Dícese del grano de maíz tostado. Artículo más leido en El Confidencial
Dícese del grano de maíz tostado@Incitatus Sábado, 05 de enero de 2008 Creo que poca gente, y casi nadie en la Prensa, ha entendido bien la manifestación que los integristas católicos hicieron en Madrid el pasado 30 de diciembre, con el curioso pretexto de “defender a la familia”. Reflexiono sobre esto mientras paso las páginas del enorme dossier que nos dieron el día en que se mostraron al público las inenarrables pinturas que “adornan” el ábside de la catedral de la Almudena, en Madrid, y que se deben a ese genio de las Artes, a ese Miguel Ángel Buonarotti redivivo que se llama José Francisco Argüello. Alias “Kiko”. Si me perdonan ustedes la irreverencia matemática, yo diría que allí se juntaron “ciento y pico mil cuatro” personas. Las ciento y pico mil eran de pelaje muy poco variado, como ahora explicaré.
Las cuatro eran, en primer lugar, tres cardenales españoles (Rouco, Cañizares y García-Gasco) y, last but not least, el mencionado “Kiko” Argüello, fundador del Camino Neocatecumenal y, lo que son las cosas, coterráneo mío. ¿Se trataba de una mani de la Iglesia? Así se vendió. Estaba bendecida, impulsada y patrocinada por tres de los seis cardenales electores que tiene ahora mismo España en el cónclave. Eso no es poco. Pero llama la atención que faltasen los otros tres… y, sobre todo, dos de esos tres. No estuvieron el opusdeísta Herranz, que vive aislado en Roma; tiene disculpa. Pero es que tampoco acudieron el de Sevilla, fray Carlos Amigo, ni el de Barcelona, Lluís Martínez Sistach. Estas dos últimas ausencias son muy significativas. Rouco, Cañizares y García-Gasco comandan (vamos: se pelean por comandar, sobre todo los dos primeros) el ala más ultra, tridentina, intransigente y cavernaria de la Iglesia española. Son cardenales que piensan como en tiempos de Pío XII… ¡o de Pío IX! Sin embargo, Amigo y sobre todo Sistach son todo lo contrario: gente del siglo XXI, con los pies puestos en la realidad de su tiempo y no en el fanatismo y en la cerrazón obtusa del nacionalcatolicismo. Hay que añadir que tampoco estuvo el contemporizador y moderado Ricardo Blázquez, que es obispo raso pero nada menos que presidente de la Conferencia Episcopal Española. Así pues, lo del domingo fue una concentración “plazadeoriéntica” no de toda la Iglesia española, ni mucho menos. Sólo de su ala más negra. Los demás, los que piensan en el futuro y no intentan que todos (la sociedad entera) vuelva a las caenas del pasado, no estuvieron en la plaza de Colón. ¿Quiere esto decir que la Iglesia española está fracturada? En mi opinión, no cabe la menor duda. En la calle, entre los fieles de a pie, eso es algo evidente. Hay que decir que ahora mismo ganan por enorme mayoría (mejor fuera decir que tienen mejor viento y hacen más ruido) los cavernarios, los ultramontanos: los montaraces “kikos”, seguidores de ese Argüello, que tienen un poder y un número jamás visto en la historia de la Iglesia universal; son la oferta “neoconservadora” (pero de “neo” no tienen absolutamente nada) del integrismo radical para las clases medias y medias-bajas, aunque en sus filas haya de todo. Junto a ellos están los “elitistas”, la oferta a las clases altas: el Opus Dei y, desde luego, los Legionarios de Cristo, tan vapuleados por este listo papa Ratzinger que, a diferencia del visceral y bastante cerril Wojtyla, sí ha tomado duras medidas ante las clamorosas denuncias de pederastia que llovían sobre el tenebroso fundador del grupo, el cura mexicano Marcial Maciel. Y, como acompañamiento más o menos poderoso, grupos pensados para las “clases medias”, como Comunión y Liberación, Focolares y otros de menor cuantía. Esa es la Armada ultrarreacionaria que, gracias al apisonador papado de Juan Pablo II (que, sencillamente, arrinconó el espíritu innovador y realista del Concilio Vaticano II), y gracias al contemporizador y continuista pontificado de este Ratzinger, que siempre fue quien le escribía los discursos a Wojtyla, manda ahora mismo en la Iglesia. Pero ni los cristianos, ni nadie, pueden obviar que vivimos en el siglo XXI. En la otra acera de la Iglesia están miles de personas, desde teólogos e intelectuales hasta curas y fieles de a pie, que siguen creyendo en el mensaje conciliar y, sobre todo en el futuro, que de ningún modo es el siglo XVI. Gentes de impresionante honradez y valentía que no se dejan avasallar por las soflamas político-catequistas, ripaldianas y “astéticas”, de la ultraderecha eclesial; gentes (desde el veterano Enrique Miret al asombroso y heroico cura Enrique de Castro; desde Benjamín Forcano al padre Ángel; desde Margarita Pintos hasta leyendas como el anciano Iniesta, Casaldàliga, Boff y muchísimos más) que aguardan a que cambie el viento, a que la Iglesia vuelva a la senda trazada por quienes ganaron el Concilio… pero perdieron el post-concilio, les robaron el partido. Gentes que saben perfectamente que, en la España de hoy, ni la familia está amenazada en absoluto, ni la Iglesia sufre la menor persecución, ni el laicismo es el cáncer que ha de matar la democracia (¡todo lo contrario!), ni se creen de ningún modo todos los espantajos, demagogias y jimenezlosantismos que agita la caverna que hoy tiene la sartén por el mango en la Iglesia. Gentes, por decirlo de una vez, que aguardan a que el cónclave elija un papa que vuelva a pensar en el siglo presente, en los ciudadanos de hoy, y no en los súbditos de Trento o de cuando el cardenal Gomá saludaba brazo en alto. Esas gentes, esos miles de cristianos de hoy, no estaban en la plaza de Colón. Y es que lo del domingo 30 no fue exactamente una manifestación “de la Iglesia”. Fue una demostración de poder de un grupo que a mí me parece peligrosísimo: los “kikos”. Los iluminados “neocatecumenales” del tal Argüello. Eran ellos los que estaban allí, los que constituían la inmensa mayoría de los “ciento y pico mil”. Su poder de convocatoria es inmenso. Su poder económico, también. Su sectarismo y su fanatismo son espeluznantes. Gentes que sólo se relacionan entre ellos, que tienen normas y prohibiciones (escritas o no) sobre ver la televisión, ir a discotecas, hasta vestir pantalones vaqueros; gentes que, con el apoyo de unos obispos romos y mediocres como son la mayoría de los actuales en España, pero que saben arrimarse al sol que más calienta, son capaces de “invadir” una bellísima liturgia de siglos, como la del Jueves Santo en la catedral de León (yo estaba allí hace bien pocos años) y reventarla con sus guitarritas de los años 70, sus túnicas y su talibanismo paleocatólico. Vaciaron la catedral, se quedaron prácticamente solos mientras los fieles de siempre salían de allí indignadísimos. Gentes que pagan el diezmo de lo que ganan para el mantenimiento de su grupo (¡y son un millón en todo el mundo!), familias enteras que se desplazan de un sitio a otro, de un país a otro si es necesario, a golpe de consignas simplicísimas y masticables sin necesidad de pensar, para “evangelizar” a los tibios con sus famosos “kerigmas”. Pero son cientos de miles. Sus seminarios están llenos de alevines de savonarolas. Movilizan a miles de chavales para que acompañen al Papa allí a donde viaje. Eso impresiona mucho a los purpurados y entusiasma, de entre éstos, a los más ultras, que les consideran el “brazo armado de la Cristiandad”. Les alientan, les jalean… y les hacen o pagan favores. Pues eso fue la manifestación del día 30 en Madrid. Un espectáculo hecho por y para los “kikos”, que no son, como sería de desear, tan sólo los granos de maíz tostado, que es lo que dice el diccionario. Son, ahora mismo, lo más temible y fanatizado de la Iglesia. Por eso se dijeron, a mi modo de ver, las barbaridades que se dijeron en la plaza de Colón. Los tres cardenales presentes piensan, sin duda, de un modo muy semejante al del público que tenían delante, pero quiero suponer que determinadas atrocidades (decir que las leyes españolas son un retroceso respecto de la Declaración de los Derechos Humanos… que el Vaticano no ha firmado; clamar que el laicismo lleva a la “disolución de la democracia”; tachar a normas legales aprobadas por el Parlamento de “inicuas e injustas”; en fin, para qué seguir) sólo se atreve uno a sacarlas de la boca cuando tiene delante un público entregado. Un público que está allí para oír lo que quiere oír, y nada más… y nada menos. Un público formado en su gran mayoría por sectarios y fanáticos que quieren irse calentitos para casa. Y eso es lo que les dieron. ¿Responden esas soflamas nacionalcatólicas al pensar y sentir de la inmensa mayoría de los cristianos españoles? Yo creo que, sin la menor duda, no. Temo, además, por la salud mental del carismático (o “kerigmático”) líder fundador de esa tropa, el inefable Kiko Argüello. Este hombre no debe estar bien de la cabeza, de corazón lo digo. Cuando, como pago a sus favores, el cardenal Rouco se pasó por el pectoral un concurso seriamente convocado y fallado, y encargó por su cuenta a este señor las pinturas del ábside de La Almudena, el resultado fue tan patético y tan vergonzoso que la crítica se le echó, unánime, encima. La respuesta del ilustre artista fue clamar que ¡el mismísimo demonio! anidaba en el alma de los críticos de arte que no se arrodillaban ante aquellos monigotes. De piedra se quedaron los críticos ante la noticia, claro. Un día lo tuve a diez metros de mí. Fue el 18 de junio de 2005, cuando se celebró la manifestación del llamado “día de orgullo episcopal”: aquella famosa marcha contra los matrimonios gays. Kiko iba en primera fila, sujetando la pancarta. No paraba quieto. Saludaba, agitaba las manos, sonreía, tiraba besos, se abrazaba a sí mismo con entusiasmo indescriptible. ¿A quién dedicaba tantos gestos? A nadie. Absolutamente a nadie. Miraba hacia las aceras, donde había mucha gente, sí, pero que no le hacían maldito el caso porque no sabían quién era, y se ponía a hacer visajes y aspavientos como si multitudes ingentes le estuviera aplaudiendo a él. Sonrojaba verlo. Yo le miraba y pensaba si aquel señor se habría vuelto loco. Pero no. Estaba pendiente de las cámaras de televisión, que de vez en cuando sí le enfocaban. Aaah… Para satisfacción de ese hombre tan raro, y de sus tremendos seguidores, se organizó el mitin ultramontano de la plaza de Colón. Ese fue el verdadero motivo y la causa de todo el estrépito que se ha producido después. Ojalá el Señor misericordioso tenga un momento libre y se ocupe de derramar unas gotas de lucidez, de cordura y de raciocinio sobre algunos de los córvidos y enloquecidos prelados que dicen representarle aquí abajo. Que hay que ver, desde luego: vaya representación para un Dios de bondad y amor.









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