JESÚS, PROFETA DEL ISLAM


JESÚS, PROFETA DEL ISLAM


Roger Garaudy


Escritor filósofo y político


Tradujo del francés José Luis Sierra


Cristianos y musulmanes tienen un mismo Dios. El profeta Mahoma nunca pretendió instaurar una nueva religión, sino reconducir al hombre, a todos los hombres, a la religión fundamental, de la que el sacrificio de Abraham, por su sumisión incondicional a la voluntad de Dios, constituye el modelo ejemplar. La misma palabra "Islam" significa "sumisión a Dios". En el Corán, que es palabra de Dios para todo musulmán, lo dijo Mahoma en diferentes ocasiones:


¿Quién profesa mejor religión que el que se somete a Dios, el que hace el bien y sigue con sinceridad la religión de Abraham? (4,124). Dios le dijo a Abraham: Yo haré de ti un guía para todas los hombres (2,118). O también en (2,135): Nosotros seguiremos la religión de Abraham... Abraham no era ni judío ni cristiano, sino que estaba totalmente sometido a Dios (3, 60). (Y la palabra"sometido a Dios" es en árabe muslimam, musulmán; lo que no significa resignación (eso sería istislam, sino respuesta a la llamada de Dios, respuesta activa, responsable, libre y creadora).


El sacrifico de Abraham tiene valor ejemplar porque Abraham, por su proceder, aceptando incluso inmolar a su hijo, testimonia la trascendencia y la unidad de Dios, fundamentos de esta religión primordial de Abraham, de Moisés y de Jesús.

Trascendencia, porque supera y relativiza tanto la razón como la moral humana, negándole a la razón y a la moral un valor absoluto. Esta trascendencia de Dios se expresa en el Corán por la fórmula de toda teología negativa: No hay nada semejante a Él (42, 9. Esta afirmación radical de la trascendencia, al rechazar tomar como término de referencia los intereses o las pretensiones de los individuos, de los grupos, de las naciones o de los Estados, relativiza todo poder, todo tener y todo saber. Ahí radica la fuerza motriz, subversiva respecto a toda dominación, de la exclamación suprema de esta fe: Dios es grande.

Unidad (tawhid), porque este monoteísmo riguroso no excluye sólo toda obediencia a un hombre, a una comunidad, sino a cualquiera que cuestione la unicidad de Dios: Si existieran otros dioses, además de Dios, el cielo y la tierra se hundirían en el desorden y el caos (21, 22).


Esta unidad implica la universalidad. La herencia de Abraham no es propiedad de ninguna raza, de ningún pueblo, de ninguna nación. El Corán no solamente no abroga sino que confirma la enseñanza bíblica: la del Testamento, donde El Ángel del Eterno dice a Abraham: Todas las naciones serán benditas en tu posteridad, porque tú has obedecido a mi voz (Génesis 22,15-18); la del Evangelio, según la cual se cumple en Jesús la promesa del reino de Dios a Abraham: Ya no hay ni griego ni judío, ni esclavo, ni hombres libres (Gal 3, 28) y la del Corán donde se dice: Dios a hecho bajar hasta ti (Mahoma) el libro con la verdad, confirmando lo que antes de ti. Dios hizo descender antes la Torah y el Evangelio como "dirección para los hombres" y ha hecho descender el Corán (3, 2). Dios ha instituido para todos una religión... la que nosotros te revelamos, que nosotros hemos recomendado a Abraham, a Moisés, a Jesús. No hagáis de ellos temas de División (42,13).

El Evangelio aparece citado –y siempre con elogio- en doce ocasiones en el Corán, que proclama abiertamente: Sobre los pasos de otros profetas hemos enviado a Jesús, hijo de María, para confirmar la Torah que contiene dirección y "luz" (5.46). Que los que poseen el Evangelio juzguen según lo que Dios ha revelado en él (5.47). Si las gentes del Libro hubieran observado la Torah y el Evangelio y lo que les fue revelado por parte de su Señor, habrían gozado de las bendiciones del cielo y de los bienes de fa tierra" (5, 66). Y dirigiéndose al profeta del Islam, Dios le muestra cómo el sentido de la revelación coránica puede esclarecerse a la luz de las revelaciones bíblicas anteriores: Si tienes dudas de lo que te hemos revelado interroga a los que leían la Escritura revelada antes de ti (10, 94).

Según el Corán la revelación bíblica, como la revelación coránica, da a la vida un sentido, un objetivo, una alegría plena, fuera de la cual no hay más que idolatría, es decir, enfrentamiento entre los fines e intereses parciales de los individuos o de las naciones que sólo contemplan el crecimiento y el poderío por la violencia.

Los falsos profetas de la nada y del absurdo reflejan ese caos como si fuera ineluctable y eterno, y, en lugar de intentar superarlo, enseñan a nuestros jóvenes que la vida no tiene sentido.

Un biólogo, como Jaques Monod, extrapolando ciertas leyes biológicas, que se han revelado como fecundas hipótesis de trabajo, a terrenos ajenos a su especialidad, como los de la historia, los de la política y de la fe, nos quiere hacer creer que la vida en su totalidad no está hecha más que de "necesidad y azar", sin ninguna trascendencia divina o humana.

Un filósofo como Jean Poul Sartre, promotor del individualismo hasta proclamar que "el infierno son los otros", define la vida como "una pasión inútil".

Un novelista como Camus se hace apóstol del absurdo hasta proponernos este lúgubre ideal: "imaginad un Sísifo feliz". Es significativo del espíritu de una época el que se le haya atribuido el premio Nobel, sin duda por los servicios prestados al impulso de la muerte.

Michel Foucault nos notifica la muerte del hombre siguiendo las huellas de Althusser que define al hombre como "una marioneta puesta en escena por las estructuras". Todo esto son maneras de quitarle al hombre la responsabilidad de su propia historia, excluyendo a la vez el sentido de la vida y de la participación en su propia realización.

La religión fundamental que la revelación coránica viene a confirmar y a preservar descansa, por el contrario, en dos afirmaciones primordiales.

 



La vida tiene sentido y a la razón del hombre le es posible tener conciencia de ello, conocer "la norma" (fitra) respondiendo a la voluntad de Dios.

 



El hombre tiene libertad de rehusar.

Todos los demás seres de la creación están "sometidos" por igual a la voluntad de Dios. Una piedra en su caída, un árbol en su crecimiento, un animal en sus instintos, e incluso los ángeles no pueden apartarse de la ley de Dios. Por ello Dios en el Corán los hace inclinarse ante el hombre porque aunque éste sea capaz de injusticia, de ignorancia, y pueda apartarse de la vía recta, sólo se adhiere al designio de Dios por un acto voluntario, responsable y libre.

El Corán evoca la objeción de los Angeles. Cuando Dios dijo a los ángeles: voy a establecer un vicario, éstos objetaron: ¿Vas a colocar allí alguien que siembre el desorden y derrame la sangre mientras que nosotros exaltamos tu gloria con nuestras alabanzas y magnificamos tu santidad? – En verdad, respondió Dios, yo sé lo que no sabéis vosotros (2,30). Lo que los ángeles no sabían era el precio de la libertad que Dios evoca en otras partes del Corán: Hemos propuesto depositar la fe en los cielos, en la tierra y en las montañas; todos han rehusado asumirla; todos han rehusad asumirla; todos han temblado a la noticia; sólo el hombre ha aceptado asumirla, pero es injusto e ignorante" (33 72).


Se comprende así que, frente a un mundo del absurdo y del caos, a un mundo del crecimiento ciego y de la ciega voluntad de poderío, frente a un mundo sin finalidad humana que muere por exceso de medios, gracias al poderío nuclear que coloca el equivalente de cuatro toneladas de explosivos sobre la cabeza de cada habitante del globo, el Concilio Vaticano II, rompiendo con una tradición muy larga de calumnias y caricaturas del Islam, haya podido declarar: Aunque los musulmanes no reconozcan a Jesús como hijo de Dios lo veneran como profeta... se aplican de todo corazón al sometimiento a la voluntad de Dios, como a Dios se sometió Abraham al que la fe del Islam gusta entroncarse.


Este reconocimiento, por encima de las divergencias doctrinales de la comunicación de objetivos, si en el mundo cristiano sólo aparece en la segunda mitad del siglo XX, ya existía en el Corán en la primera mitad del siglo VIl. El Corán evoca siempre a Jesús y a sus discípulos con respeto y amor: Tú verás que los amigos más cercanos de los musulmanes son los que dicen: somos cristianos cristianos (2, 82). Evocando los mensajes y a los profetas que había enviado, Dios dice: Henos enviado detrás de ellos a nuestros Apóstoles, y hemos enviado a Jesús, hijo de María; le hemos confiado el Evangelio. Hemos puesto en el corazón de los que lo siguieron dulzura y piedad (47, 27).

A los musulmanes que dialogan con judíos y cristianos el Corán les recomienda: No discutáis con las gentes del Libro, judíos, cristianos, mas que de la mejor manera... Decid: Nosotros creemos en lo que se nos ha revelado yen el que nos lo ha revelado. Nuestro Dios y vuestro Dios son el mismo Dios y nosotros le estamos sometidos. (29, 46).

Desde esta perspectiva del Islam, la más "ecuménica" de las religiones, desde la llamada de Abraham, de la sumisión a la voluntad de Dios a la religión fundamental del respeto y de la integración de las revelaciones anteriores, en concreto de Moisés y de Jesús, intentemos situar en el Corán el lugar de Jesús como profeta del Islam.

El Corán no cuestiona la revelación bíblica, sino solamente las deformaciones que han experimentado en el decurso de los siglos el mensaje del Antiguo y del Nuevo Testamento. Su propósito es por tanto restaurar el mensaje en su pureza: Te hemos revelado el Libro con la verdad para confirmar la Escritura que era anterior, y preservarla de toda alteración (5, 48).

 


JESÚS EN EL CORÁN

 


En primer lugar, en lo que respecta al nacimiento de Jesús, es notorio que el Corán lo considere como sobrenatural, mientras que el del profeta Mahoma no presenta ese carácter. Por otro lado, la madre de Jesús, Maria, ocupa en el Corán -que la tiene por virgen- mucho más espacio que en los Evangelios: Los Ángeles dijeron: Oh, Maria, Dios te has escogido y te ha purificado; te ha preferido a todas las mujeres del Universo (3, 42).

 

El relato de la Anunciación en el Corán es triunfal: Los Ángeles dijeron: Oh, Maria, Dios te anuncia como buena noticia "un Verbo" que emana de él. El será ilustre en este mundo y en el otro y uno de los "íntimos" de Dios. El hablará a los hombres en el nacimiento y en la edad madura, y estará en el número de los "justos. -Señor dijo ella, ¿cómo tendré un niño si ningún hombre me ha tocado? - Dios crea así lo que quiere, se le respondió, cuando decide una cosa le basta con decir: iSé! y se realiza. Dios le enseñó el libro y la sabiduría, la Torah y el Evangelio. (3, 45-48).

Más fuerte aún: el nacimiento de Jesús se compara en el Corán con la creación de Adán: Para Dios, Jesús lo mismo que a Adán; Dios lo creó del polvo. Luego le dijo: iSél y fue" (3, 59). Eso evoca la concepción cristiana de Jesús como una segunda creación del hombre. El gran exegeta musulmán Taban, en su comentario a este versículo, subraya: Este hecho (el nacimiento de Jesús de una virgen) no es más maravillosos que la creación de Adán sin intervención de padre ni de madre. Jesús es llamado el Mesías once veces en el Corán. En particular se dice: El Mesías, Jesús, hijo de Maria, es el apóstol de Dios. Es su verbo" depositado por Dios en Maria. Es "el espíritu" que emana de él (4,171).

Queda bien preciso que Jesús no es Hijo de Dios y se rechaza el dogma de la Trinidad; pero Cristo ocupa un lugar particular entre los profetas: solamente tres son llamados "Apóstoles" porque han aportado una ley fundamental de Dios: Moisés, Jesús, Mahoma. Y entre estos tres sólo Jesús es llamado Mesías. Hicimos de Maria y de su hijo un "signo para el universo" (21, 91). Este "signo" es el del anuncio y de la prefiguración del reino de Dios: He aquí los apóstoles. Hemos preferido algunos a otros. Entre ellos hay a quien Dios ha hablado, y ha elevado a diferentes grados. Hemos dado a Jesús, hijo de María, pruebas evidentes y lo hemos sostenido por el Espfritu Santo. (2, 253).

Jesús en el Corán ocupa así un puesto eminente: Si se recuerda claramente que no hay diferencia de uno a otro, es decir, que ninguno puede pretender el titulo de Hijo de Dios, la misma formula hace de Jesús un profeta y un apóstol. Un texto capital del Corán marca esta unidad en la tradición de Abraham: Decid: Creemos en Dios, en lo que nos ha sido revelado y en lo se ha revelado a Abraham, Ismael, Isaac, Jacob y a las tribus. Creemos en lo que se les ha confiado a Moisés, a Jesús y a los profetas por parte de su Señor: No hacemos diferencias entre ellos y nosotros nos sometemos a Dios (2,136) y (3, 84).

En cuanto a la muerte y resurrección de Jesús la versión coránica difiere de la evangélica. El Corán, colocando una vez más a Jesús fuera de lo común, no considera que Jesús haya muerto, sino que fue elevado por Dios hasta El. Esta es la versión del Corán: Los judíos dicen: hemos matado al Cristo, Jesús, hijo de María, Mensajero de Dios. Ellos no lo han matado; ellos no lo han crucificado, pero a ellos les ha parecido así... Dios lo ha levantado hasta El y Dios es poderoso y sabio.

La enseñanza de Jesús, en el Corán, se reduce a lo esencial del "camino recto" (4, 51; 19, 36; 43, 64), es decir, el de la construcción de un mundo conforme al designio de Dios, la predicación del Reino.

Si la revelación coránica viene a confirmar las revelaciones anteriores, no es para repetirlas, lo mismo que Jesús no repitió a Moisés. El Corán quiere sólo preservar la pureza del mensaje.

El texto coránico, en uno de sus pasajes, afirma que Jesús anunció la venida del Profeta: Jesús dijo: Oh hijos de Israel, Yo soy el Apóstol de Dios enviado a vosotros para confirmar la Torah que se dio antes de mi y para anunciar un Apóstol que vendrá después de mí y cuyo nombre será Ahmad (6,6).


(Ahmad tiene el mismo sentido que Mamad; significa el Glorioso). Los exegetas musulmanes relacionan este texto con el Evangelio de San Juan en el que Jesús, evoca en cinco ocasiones (14, 16-17; 14,26; 15, 26; 16, 7- 8; y 16,13) la venida, después de El, de un Consolador (Paracletos) que confirmará su mensaje y los guiará hacia su cumplimiento.


En ningún sitio del Corán se dice que el texto de la Biblia haya sido falsificado. Por el contrario, se le reprocha a los judíos haber traicionado la enseñanza de la Torah, y a los cristianos el no haber respetado el Evangelio.

La deformación principal arranca del Concilio de Nicea (325), al proclamar, en un término que se refiere a la filosofía griega y completamente extraño al Evangelio, que Jesús es "de la misma substancia" (omousi¡os) que Dios, deduciendo de ahí el dogma de la Trinidad que, expresado igualmente en la perspectiva substancialista de la filosofía qriega, daba pie a la acusación de "asociar" a Dios lo que no era Dios y de no respetar la rigurosa unidad (tawhid) del monoteísmo. Esa adulteración del mensaje de Jesús, debida a la voluntad de expresar la experiencia evangélica en el lenguaje y filosofía de los griegos, ha hecho del cristianismo, en Occidente, una realidad diferente de la original de Jesús en Asia.

Los tres reproches principales del Corán a la tradición cristiana son:

La afirmación de que Jesús es Hijo de Dios y María, Madre de Dios (5, 75): El Mesías, hijo de María, no es más que un enviado al que precedieron otros enviados.

El dogma de la Trinidad: No hay divinidad sin que sea única (5, 73).

El no reconocer en Mahoma calidad de profeta.

 

No se puede negar que el cristianismo ha sufrido una profunda transformación en tres puntos fundamentales, al pasar de Asia al mundo grecorromano y al convertirse en religión oficial en el Imperio romano,

 



Se ha hecho dualista bajo la influencia del platonismo que separa, contrariamente a la tradición semita oriental, el cuerpo y el alma, la materia y el espíritu, Dios y este mundo, la interioridad y las obligaciones sociales. En el momento de su decadencia el espíritu helénico se ha vuelto contra sí mismo: a la robusta identificación de lo divino con lo humano y con la naturaleza, que había reinado en la filosofía presocrática y también en la literatura homérica, la mitología y la estatuaria griega, en la que los dioses son simplemente hombres, aunque más hermosos y fuertes, ha sucedido no sólo el dualismo platónico sino, más allá, el gnosticismo, que opone radicalmente el espíritu a la naturaleza y a la materia. Las trazas de ese gnosticismo aparecen ya en ciertos pasajes evangélicos (Mateo 6, 11-29).

 


20


Ha experimentado la influencia de las religiones de salvación y de las religiones de iniciación a los misterios, como los cultos de Eleusis y más tarde, en el Imperio Romano, los cultos de Mitra, de Adonis, de Osiris, dioses que mueren y renacen para la salvación de los hombres. El Dios absolutamente trascendente de los semitas se torna, en la Trinidad, en Padre, al que se le asoció el Hijo como "segunda persona", según el modelo de Adonis. El Espíritu tradujo el Logos griego o el noús ordenador. Una

tal concepción, compleja y helenizante de la Trinidad y tan confusa, suscitó, tras las "definiciones" de Nicea, un pulular de herejías y enmascaró el testimonio fundamental de Jesús, la unidad indivisible en Dios del amor, del amante y del amado, y suscitó cambios en un estilo de vida que se situaba en los antípodas del individualismo con una concepción de la "persona" cuyo carácter primordial situaba su centro en el otro, en la trascendencia del Todo absolutamente otro.

 


30


Convertido en religión de Estado del Imperio Romano, el cristianismo engendra una Iglesia que se asimiló las estructuras del Imperio: la primacía de su jefe y del cuerpo eclesiástico jerarquizado, calcado en la administración imperial, y la relación fundamental de amo a esclavo, característica de esa sociedad

escIavista, en la que se va a separar en principio el terreno reservado a Dios y el del César, la fe y la política, la Iglesia y el Estado, a veces rivales, a menudo cómplices.

Sin cuestionar el texto bíblico ni la enseñanza del Profeta Jesús, el Corán denuncia esa perversión del mensaje.

 


DE JESÚS A MAHOMA

 


Nos podemos preguntar ahora si los cristianos han tenido razón al excluir a Mahoma del número de profetas como lo habían hecho antes los judíos con Jesús. O, para plantear la cuestión de manera más precisa y más concreta: ¿qué aporta el Corán de nuevo respecto a Moisés y a Jesús?

En la tradición abrahámica de sumisión incondicional a la voluntad de Dios, todos los hombres y todos los pueblos, "todos los clanes de la tierra" están llamados a ponerla en práctica en la tierra, como dice el Génesis 13, 3. La fe es indivisiblemente interioridad, es decir, decisión personal íntima y acción exterior inspirada por ella, a fin de establecer en toda la tierra el Reino de Dios.

Ahora bien, esta gran fe judía, universalista, que se revela en los grandes profetas, Amós, Jeremías, Ezequiel, Isaías, se ve radicalmente transformada en un seco legalismo cuando los notables del pueblo retornan del exilio de Babilonia, en el siglo VII; cuando los hombres de confianza del rey de los Persas, el escriba Esdras y el gran sacerdote Nehemias, establecen leyes rigurosas de discriminación social para preservar la pureza de sangre y codifican estrictamente las prerrogativas de los sumos sacerdotes y de los escribas para garantizar la inamovilidad de sus poderes y de sus dogmas.

Contra ese rabinismo burocrático y autoritario Jesús prolonga la gran tradición profética para librar a los judíos del legalismo, del chovinismo de la historia judía, reescrita en espíritu triunfalista y sanguinario como aparece en el Libro de Josué, de ese literalismo conservador en el que se habían hundido los rabinos.

Para realizar esta tarea contra el legalismo y el etnocentrismo, Jesús puso el acento sobre la interioridad y sobre la distancia respecto a la política, en un momento en el que el Estado estaba representado por el ocupante: el imperio romano y sus "colaboradores", los sumos sacerdotes saduceos y los escribas.

Lo que eran circunstancias de la situación histórica en la que Jesús había proclamado el mensaje fue luego dogmatizado por el clero helenizante y romano que hablará en su nombre tras Nicea.

Cuando Jesús se esforzaba contra el materialismo ambiente para restablecer el equilibrio, recordando que "no sólo de pan vive el hombre", no estaba condenando la vida material, sino el olvido de lo espiritual. Pero quienes hipócritamente se proclamaban discípulos suyos entre los beneficiados por la riqueza y el poder predicaron a las masas un miedo y un odio mórbido a la materia, al mundo, a la historia.

Cuando Jesús se esforzaba, bajo la ocupación de la todopoderosa Roma, en preservar al menos la vida interior del hombre y la trascendencia de Dios, proclamaba la expresión más subversiva que podía oír un prefecto de Roma cuyo emperador era dios y para quien era un crimen susceptible de muerte pretender sustraer a César las almas sobre las que este pretendía reinar lo mismo que sobre los cuerpos.

Y he aquí que sus indignos herederos transforman esta palabra de fuego en un eslogan mentiroso que separa la fe de la política haciendo de la religión un "asunto privado" para dejar a los dirigentes políticos la posibilidad de reinar al margen de la mirada de Dios.

En las circunstancias de su época Jesús se esforzaba en restablecer un equilibrio y el momento histórico en el que se insertaba su mensaje divino hacía inútil e imposible decir cómo debía comportarse el César.

A partir de Nicea el problema se va a resolver según la sola voluntad de César y será el Constantinismo. El cristianismo no tendrá ya una teoría de la sociedad, y oscilará, según el capricho de los siglos, del Cesaro-papismo bizantino a la teocracia medieval, con sus sórdidas querellas del sacerdocio y del Imperio; luego con la Reforma y la dislocación de la cristiandad en naciones en alianza con los nacionalismos, en monarquías de derecho divino, en Santa Alianza contra los pueblos, en "doctrina social" de la Iglesia en respuesta al socialismo; en "democracia cristiana" heredera de los moribundos conservadurismos y de las corrupciones modernas, y luego, con todas las variantes de un constantinismo invertido, en teologías que sacralizan revoluciones después de haber sacralizado tantas contrarrevoluciones.

Mahoma no es sólo profeta. Es también hombre de Estado y legislador. Es esposo, padre, comerciante, juez, jefe de guerra. El mensaje profético toma aquí nuevas dimensiones que no podía tener con Jesús: se extiende a todas las relaciones sociales. Sin perder por ello sus dimensiones de interioridad: Dios no cambiará la condición de los hombres si ellos no cambian lo que está en ellos mismos (13,11).

La aportación propia de la revelación coránica es una ética de la acción. El Islam excluye una vida monástica en la que la contemplación sería un objetivo en sí (57, 27). El hombre según el Corán es el "Califa" de Dios, el depositario de su poder sobre la tierra. Es plenamente responsable de su historia, personal y colectivamente. Personalmente porque todo hombres es mukallaf, es decir, encargado de realizar la voluntad divina. Colectivamente porque este cali fat, ese ser lugarteniente de Dios que nos hace responsables de la salvaguarda de los equilibrios de la naturaleza en el sentido más noble de la ecología y de la salvaguardia del equilibrio entre los hombres, no puede ejercerse más que en el seno de la comunidad, la umma musulmana. Ser musulmán es tener la certeza de que Dios nos ha hecho responsables del destino de todos los otros.

Esta umma musulmana es una comunidad de un tipo nuevo. No se funda ni sobre una comunidad de sangre o raza, ni de territorio o de mercado, ni siquiera de cultura; no se funda en nada que sea herencia de la naturaleza o de la historia, en nada que se atenga a un dato o a un pasado. Se funda en una elección y una fe. La de la sumisión a la voluntad de Dios que exige satisfacer todas las necesidades materiales y espirituales de los demás.

Esta responsabilidad respecto a la naturaleza es una responsabilidad respecto a los otros, de todos los otros, y de la plena realización de cada uno. Hay un versículo del Corán sobre la educación de todos que parece evocado por la definición que daba Karl Marx del socialismo: crear todas las condiciones técnicas, económicas, políticas, culturales, para que cada niño que lleve en sí el genio de Rafael o de Mozart pueda llegar a ser un Rafael o un Mozart.

El Califa Omar -según uno de sus biógrafos- decía: Me temo que Dios me haga responsable, el día del juicio, de toda mula que tropiece o caiga a causa de un adoquín que yo no hubiera reparado en el pueblecito más alejado del Reino (Husayn Haykal Al Faruk Uma. Vol. 2. p.200).

Nada es más ajeno al Islam que considerar la religión como "asunto privado". La idea de "dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios" es inaceptable para un musulmán; toda

acción humana tiene una dimensión trascendente, divina, y es inadmisible que "César", que el dirigente político no considere como deber primero de su cargo ordenar cada una de sus acciones al designio divino, es decir; a un interés que no es el de ningún individuo, de ningún grupo, de ninguna nación, sino del mundo y de la humanidad en su totalidad.

No se trata de una teocracia porque no hay autoridad ni de una iglesia que pueda desempeñar el papel de mediador entre Dios y la sociedad. Cualquier musulmán puede y debe denunciar el poder o al dirigente que no persigue este alto designio. Un hadith subraya que no hay más hermosa djihad (es decir, esfuerzo sobre si mismo y, al mismo tiempo, guerra santa) que decirle la verdad a un tirano injusto.

Tampoco es una democracia en el sentido occidental del término, democracia estadística, delegada y alienada, es decir; resultante de intereses enfrentados de individuos, agrupados en partidos que los representan. En una tal sociedad se hace, por principio, abstracción de la dimensión trascendente del hombre, y no queda, en ese régimen de concurrencia a todos los niveles, más que una "guerra de todos contra todos", con la que Hobbes definía perfectamente el capitalismo liberal. En el mejor de los casos, el Estado no es entonces más que el árbitro de la voluntad de poder y de la voluntad de crecimiento de esas coaliciones de intereses.

Las relaciones entre la fe y la política, es decir, entre dos dimensiones del hombre, se han confundido en nuestros países occidentales y, sobre todo, en Francia, con la relación entre la Iglesia y el Estado, es decir, entre dos instituciones. El problema se ha hecho insoluble por esa confusión.

La concepción musulmana, fundamentalmente ajena a la noción misma de iglesia, deriva de la unidad profunda de los dos usos de la razón que hemos evocado: el movimiento que causas y efectos -el que nos procura los medios- y el movimiento que remonta de fin en fin, de fines subalternos a fines más elevados, y que es el único que nos permite ordenar armoniosamente, en todos los campos, los medios a los fines. Mohamed lqbal escribía que " la acción política es la expresión de la espiritualidad musulmana". Lo mismo ocurre con la economía.

Todo el desacierto de Occidente, desde el Renacimiento, está en haber hipertrofiado la razón en un proceso utilitario y haberla separado de su uso trascendente, el de la búsqueda de sentido.

Esa mutilación de la razón ha hecho que la ciencia degenere en cienticismo; la técnica, en tecnocracia y la política en maniqueísmo.

El mensaje coránico nos permite repensar radicalmente todas las formas de nuestra acción, de la técnica a la política, exigiendo de cada uno, sabio, técnico, hombre político o simple ciudadano, que no se plantee ya sólo la cuestión del "cómo", la de los medios, sino también y ante todo la del "para qué", la de los fines, la del sentido y destino de cada uno de nuestros actos.

La segunda aportación fundamental del Corán, hoy decisiva para nuestra supervivencia, es el antídoto contra los dos azotes que, con la ausencia de objetivo y de sentido, nos conducen al suicidio planetario: el individualismo y el nacionalismo.

Si el mundo occidental continúa encerrándose en la doble herencia judeo-cristiana y greco-romana e ignorando o rechazando la tercera herencia, la herencia arábigo-islámica, que viene sobre todo de España y de Sicilia y que fue corrompida por cinco siglos de colonianismo y hegemonía europea, nuestro humanismo estará siempre mutilado, incapaz de acceder al verdadero universalismo:

-El humanismo greco-romano se acomodaba a la esclavitud;

-El humanismo judeo-cristiano estaba viciado por el mito del "pueblo elegido", con Esdras y Nehemías o con el apóstol Pedro;

-El humanismo musulmán está abierto a todos: Ningún árabe, según un hadit, puede ser superior a un no árabe, salvo en su piedad.

Este humanismo es un rechazo frontal a la nación, bajo todas sus formas, al racismo tribal de "pueblo elegido", al nacionalismo moderno: lo que se llama el "nacionalismo" de las "naciones" árabes es una enfermedad que ha sido inoculada en el siglo XIX por el Occidente, cuando las relaciones de fuerza entre colonialistas (particularmente entre Inglaterra y Francia) desintegraron, desde fuera, la umma musulmana.

Cuando el profeta Mahoma creó el primer Estado islámico en el 622 abolió toda forma de asociación fundamentada en un lazo tribal de raza, sangre, o "naturaleza", y considerando una sociedad propiamente humana, no animal (es decir, no fundada en intereses, deseos y enfrentamientos que de ello se derivan), estableció un pacto con la umma judía (la comunidad judía) y, seis años después, con los cristianos de Majran (en Arabia del Sur). Con los primeros califas que le sucedieron, se estableció un estatuto del mismo género con los Zoroastras, los hindúes, los budistas. Mahoma había creado así el prototipo de un Estado islámico que no pretendía ser un Estado nacional, sino ser a escala mundial una federación de comunidades reliqiosas autónomas. El Estado sólo existía para realizar el designio de Dios.

El individualismo, por su parte, se encuentra en los antípodas de la visión musulmana del mundo, visión totalmente dominada por el tawhid, es decir, por la exigencia en todo terreno, de enfocarlo todo a partir del todo, no desde el punto de vista del interés de tal nación o fracción de la humanidad, sino desde el punto de vista de la comunidad, un punto de vista de interés planetario. No desde el punto de vista de un individuo que se considere el centro y la medida de todas las cosas, sino desde el punto de vista de Dios, de esa trascendencia absoluta gracias a la cual el "pequeño yo" egoísta se borra para encontrar, desde la dimensión trascendente, la participación en el todo, en la gran llama de la que él se siente una chispa, como escribía un sufí.

Estoy oyendo ya una objeción fácil: ¿Dónde se encuentra en el mapa ese Estado islámico cuyas virtudes ha ponderado Vd.?

Pero si yo hablara del cristianismo del evangelio se me preguntaría: ¿Dónde se encuentra en el

mapa o incluso en la historia un Estado cristiano? Yo no conozco ninguno. Y eso no impide que el cristianismo siga siendo un fermento vivo de nuestra existencia personal y de nuestra historia común. A pesar de Franco con pretensiones de Cristo-Rey, y a pesar de Hadad llamando "milicias cristianas" a los criminales de Sabra y Chatila. Lo mismo que Begin no me hará olvidar a Amós, Isaías o Ezequiel, ninguna caricatura del Islam, hecha por políticos que se reclamen islamistas, me harán olvidar el Corán, horizonte siempre lanzado hacia delante, al tiempo que presente como una llamada que orienta nuestra conducta.

En una palabra, la ley de un verdadero diálogo, es decir, de una fecundación recíproca está en no comparar un cristianismo tal como debería ser con un Islam o un marxismo tales como son, ni un Islam que debiera ser con un cristianismo tal como es. Comparemos ideal a ideal o realidad a realidad, y no nuestro ideal a la realidad ajena.

Comparar las realidades es una tarea histórica muy útil. Pero no es ese el objetivo que me be asignado para el diálogo de civilizaciones. Mi preocupación primordial que no es histórica sino militante, que no se dirige al conocimiento sólo sino a la vida que dicho conocimiento aviva, es buscar en la cultura y en la fe de los otros lo que me falta para ser más humano; buscar sobre todo, en cada una de ellas, lo que puede ser piedra viva para la creación del futuro, para la construcción de un porvenir con rostro humano. Este empeño deliberado es el que rige la trayectoria de mi propia vida.

La preocupación central de mi vida ha sido buscar el punto en el que el acto de creación artística, la acción política y el acto de fe no formen más que uno. Por ello, nacido en 1933, en el seno de una familia atea y políticamente tradicionalista, a la hora del Apocalipsis en la que se desencadenaban sobre Europa la gran crisis, cuando Hitler llegaba al poder, yo escogí ir al cristianismo y adherirme al partido comunista. Ni lo lamento ni me excuso. Por intentar seguir mi camino, me ocurrió ser excluido por aquellos con los que quería caminar. No he experimentado ningún resentimiento. Hoy, a partir de la tentativa de vivir el Islam en su espíritu y verdad, tengo la impresión de no haber abandonado en ningún momento el mensaje de Jesús que le daba sentido a mi vida, ni al método de Marx que le proporciona los medios de su realización histórica.

Perdónenme concluir lo que no quería ser más que un análisis del puesto de Jesús en el Corán con un testimonio personal, pero no veo en ello digresión, porque el conocimiento no adquiere toda su grandeza más que como enriquecimiento de la Vida.

La mayor alegría de mi vida es tener hoy el sentimiento de haber permanecido, casi setenta años, fiel al sueño de mis veinte años.. Es esta la alegría que os deseo y que yo quería compartir con vosotros.

 

 

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