Este es el trato humanitario
Este es el trato humanitario que la republica democratica y legítima le dió a Nin.
Es dificil imaginar que le hubieran hecho si hubiera sido de derechas.
Si la La tortura de Andrés Nin se prolongó durante días y noches, sin tregua ni descanso, hasta el agotamiento físico y la pérdida, por momentos, de los reflejos mentales. La fase preparatoria consistió en meterle en una celda de paredes desnudas, sin mueble alguno ni el menor ruido exterior. Tenía que permanecer de pie o sentarse y tumbarse en el suelo. y ni tan sólo luz había. Evidentemente, no tenía ni siquiera conciencia del lugar al que lo habían traído. El silencio, la oscuridad, la falta de un mueble o un objeto al que asirse, la ignorancia completa del lugar en que estaba, el cansancio físico y moral que lo iba ganando, y la convicción de que nadie podría hacer nada por sacarle de allí constituían ya una horrible tortura. ¿Y otra, sin duda, el recuerdo de los grandes torturados soviéticos, a los que había tratado íntimamente, denunciándose unos a otros y autoacusándose como poseídos o embrujados? (Acude a mi memoria su profunda desolación -su inmenso sufrimiento-- cuando nos llegó la noticia del primer proceso de Moscú y luego la de sus dieciséis fusilados). Y hombre de corazón fraternal, ¿no le acuciaba asimismo la idea de que nuestra situación -la de sus compañeros de combate- era semejante a la suya? Abrigo la firme convicción de que no dudó un solo momento de nosotros, como no dudamos nosotros un solo momento de él. Añádase a esto que lo habían despojado de todo lo que pudiera servir a atentar contra su vida, y que el agua y los alimentos que le servían eran los indispensables para sostenerse. Sus verdugos no ignoraban, por otra parte, que era un hombre disminuido por la enfermedad. ¡Y es que había sido la suya una vida tan abnegada y agotadora! ¿Quizá contaron con eso para destruir sus resortes morales y obligarle a firmar una declaración de culpabilidad a tenor con sus planes?
Después de esta fase preparatoria, que duró no menos de cinco días, conducido a la celda de los interrogatorios lo obligaron a permanecer de pie durante horas y horas -hasta treinta seguidas-, repitiendo machaconamente las mismas preguntas, las acusaciones, las injurias y las amenazas por parte de tres interrogadores que se iban relevando, ganados ellos mismos por el cansancio y obedeciendo a la vez a un cálculo psicológico. Los interrogadores eran, efectivamente, tres: a Orlov y a Vidali habíase añadido Bielov, que seguía al primero en categoría entre los agentes de la NKVD enviados a España. Orlov y Bielov empleaban con Nin el ruso, su lengua vernácula; Vidali, un castellano mexicanizado, con interjecciones e insultos en italiano. Y Nin, tras de dar durante horas y horas las mismas respuestas -las machaconas respuestas dictadas por la verdad-, guardaba largos silencios. Porque el diálogo era inútil, imposible: no lo hay entre unas monstruosas mentiras y la simple verdad. Estos silencios, que además le permitían recuperar un tanto su equilibrio interior y fortalecer los resortes de su voluntad, provocaban por eso mismo el furor de los interrogadores. Recurrieron entonces al peor de los suplicios, al más usual y desintegrador de los empleados por la NKVD: al suplicio del sueño. Cuando el torturado caía en un sopor letárgico, al punto de titubear, e incluso de desplomarse en el suelo, le acordaban un cuarto de hora -dos a lo sumo- de sueño. ¿Quería dormir una hora entera? ¿Dos incluso? Debía pagar el precio, reconocer, declarar, confesar ... Pero Nin no cedía, no capitulaba; en un estado entre la vida y la muerte, su conciencia y su voluntad seguían luchando, resistiendo. No y no: lo que había sido posible en la Lubianka -y en todas las Lubiankas pasadas, presentes y futuras- no lo sería, por un milagro de espíritu independiente, en El Pardo. Los que perdían la cabeza, medio enloquecidos por la sorpresa y el furor, eran sus inquisidores. Recurrieron entonces a unos extremos de violencia, de crueldad, de sadismo, cuya evocación resulta difícilmente tolerable para quien como yo fui su compañero.
Andrés Nin, reducido corporalmente a una masa informe, venció al amo del Kremlin y a sus terroristas aterrorizados. ¿Qué hacían con él? No podían dejarle con vida sin que se descubriera, ante la conciencia universal, la monstruosa trama de nuestro proceso y, por ende, de los procesos de Moscú. De arrancarle los últimos soplos de vida y cortar para siempre el heroico hilo de su conciencia se encargó el asesino profesional Carlos J. Contreras (6), y de comunicar directamente el asesinato a Moscú, su compañero y jefe Palmiro Togliatti (7) .


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