción y las perspectivas políticas del movimiento social y que conduce ineludiblemente a la territorialización de la lucha.
La primera lógica le dice a los oprimidos que los cambios vendrán cuando se conquiste el Estado.
La estrategia de los nuevos movimientos emergentes es la organización territorial, las asambleas. Estas instancias de organización que hoy comienzan a desparramarse por América Latina permiten la incorporación de las masas populares en una proporción que jamás soñaron ni los más grandes partidos y sindicatos de la socieldemocracia o de la izquierda tradicional. Estas organizaciones territoriales se constituyen en los gérmenes del poder del pueblo precisamente por que en ellas se expresan todas las aspiraciones, reivindicaciones y modificaciones de los procesos vivos del pueblo. Son las instancias que permiten subvertir el poder y organizar la lucha. Son en definitiva el aparato en construcción del poder popular.
Como coartada teórica, el reformismo teórico argumente que la autoorganización del pueblo en asambleas territoriales sólo es posible en situaciones directamente revolucionarias, las que por supuesto, para ellos nunca estarán suficientemente maduras. Aquí está operando nuevamente la lógica etapista y estatista que trata de aplicar mecánicamente los acontecimientos de la revolución Rusa al presente. En las condiciones históricas actuales sólo una alternativa que apunte a la ocupación territorial, a la construcción de un contrapoder al interior de la sociedad civil, podrá tener éxito. Se trata de, una estrategia de asedio y no de asalto o toma del Estado. Se trata del impulso en forma simultánea de una práctica de reapropiación de la actividad productiva y de una acto de subversión del poder existente.
El modelo de militante que buscamos construir se acerca al descrito por el pensador italiano Tony Negri:
<"Cuando hablamos del militante, no pensamos en algo parecido al triste, ascético agente de la Tercera Internacional cuya alma estaba profundamente permeada por la razón de Estado soviética, de igual modo que la voluntad del Papa estaba embebida en los corazones de los caballeros de la Sociedad de Jesús. No estamos pensando en nada como eso ni en nadie que actúe sobre la base del deber y la disciplina, que pretenda que sus acciones se deduzcan de un plan ideal. Por el contrario, nos referimos a alguien más parecido a los combatientes comunistas y libertadores de las revoluciones del siglo veinte, los intelectuales que fueron perseguidos y exiliados en el transcurso de las luchas antifascistas, los republicanos de la Guerra Civil española y los movimientos de resistencia europeos, y los guerreros de la libertad de todas las guerras anticoloniales y antiimperialistas. Un ejemplo prototipo de esta figura revolucionaria es el agitador militante de los Trabajadores Industriales del Mundo.


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